Hijos de la libertad

CAPÍTULO 7: UN ENEMIGO INESPERADO

La noche se hizo larga. El sol empezaba a asomarse con un tímido rayo de luz. La mañana era fría y la neblina inundaba el espeso monte. Un pajarito de pecho amarillo, con un cántico particularmente gracioso y una especie de antifaz en los ojos, conocido por los lugareños como pitogüé, se posó sobre una de las ramas del árbol bajo el cual dormían Yasí y el Virrey, de tal manera que ésta caía casi sobre ellos.

El ave comenzó a cantar, y Yasí y el Virrey se despertaron rápidamente, encontrándose abrazados por el frío. El Virrey estaba feliz de haber pasado la noche así, sintiéndose agradecido en su corazón por el intenso frío.

—Buenos días —le dijo a Yasí, sonriendo dulcemente.

—Buenos días, señor —respondió Yasí, apenada.

—Continuemos, falta poco para llegar.

Subieron al caballo y, tras unas horas, llegaron a la hacienda. Se trataba de una finca de gran extensión destinada a la producción ganadera, donde los esclavos trabajaban con sus familias.

—Buenos días, Vuestra Señoría. Siempre es un agrado tenerlo por aquí de nuevo —saludó el capataz.

—Capataz, buenos días. Necesito quedarme unos días aquí, te encargo que no comentes mi estadía. Si alguien pregunta, di que estoy en la ciudad. Únicamente puedes dejar entrar a mi guardia real. Dile a la cocinera que nos prepare algo para comer y también agua caliente para bañarnos y ropa limpia.

Una vez que terminaron de comer, la cocinera se acercó:

—Vuestra Señoría, la encargada de la limpieza ya tiene lista la habitación cuando usted y su mujer quieran ir a descansar.

Yasí se atragantó con la comida, sorprendida, y dijo apresurada:

—No, yo soy la asistente del Virrey.

—Disculpe, mi Señor, no sabía que la señorita era su asistente. Por favor, permítanos un poco más de tiempo para alistar otra habitación.

—No se preocupen por mí, yo descansaré en alguna hamaca que esté colgada en algún lugar de la hacienda —insistió Yasí.

—Está bien. Me iré a descansar. Avísenme cuando llegue mi guardia —ordenó el Virrey.

Luego de su siesta, el Virrey fue a buscar a Yasí, pero no la encontraba por ninguna parte. La cocinera se percató de que la buscaba:

—Mi señor, si está buscando a su asistente, está en el dormitorio que queda al lado del suyo. Pensé que le gustaría tenerla cerca.

El Virrey se dirigió al dormitorio de Yasí. La puerta estaba entreabierta y la vio vistiéndose: se colocaba una camisa blanca, se ajustaba un corsé que resaltaba su figura que parecía una obra tallada, con unas bragas largas, y sobre ello, una enagua que realzaba el vestido luciéndole maravilloso. El Virrey cerró la puerta silenciosamente para que ella no lo viera.

Entretanto, llegó la guardia real.

—Llegó su guardia, mi Señor —informó el capataz.

—Que pase, lo espero en mi despacho.

—Vuestra Señoría, traigo malas noticias. Parece que el ataque ocurrido no fue por sus enemigos habituales. Todo indica que se trata de extranjeros, al parecer británicos.

—Por si fuera poco, se me suman enemigos. Solo me faltan los portugueses y los franceses... Dile al general que prepare el ejército, que dé la orden de atacar cuando el enemigo llegue. Que defiendan la ciudad. Ellos vendrán a buscarme, pero no me encontrarán. Cuando crean que han ganado, atacaremos con más fuerza y venceremos. Aún no es el momento de salir al campo de batalla, y cuando no lo esperen, allí estaré.

—Así lo haremos, vuestra señoría. Me retiro.

Después, Yasí fue a buscar al Virrey a su despacho.

— ¿Vuestra señoría necesita algo?

El Virrey se quedó en silencio, mirándola, mientras le venía a la mente la imagen de ella vistiéndose. Un calor le recorrió el cuerpo y se sonrojó.

"Me estoy volviendo loco..." —pensó.

—Mi señor, ¿se siente bien? ¿Ha sucedido algo malo? —Preguntó Yasí, con cierta preocupación—. Lo noto distraído.

—Sí, estoy bien. Aún no ha sucedido nada, pero temo que está por suceder. Cuando sea el momento, tendré que partir a luchar; probablemente, en cualquier momento, los británicos ataquen. Quiero que no te muevas de aquí. Encárgate del manejo de la casa.

— ¡¿Cómo que van a atacar los británicos?! —dijo Yasí, preocupada—. Disculpe, mi Señor, pero me gustaría ir con usted. Mi madre me enseñó el oficio de curandera, sé de plantas y hierbas medicinales. Creo que puedo servirle mejor curando a los heridos.

—No te preocupes, contamos con médicos. Por favor, te necesito aquí, a salvo —le dijo con un tono especial que Yasí no pudo descifrar.

Pasaron unos días y llegó un guardia con noticias. Yasí salió a recibirlo y notó que algo malo había ocurrido. Entró al despacho del Virrey:

—Vuestra señoría, ha llegado el guardia de la ciudad.

—Hazlo pasar.

—Vuestra señoría, traigo malas noticias. Los británicos nos invaden. Me temo que no tenemos suficientes hombres, y si pedimos refuerzos, tardarán en llegar.

—Espérame afuera, me alisto y salimos en un momento. Dile al capataz que prepare mi caballo y mis armas.

El Virrey abrió la puerta y llamó a Yasí:

—India —dijo, tomando sus manos y guardándolas entre las suyas—. Espérame aquí, volveré por ti. No te dejaré y te protegeré, porque eres la joya más valiosa que un hombre pueda tener, y yo soy muy afortunado porque eres mía.

Las palabras del Virrey llegaron al corazón de Yasí. Su gesto, su mirada, la suavidad con la que la trataba, cómo la protegía y se preocupaba por ella, todo envolvió su corazón de amor. Un escalofrío la recorrió: era el miedo a perderlo para siempre.

Yasí no pudo contener sus lágrimas, aunque se esforzó por no llorar. Se soltó de sus manos, lo abrazó fuerte y lloró, escondiendo su rostro en su pecho. El Virrey se sorprendió con la reacción de Yasí, y aunque era un momento difícil, se sintió emocionado al notar que ella sentía algo más que respeto hacia él.

—Aquí lo esperaré hasta que vuelva —dijo Yasí, con la voz quebrada por el llanto.




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