La joven Yasí era una chica de ascendencia indígena por parte de su madre, cuyo padre era el Oidor de la Real Audiencia de las Indias Americanas, don Ignacio Álvarez de Toledo. Yasí era muy parecida a su padre español, tenía la piel blanca y el cabello oscuro como su madre, al igual que sus ojos negros. Tenía una figura hermosa y una estatura mediana.
Vivía en la casa de su padre, en las habitaciones de la servidumbre junto con su madre, Alba. Ambas se levantaban muy temprano, antes que los dueños de la casa, para trabajar en las labores domésticas: limpiar, cocinar, lavar y servir. El trabajo era duro y agotador, pues la esposa del Oidor, doña Isabel Álvarez de Toledo, las maltrataba, al igual que sus hijas, Catalina y Candelaria.
La madre de Yasí era una mujer de mediana edad, de unos cincuenta años, piel morena, cabellos negros y ojos negros profundos, de gran belleza. El Oidor, a pesar de ser un hombre de carácter frío y serio, solía ser diferente con Alba, preocupado por la situación de ella y de su hija, aunque no podía hacer nada para darles una mejor vida. Pasaba todo el día en la Real Audiencia resolviendo conflictos, como juez. Era un hombre instruido, apuesto, de piel blanca, cabellos y barba blancos que reflejaban sus cincuenta y cinco años, y ojos claros.
La esposa del Oidor, de la misma edad que su marido, era instruida y española. Se había casado con el Oidor por un matrimonio arreglado entre familias de la alta sociedad. Siempre pedía que le trajeran de Europa los mejores vestidos y trajes para ella, sus hijas y su esposo. Aunque se mostraba amable en las reuniones sociales, solía ser de muy mal carácter y maltrataba a los esclavos, al igual que sus hijas, Catalina y Candelaria, que tenían 22 y 24 años. Ambas, aunque parecían dulces y hermosas, eran crueles y sentían celos de Yasí y su madre por el afecto que el Oidor les tenía.
La casa en la que vivían era una gran mansión lujosa, con habitaciones amplias de grandes ventanales, camas elegantes, vestidores con tocadores, un despacho con una gran biblioteca y un escritorio, cocina conectada a una galería que daba al patio y a las habitaciones de la servidumbre. El comedor tenía una mesa larga con finas copas y vajilla, y un jardín colorido y fragante. En cambio, las habitaciones de la servidumbre eran pequeñas y poco cómodas.
Se acercaba el día de Pascuas, y la esposa del Oidor ordenó que se preparara un gran banquete al que asistiría la nobleza, el clero y el virrey. La Pascua se celebraría con una ceremonia religiosa en la Basílica Nuestra Señora de los Ángeles, y luego todos se dirigirían a la mansión del Oidor para el banquete.
—¡Yasí, si algo sale mal mañana, tú y tu madre pagarán las consecuencias! —gritó doña Isabel—. ¡Me encargaré de que mi esposo las devuelva a la selva de donde salieron, par de salvajes! ¡Y veremos si sobreviven con el ejército realista rondando! ¡Ja, ja, ja!
—Sí, mi señora, no se preocupe —respondió Yasí, con la cabeza agachada.
Esa noche, tras terminar los quehaceres, Yasí y su madre conversaron.
—Al fin hemos terminado, madre... estoy muerta de cansancio —suspiró Yasí.
—Sí, hija, vamos a descansar, ya es muy tarde —respondió Alba.
De pronto, Catalina apareció con un vaso de vino.
—Escuché decir que terminaron... pero este piso está sucio aún... —dijo con desdén, y derramó el vino en el suelo. Y así la miró con disgusto.
—¿Qué miras, esclava? ¡Cómo te atreves a mirarme así! —gritó Catalina.
—Perdón, mi señora, en seguida limpiaré —contestó Yasí.
—No, quiero que ella lo haga —dijo Catalina, ignorando a Alba, y fue a la cocina a probar los bocadillos.
—¡Esto está horrible! ¡Esclava! –gritó. —Perdón, señorita, lo volveré a hacer —dijo Alba.
—¡Claro que lo volverán a hacer todo! –Exclamó Catalina–.
Yasí, limpia de nuevo hasta que no quede rastro de polvo. Alba, cocina todo de nuevo, ¡esta comida no sirve para nada!
Catalina se retiró, dejando a Yasí y a su madre trabajando de nuevo. Mientras cocinaban y limpiaban, Yasí se detuvo un momento.
—Madre, esto es tan injusto... ¿Y si le decimos a mi padre?
—No, hija, no le diremos nada. Pronto nos iremos de aquí –respondió Alba, acariciando su rostro.
—Está bien, madre —dijo Yasí, sonriendo con dulzura.
—Después del banquete nos iremos... Kuray vendrá a buscarnos –susurró Alba.
—El solo pensarlo me llena de felicidad, madre —respondió Yasí, sonrojada.
—¿Porque seremos libres o porque vendrá Kuray? —preguntó Alba con una sonrisa.
—Ambas cosas, madre... Kuray es todo lo que está bien en este mundo, después de ti, claro –respondió Yasí.
—Kuray es un buen hombre y será un buen esposo para ti, hija —dijo Alba.
—Yo también lo creo, madre, pero no sé por qué aún no me ha propuesto matrimonio... —dijo Yasí, bajando la mirada.
—Todo a su tiempo, mi niña, primero debemos salir de aquí —respondió Alba.
Aquella noche, mientras recogía las sábanas del tendedero, Yasí sintió unas manos cubriéndole los ojos. Sonrió.
—No me asustes así, Kuray —dijo. —Solo vine a ver cómo está mi luna preciosa —respondió él. –
—Cansada, pero ahora mucho mejor —contestó Yasí.
—No sabía que tenía ese poder mágico —sonrió Kuray.
—Mejor no lo uses, no quiero que corras peligro aquí, mejor vete —dijo Yasí.
—Esta noche vendré por ustedes... —prometió Kuray, antes de desaparecer en la oscuridad.
La joven Yasí era una chica de ascendencia indígena por parte de su madre, cuyo padre era el Oidor de la Real Audiencia de las Indias Americanas, don Ignacio Álvarez de Toledo. Yasí era muy parecida a su padre español, tenía la piel blanca y el cabello oscuro como su madre, al igual que sus ojos negros. Tenía una figura hermosa y una estatura mediana.
Vivía en la casa de su padre, en las habitaciones de la servidumbre junto con su madre, Alba. Ambas se levantaban muy temprano, antes que los dueños de la casa, para trabajar en las labores domésticas: limpiar, cocinar, lavar y servir. El trabajo era duro y agotador, pues la esposa del Oidor, doña Isabel Álvarez de Toledo, las maltrataba, al igual que sus hijas, Catalina y Candelaria.