Hijos De La Desgracia: Preludio, Tomo I.

Capitulo 14

Año 180 desde la fundación del Bastión Verdegrana.
Año 80 desde la fundación del Reino De Khirintorin.
30mo Día De Junio. 

Tras la reveladora conversación en la sala del trono, se desplegó un día de un ritmo notable, lleno de charlas interesantes y decisiones importantes:

A meros pasos a la diestra del excelso trono real, debajo del primer arco que configuraba el nivel superior, desplegábanse discretas gradas de gris piedra que se desvanecían en el manto de la oscuridad. Con humildad, ascendían hacia las alturas, donde hallaban refugio las estancias más reservadas. El alcázar se erguía espléndidamente, añadiendo nueve niveles a partir de la cámara del trono, culminando en su pináculo, una torre gallarda de techumbre aguzada desde la cual podía avistarse la totalidad del paisaje de la urbe real. Ciertamente, tan regio deleite solo se otorgaba al monarca o a aquellos afortunados que compartiesen morada en el alcázar a su vera.

El rey Fausto y el comandante Laureano avanzaron con paso firme hacia ellas, sus mentes llenas de preocupaciones, pues habían ocurrido muchos sucesos.

—No aguardaba en modo alguno un día como este —pronunció Fausto—, debo expresar que han transcurrido años desde la última vez que hubo tanto de qué hablar como en la jornada presente.

—O quizás ya había ocasión anterior —manifestó Laureano— y nosotros tardamos tanto en discutirlo que hoy nos vemos compelidos a abordarlo en su totalidad.

—Siempre tan auto exigente eres, Laureano. Te certifico que ni el más virtuoso de todos los individuos escapa de cometer algún desacierto. Pues el desacierto es como la jarra de espumosa cerveza, inevitable.

—En eso posees razón indudable, mi ilustre alteza. Sin embargo, resulta arduo evitar la crítica cuando se constata que algo ha salido desafortunadamente.

—En eso llevas razón mi querido Laureano. Me temo que llevas bastante razón en ello.

El comandante Laureano, de imponente estampa, ostentaba una figura esbelta que le permitía destacar ante cualquier espectador, aunque parecía menudo en comparación con la magnificencia del rey. 

En otros tiempos, cuando la juventud y la destreza aún eran sus fieles compañeras, el rey Fausto se erigía como un símbolo de esplendor aún más destacado que en los días actuales. Pese a los notorios kilogramos que habían ganado espacio en su figura, conservaba una fuerza de colosales proporciones, y a pesar de su avanzada edad, aún ostentaba el ilustre título de ser el segundo hombre más alto de todo el reino, una distinción de gran relevancia que honraba su linaje real.

Ascendieron, y he aquí, se encontraron frente a una vasta estancia en el seno del castillo, donde reposaban siete portones de roble. Tres alzabanse a la izquierda, y tres a la derecha, mientras el último permanecía al final del salón, oculto como un juramento no revelado. Más esto es mera anécdota. 
Era, por así decirlo, una estancia muy espaciosa, abarrotada de muebles con libros y vasijas, ocupando los pocos espacios libres en las paredes. Al culminar el ascenso por las escaleras, se erguía un parapeto de madera de nogal de forma casi rectangular, el cual prevenía que algún distraído pudiera caerse y rodar por los escalones. Tras este parapeto, a escasos metros, se hallaba una entrada, provista de cortinas color bermellón, que servía como puerta y conducía al nivel superior de la sala del trono, desde donde se contemplaba la totalidad de la cámara, pero de esto hablaremos más adelante. 
En el centro de este salón donde ahora se encontraban, reposaba una gran mesa, labrada en la más noble madera de olivo. Sobre su superficie reposaba cosido un extenso mapa que se hallaba prácticamente adherido a la mesa, con estratégicas piezas de peones de ajedrez en tonos carmesí y azul delineando las maniobras de los oponentes y las posiciones propias. Dos sillas de roble estaban dispuestas una frente a la otra; tanto el comandante como el rey decidieron no sentarse, mas sí se pusieron de frente y allí deliberaron.

—La morada de Charles yace en este paraje—exclamó Laureano, señalando con vehemencia un punto en el pergamino—. Herbalea, uno de los ducados sureños, que abraza el límite norte del reino. Si Augusto y Celestino se aventuraron al sur llevando consigo a Fulgencio, inferimos que los centauros provienen, por exclusión, del norte. Tal premisa engendra dos suposiciones: o el norte está sometido o está siendo sometido.

— ¿Qué trae consigo tan circunstancial coyuntura, noble comandante? —interrogó Fausto, sumido en hondo pensamiento.

—Este trance nos aboca a la siguiente encrucijada: los ducados apartados de la corte carecen de escudos, los meridionales están mejor guarnecidos, mas el norte se halla desprotegido en extremo. Ante tal panorama, deberíamos tildarlo como pérdida irremediable—pronunció Laureano, su voz cargada de pesar.

—Mi falta yerra en esta desventura—deploró el monarca con lamento dolorido—. Si hubiera contenido los gastos en vanidades huecas y dirigido los fondos hacia otras tierras, nada de esto habría acontecido—añadió Fausto, su mirada perdida en el vacío—. No solo eso, las primordiales riquezas, el oro y la plata, manan de los altos picos del norte, así como las vetas salinas y los robustos árboles de sus bosques circundantes. Sustituirlos a corto plazo será arduo.

—No hay espacio para el pesar, alteza; ha llegado el momento de optar.

— ¿Y cuál consejo ofreces, Laureano? 

—Frente a la pérdida del norte, escaso margen nos queda. Hemos de fortificar el sur con los tesoros que atesora el salón del erario y mejorar la infraestructura de los ducados meridionales. Muchas de sus capitales yacen desprovistas de murallas, Artem es un ejemplo, otros carecen de cuarteles y atalayas, como Olivarreal. Erguir muros en las capitales carentes y designar nuevos capitanes y milicias donde necesarias son, ese es nuestro camino.



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En el texto hay: fantasia, aventura, fantasia épica

Editado: 18.01.2024

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