Hijos De La Desgracia: Preludio, Tomo I.

Capitulo 23

Año 180 desde la fundación del Bastión Verdegrana.
Año 80 desde la fundación del Reino De Khirintorin.
9no Día De Julio 

Cayó el albor de la aurora cuando el primer gallo entonó su cántico, presagio del alba inminente. Fausto y Laureano, en ese instante, se alzaron de sus lechos más temprano que en jornadas anteriores. Vestidos conforme a su costumbre, compartieron un apetitoso desayuno en soledad antes de emprender su ruta hacia la aldea:

Tres encomiendas cristalinas ocupaban sus pensamientos mientras descendían por la majestuosa escalinata real: en primer término, debían encargar los féretros para los restos de Charles y Celia; luego, debían invitar al sargento Marcus al funeral; finalmente, buscarían cómo ocupar el tiempo hasta la hora del almuerzo. Tras este, les aguardaba la tarea más ardua: informar a Celestino del funesto destino de sus padres.

Aunque Laureano, con genuino deseo, intentó llevar a cabo la gestión por su cuenta, se encontró con la firme negativa del rey. Fausto, con noble perseverancia, procuraba no parecer un gobernante ocioso que necesitara de ayuda constante.

—Somos amigos antes que súbdito y rey—explicó Fausto—Te pido que siempre me trates como tal. Tengo ya demasiados aduladores a mis pies.

—Nuestra amistad del pasado no cambia el presente, donde eres mi rey—respondió Laureano—Te trataré con menos amabilidad si así lo deseas, mas tu investidura siempre será sagrada para mí,

—Que un amigo asuma nuevas responsabilidades no implica que nuestra relación deba cambiar también, mi leal comandante. Te conozco desde tus días como aprendiz en los patios de Honorium; fui quien te encaminó en tus primeras empresas, quien te honró como caballero de la casa real, siendo el primero y único en recibir tal honor. Juntos combatimos en escaramuzas menores y en la segunda mayor guerra que ha sacudido este reino. Trátame, al menos, con un toque de desenvoltura —bromeó Fausto mientras descendía el último peldaño, adentrándose así en los callejones occidentales de la ciudad. Su presencia no pasó desapercibida, atrayendo miradas, sonrisas y aclamaciones, eclipsando incluso la eminencia de Laureano.

Los habitantes de la capital, jamás dejaban de maravillarse y quedar totalmente perplejos, pues frecuentemente contemplaban al mismísimo señor del reino descender de su torre real y, con simplicidad, realizar tareas tan cotidianas como adquirir alguna prenda o descansar en los bancos de las plazas, regocijándose así con la naturaleza circundante.

Fausto, en su sabiduría y modestia, sostenía que aunque el lujo y el confort fuesen dignos de aprecio, no debían menoscabar en exceso su esencia humilde y sencilla. Antes de ser coronado rey, se erigió como príncipe y disfrutaba de paseos por las calles de la ciudad, cautivado por las pintorescas vistas y el cariño sincero de los súbditos. Estos, al cruzar su mirada, no escatimaban en saludos reverentes y afectuosos, proclamando: "Buen día, su alteza".

Reconocía también que los placeres y las comodidades podían ser vistos con beneplácito, pero había aprendido a dominar su regocijo y apego hacia ellos. No ansiaba desconectarse de la realidad y transformarse en una figura distante y ajena a los anhelos y necesidades de su gente. En los quince años que llevaba en el trono no había desatendido calle sin empedrar, ni morada sin erigir; el cuero, el alimento, el hierro, la tela y los tributos ingresaban siempre el primer día de cada mes. Victoria Occasum era una urbe ejemplar en todos los aspectos, demostrando así por qué era conocida como "La Ciudad Real".

Aun así, aunque se esforzara con el mayor de los empeños, experimentaba el rey un sentimiento de haber fallado en cumplir sus deberes como correspondía. Su atención se había enfocado tanto en la capital, embelleciendo las calles que había conocido desde su más tierna infancia, que había olvidado por completo el resto del reino, un error que aún en los momentos de júbilo se reprochaba con severidad. Pues hoy, las tragedias eran el pago por aquellas omisiones.

— ¡Buenos días, vuestra alteza! ¡Buenos días, excelso comandante! —voceaban los viandantes al avistar su recorrido.

— ¡Asimismo, buenos días os sean a todos vosotros! —respondió Fausto, en tanto que Laureano, con su costumbre inalterada, saludaba a la concurrencia mediante un ademán de su diestra y les otorgaba una sonrisa sincera.

Mientras peregrinaban por los senderos del centro, encaminaron sus huellas hacia una venerable carpintería. Los aldeanos, en presencia del monarca y el comandante, tributaron reverencias, inclinando sus testas en solemne saludo. Con aparente humildad, ambos replicaron al gesto. Al adentrarse en el recinto, Fausto entonó una voz profunda y declaró:

—Encomiendo la labor a los más hábiles artesanos y carpinteros de este establecimiento, para que confeccionen dos féretros de exquisita manufactura. Serán retribuidos doblemente si los culminan antes de que la tarde se manifieste. Para redundar en mi ofrecimiento, mejor dicho, es más, reitero y duplico mi ofrecimiento, si logran finalizar antes de la llegada de la tarde, entonces su recompensa será la triple. En ese eventual caso, que dudo se alcance, pero si tal hazaña se llegara a consumar, suban las escaleras y den notificación a mi asistente, Fulgencio, de haber cumplido con su encomienda, y él les entregará la estipulada retribución. Dicho esto, que el día les sea propicio, nobles señores —profirió Fausto, agitando su mano en señal de despedida, antes de apartarse de la carpintería. Apenas habían avanzado cinco pasos cuando resonó un respetuoso "A vuestras órdenes, alteza", provocándole una sonrisa.

Tras encomendar la forja de los féretros, emprendieron su rumbo hacia Honorium, el recinto castrense en la parte oriental de la ciudad. Pues debían convidar al sargento Marcus al solemne funeral que se celebraría en los patios traseros del Bastión Verdegrana. Marcharon sin descanso durante media hora, hasta que avistaron los poderosos portones de hierro forjado, ante los cuales se detuvieron, implorando paso. Una vez franqueada la entrada, penetraron en el vasto recinto y se dirigieron directamente al cuartel, donde encontraron al mismo sargento sentado en el mismo modesto taburete de madera que en ocasiones anteriores. Él, al advertir su presencia, esperó con una expresión apacible aunque seria. Al tenerlos frente a sí, se erguió con determinación, estrechando la mano de Laureano y luego realizó una respetuosa reverencia ante el rey.



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En el texto hay: fantasia, aventura, fantasia épica

Editado: 18.01.2024

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