Un nuevo día comenzaba en la mansión del Oidor. Yasí servía el desayuno.
Oidor: —Hoy tendré un largo día. Llegaré tarde. Yasí, ordena que me alisten el carruaje. En seguida salgo...
Yasí: —Sí, mi señor, en seguida...
Esposa: —Esposo, no es mi intención reprocharle, pero... ¿no considera usted que le está dando a Yasí atribuciones que no son propias de una esclava? Los demás esclavos podrían sospechar, y no es conveniente para su investidura que se sepa que Yasí es su hija ilegítima.
Oidor: —No se preocupe, esposa, no sucederá. Me retiro.
Cuando el Oidor se fue, la esposa aprovechó para intentar nuevamente deshacerse de Yasí, así que la mandó a llamar. Yasí entró a los aposentos de la esposa del Oidor. La señora hacía mucho tiempo que estaba separada del Oidor y dormía en una habitación independiente de él.
Esposa: —Yasí, qué placer que estés aquí... —dijo con una risa irónica—. Catalina, ordena que nadie nos moleste y cierra la puerta con llave.
Luego continuó:
—Yasí, ven, pasa, te invito a que entres a mi bodega secreta.
Yasí entró. El lugar era un sótano oculto bajo un falso piso, con una escalera que descendía a un sitio secreto. Para sorpresa de Yasí, el lugar estaba repleto de cofres llenos de oro y joyas.
— ¿Ves todo esto, Yasí? Es mío y de mis hijas, de nadie más. Seguramente te preguntarás cómo he conseguido toda esta riqueza. Fácil: parte de lo que se saca de las minas jamás llegó a manos de la corona. Si no hacen lo que les digo, caen. Por algo soy la esposa del Oidor. Mira bien, porque tú esto nunca lo tendrás.
Luego ordenó a Catalina:
—Átala y cuélgala. Vamos a divertirnos, porque hoy va a pagar por haber nacido.
Candelaria comenzó a azotarla:
—Esto es por haberte robado tú y tu madre a nuestro padre, maldita serpiente. Juro que hoy será tu último día —dijo con odio.
—Grita todo lo que quieras, aquí nadie te escuchará —le dijo mientras continuaba golpeándola con rabia.
Catalina: —Qué fastidio escucharla gritar... —dijo mientras tomaba un pañuelo y se lo ataba en la boca—. Yo también me vengaré. Dame el látigo, Candelaria, ahora me toca a mí.
Catalina desahogó toda la envidia que sentía hacia Yasí hasta que Yasí se desmayó.
Esposa: —Bájenla de ahí, le cambiaremos la ropa manchada de sangre y la quemaremos. Luego la despertaremos y diremos que tuvo un accidente limpiando, por eso no puede caminar. Cuando vaya a su habitación, le llevaré un té para que no despierte nunca más. Y si el Oidor sospecha de nosotras, no tendrá pruebas, porque son hierbas medicinales que en dosis elevadas pueden matar.
— ¡Despierta, maldita serpiente! —le dijo Catalina, echándole agua fría en la cara.
Yasí despertó sobresaltada y adolorida. No dijo nada, pues sabía que sería en vano.
—Ve a tu habitación. Nosotras diremos que tuviste un accidente. Sé que no vas a negarlo porque no quieres preocupar al Oidor, mosquita muerta —le dijo la esposa.
Yasí se levantó como pudo, rengueando de dolor, y a duras penas llegó a su habitación. Se recostó en la cama y se durmió.
Más tarde, la cocinera llevó un té que le había ordenado preparar la esposa del Oidor.
Cocinera: —Niña, despierta. Aquí te traigo un té. ¿Me quieres contar lo que te sucedió? —le preguntó, preocupada.
Yasí: —No te preocupes, no fue nada grave, fue un accidente nada más.
La cocinera no quedó convencida de lo que dijo Yasí; tenía el presentimiento de que algo malo le había pasado. Cuando Yasí terminó de tomar el té, cayó desmayada en su cama. La cocinera se asustó y gritó:
— ¡Niña! ¡¿Qué te ocurre?!
Le dio palmadas en la cara, pero de pronto vio que sangre se derramaba entre sus piernas. La cubrió con una manta y salió corriendo, evitando a las señoras de la casa, porque estaba segura de que ellas tenían algo que ver con lo que le pasaba a Yasí.
—Señora, voy al mercado. Prometo que no tardaré —le dijo la cocinera a la esposa del Oidor.
El espía del Virrey vio el extraño movimiento en la casa del Oidor y decidió seguir a la cocinera. La cocinera llegó a la Real Audiencia y pidió ver al Oidor, pero no se lo permitieron. El espía del Virrey, al ver la preocupación en el rostro de la cocinera, informó al Virrey:
—Vuestra señoría, disculpe, pero es urgente. La cocinera del Oidor está afuera y su rostro refleja angustia. Parece que algo malo sucedió.
—Dile que pase —ordenó el Virrey.
La cocinera entró al despacho del Virrey y dijo:
—Vuestra señoría, es urgente. Necesito hablar con el Oidor.
—Es imposible, en estos momentos está en un juicio —respondió el Virrey.
—Una de las hijas del Oidor está muy mal, parece que se está muriendo —dijo la cocinera entre lágrimas—. ¡Por favor, vuestra señoría, le ruego que envíe un médico y avise inmediatamente al Oidor que la niña se le está muriendo!
El Virrey no quiso desaprovechar la oportunidad de obtener más información sobre la casa del Oidor y le dijo:
—No se preocupe, yo me encargaré. Ahora mismo iré con mi médico de confianza y le avisaré al Oidor.
La cocinera, que llevaba muchos años trabajando para el Oidor y conocía la verdad, se sorprendió por la actitud del Virrey.
"¿Qué haré cuando el Virrey llegue y vea que se trata de la esclava?" —pensó.
El Virrey llegó con el médico a la mansión y la cocinera lo guio hasta la habitación de Yasí. Cuando el Virrey la vio, dijo:
— ¿Por qué me has mentido para salvar a tu compañera? Sabes que puedo castigarte por esto.
Cocinera: —Por favor, vuestra señoría, perdóneme, no es lo que usted piensa. La niña es muy valiosa para el Oidor. Si ella muere, él moriría de pena.
El Virrey ordenó al médico que la revisara.
Médico: —La joven tiene golpes en las piernas y la cadera. Por los golpes ha sufrido un aborto espontáneo. También ha sido envenenada con un veneno que actúa lentamente. Si me autoriza, puedo salvarla.