Hijos de la libertad

CAPÍTULO 6: LA ESCLAVA DEL VIRREY

El sol resplandecía y sus rayos entraban por los ventanales de la gran habitación, haciendo que Yasí se despertara. Al levantarse, se dio cuenta de que no estaba en la casa del Oidor. Una esclava africana abrió la puerta:

—Niña, el Virrey me ordenó que te entregara esta carta —le dijo, dejando el sobre sobre la mesita al lado de la cama—. Vístete con la ropa que aquí te dejo —agregó, colocándola sobre la cama.

Yasí se sentó en la cama y abrió la carta, que decía:

Querida hija:

Te escribo esta carta, en primer lugar, para pedirte disculpas por no haberme despedido de ti, pero sé que nos volveremos a encontrar en cualquier momento. Seguramente te preguntarás por qué estás en la mansión del Virrey, y creo que mereces una explicación por ser mi hija. Tomé esta decisión por tu bien, porque he notado que los celos que te tienen mi esposa y tus hermanas han superado los límites de la moral y pueden conducirte a la muerte. Hija, quiero que sigas viviendo y que algún día llegues a ser feliz, como no has podido serlo hasta ahora. Yo ya no puedo protegerte. El Virrey me ha pedido por ti, por eso te pido que confíes en mí, porque sé que estarás en buenas manos.

Firma atte.: Tu padre, que te ama mucho.

—Estoy lista para empezar a trabajar ahora mismo —le dijo a la cocinera.

—Tú no vas a trabajar en las labores domésticas. Su señoría te espera en su despacho para asignarte tu labor.

Entonces, se dirigió al despacho del Virrey y tocó la puerta.

—Adelante —se escuchó su voz grave desde dentro.

—Buenos días, vuestra señoría —saludó Yasí con reverencia.

—Veo que estás mejor. Siendo así, vas a empezar ahora. A partir de hoy serás mi asistente. Me he enterado de que recibiste una carta del Oidor, así que puedo deducir que sabes leer y escribir. ¿Estoy en lo correcto?

—Sí, es correcto, su señoría —respondió Yasí, sin entrar en detalles. Su padre se había ocupado personalmente de su educación para que nadie se aprovechara de su ignorancia.

—Bien. Necesito que escribas cartas, notas, lleves un orden del día con las reuniones que tengo por horarios, me avises de las personas que soliciten audiencia y las recibas. También que te encargues de la organización de la casa cuando mi madre vuelva a España.

Saliendo de la mansión, subieron al carruaje rumbo al Cabildo. Un largo día les esperaba. Llegaron al centro de la ciudad, que se distinguía por sus edificios de estilo europeo: el Cabildo, la Real Audiencia, la Casa de Contratación y los regimientos militares.

"No puedo creer que pronto llegará el invierno" —pensó Yasí. La mañana estaba fresca.

Una vez en el despacho, el Virrey ordenó: —Prepárame un café. Necesito estar bien despierto porque tengo enemigos hasta debajo de las piedras. Españoles, criollos y libertarios quieren mi cabeza.

La preocupación se notaba en su rostro.

—Disculpe, Su Señoría. Noto su cansancio. Si usted lo desea, puedo prepararle una infusión propia de mi pueblo que es mejor que el café, es revitalizante, aplaca el frío y tiene un sabor amargo agradable.

—Está bien, prepárala.

Yasí trajo la infusión y se la sirvió al Virrey.

—India, cuéntame un poco más sobre esta bebida.

—Se llama mate. Cuenta la leyenda de mi pueblo que Yasí, la luna, gustaba de pasear por las noches en el monte, entre esteros y bañados. Un día bajó en forma humana, y un yaguareté estuvo a punto de atacarla, pero un indio le salvó la vida. En agradecimiento, ella le regaló una planta llamada yerba mate, con el poder de dar fuerza al cansado.

—Linda historia. Por lo que me has contado, tu nombre significa luna —dijo el Virrey, interesado en saber más de ella.

—Sí, mi madre me puso ese nombre porque soy una india blanca.

En ese instante, Yasí no pudo evitar que la invadiera el recuerdo de Kuray en su mente, llamándola mi blanca luna. Kuray, tan fuerte como el sol de verano, pensó, hizo honor a su nombre, que significa sol. Las cosas del destino... el sol y la luna no pudieron unirse.

Mientras Yasí relataba la leyenda, el Virrey disfrutaba de la novedosa bebida y le dijo:

—Prepárame todas las mañanas este mate.

—Así lo haré, Su Señoría, y además se lo cebaré —respondió Yasí, contenta.

De pronto se oyeron gritos que llegaban por el pasillo, junto con una nube de humo:

— ¡Fuego! ¡Fuego!

Todos comenzaron a correr. Yasí y el Virrey lograron escapar por la ventana que daba al patio. Un soldado se acercó:

—Vuestra Señoría, aún no sabemos quiénes originaron el fuego, pero me temo que fue un ataque. Le sugiero que no regrese a su mansión, pues allí también podrían atacarlo.

—Ve y averigua qué está sucediendo, luego me informas. Necesitamos saber cada detalle para poder accionar. Estaré en mi hacienda. Asegúrate de que nadie sepa que estoy allí, es mejor que crean que estoy en la mansión, y corre la voz de que fue un accidente, así nuestros enemigos bajarán la guardia y nos será más fácil llegar a la verdad.

El Virrey tomó un caballo y le dijo a Yasí, extendiendo su mano:

—Toma mi mano y sube. Nos iremos juntos.

El viaje se hacía largo; pasaron varias horas y anocheció.

—India, aquí pasaremos la noche —dijo el Virrey, bajando del caballo.

Luego le dijo:

—Te ayudaré a bajar —sosteniéndola con fuerza de la cintura.

Cuando los brazos del Virrey la sostuvieron, Yasí se sintió incómoda al estar tan cerca de él, un calor extraño le recorrió el cuerpo. El Virrey se detuvo un instante para mirar su rostro, recorriendo sus ojos hasta terminar en su boca. La luz de la luna iluminaba el rostro de Yasí. Todo se detuvo por un instante, y quedaron los dos, solos, abrazados, por casualidad o por destino, bajo la luz de la luna.

—Discúlpame —dijo el Virrey, apenado, soltándola—. No es mi intención sobrepasarme contigo.

—No se preocupe, mi Señor, sé que usted es un hombre de buena fe. Aprovecho para agradecerle su buen trato y por permitirme servirle.




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