Era medianoche. La guardia real en la mansión del Oidor había bajado por ser día de Pascua; todo estaba tranquilo alrededor. Kuray estaba esperando escondido afuera, detrás del muro que rodeaba la casa. Yasí y su madre salieron por el patio, logrando trepar el muro junto con los demás esclavos.
—Yasí, al fin vamos a ser libres y viviremos en la naturaleza para cuidarla como lo hicieron nuestros antepasados —le dijo feliz Kuray.
Yasí sonrió y le tomó de la mano. Todos comenzaron la travesía camino a la selva para finalmente llegar al Impenetrable, donde se escondía el campamento del ejército libertario, formado por negros e indígenas y apoyados además por desertores y criollos que no estaban a gusto con la opresión de la corona hacia la nobleza criolla. El camino era difícil y debían llegar a destino antes de que la guardia real y todos en la mansión se dieran cuenta. Iban presurosos a caballo, y los hombres estaban armados con arcos y flechas.
El viaje se complicó. Empezó a llover muy fuerte, había lodo por todas partes y era imposible seguir avanzando. El amanecer se acercaba y todos estaban preocupados, temían que los descubrieran.
En la casa del Oidor, la esposa se levantó con el mal humor que la caracterizaba, sobre todo después de no haber conseguido una cita para su hija con el Virrey. Parecía el mismo demonio. Empezó a gritar en la cocina:
— ¡¿Cómo es posible que nadie se haya levantado todavía?!
Se dirigió a los dormitorios y no había nadie. Siguió gritando enfurecida:
— ¡¿Dónde están todos?!
El Oidor, al escuchar los gritos de su esposa, se levantó a ver qué sucedía.
— ¿Esposa mía, qué sucede?
—Algo muy grave: los esclavos se fueron.
El Oidor mandó a llamar a la guardia:
—Vayan inmediatamente a buscar a los esclavos, investiguen qué está sucediendo y tráiganlos a todos vivos.
Antes de que la guardia partiera, la esposa del Oidor, a escondidas, mandó llamar a uno de los guardias. Sacó una gargantilla de oro muy valiosa y le dijo:
—Sé que te estás por casar. Toma esta gargantilla de oro para obsequiársela a tu prometida.
—Gracias, mi señora —respondió el guardia—. ¿Necesita de mis servicios?
—Así es. Necesito que traigas a Yasí y a su madre, muertas.
—No se preocupe, señora, así lo haré —dijo el guardia.
La guardia real salió con prisa de la casa del Oidor. El Virrey, enterado de la situación, enfurecido, tomó su caballo y a más guardias para buscar a los esclavos. Para la sociedad resultaba llamativo por qué el Virrey estaba tan interesado en recuperar a los esclavos del Oidor. Él sabía de un ejército escondido, pero no tenía certeza de dónde estaban y, en especial, quería a Yasí viva.
—Vuestra Señoría, los esclavos escaparon a caballo. Ha llovido durante la noche, así que es probable que no estén lejos —informó un guardia.
— ¡Vamos! —ordenó el Virrey.
Yasí, Kuray y los demás iban más lento, pues el terreno se volvía más pantanoso a medida que avanzaban. De pronto, se escucharon caballos cerca.
— ¡Es la guardia real! ¡Escondámonos pronto! —dijo Kuray.
Bajaron de los caballos y comenzaron a adentrarse en el monte entre los pastizales.
— ¡Allí están! —gritó uno de los guardias.
Empezaron a perseguirlos y a disparar, mientras las aves, asustadas, huían desesperadas.
De repente, la madre de Yasí cayó al suelo.
— ¡Madre, ¿qué te ocurre?! —preguntó Yasí, preocupada.
Kuray se apresuró a levantarla. La madre le dijo a Yasí:
—Mi niña querida, tienes que sobrevivir y lograr la libertad.
Luego miró a Kuray:
—Por favor, cuida de Yasí. Yo ya no lo podré hacer.
Finalmente, les dijo:
—Sé que se aman, y les doy mi bendición.
La madre cerró los ojos, y su sangre brotaba de su interior; una bala la había alcanzado.
— ¡Mamá, por favor, no me dejes! —gritó Yasí, llorando desconsoladamente.
Kuray le habló con cariño, lamentando el desenlace:
—Mi blanca luna, debemos irnos.
—Vuestra Señoría, encontramos el cuerpo de una esclava —informó un guardia al Virrey.
—Llévenla a la casa del Oidor —ordenó el Virrey.
—Los demás fueron detenidos. Solamente lograron escapar una pareja: un joven de unos veinte años y una joven de más o menos la misma edad.
—Está bien, sigan buscándolos —dijo el Virrey.
Por la descripción, el Virrey supo que se trataba de Yasí, así que ordenó que la trajeran viva.
Se hizo de noche cuando Kuray llegó con Yasí a un pequeño pueblo alejado de la ciudad. Se acercó a una pequeña capilla y tocó la puerta pidiendo ayuda:
—Padre, por favor, le ruego hospitalidad. Ayúdeme.
El Padre abrió la puerta.
—Hijo, dime, ¿qué te ocurrió?
Kuray respondió:
—Padre, necesito que me permita a mí y a mi prometida quedarnos esta noche aquí. Ella no se siente bien y debemos seguir viaje. Mi señor nos concedió el permiso para que yo vaya a pedir la bendición de sus padres para que nos casemos como Dios manda.
El Padre les dijo:
— ¿Por qué tu mujer se siente mal? ¿Acaso has hecho con ella lo que se debe hacer en el matrimonio?
—No, Padre —exclamó sonrojado Kuray.
—Bueno, muchacho, voy a confiar en tu palabra y en tu buena predisposición. Aquí hay un pequeño cuarto en el que se pueden hospedar esta noche, pero únicamente esta noche porque mañana debo partir a ver al obispo —dijo el Padre.
—Está bien, Padre. Gracias —respondió Kuray.
Kuray acomodó a Yasí en la cama y abrió la ventana.
"La noche está hermosa, al igual que la luna, blanca y esplendorosa, brillando en medio de la oscuridad... como Yasí" —pensó.
Yasí continuaba dormida. Se acercó a ella, que estaba llena de lodo; entonces la alzó en sus brazos y la llevó al baño. Desató su cabello trenzado.
"Es tan hermosa" —pensó.
La colocó en la bañera que allí se encontraba y con un recipiente comenzó a derramarle el agua para limpiarla. Se acercó a ella y suavemente rozó su mejilla con sus labios. Yasí abrió los ojos perturbada.