El Virrey llegó a la ciudad. El ejército real oponía resistencia ante el ataque de los enemigos que intentaban, a toda costa, tomar la ciudad.
La lucha era intensa y los heridos se multiplicaban a medida que pasaban las horas. Aunque el Virrey había solicitado refuerzos, estos aún no llegaban. El panorama se volvía aterrador, porque no sabían por cuánto tiempo más podrían resistir. De repente, una luz de esperanza se encendió:
—Vuestra Señoría, tengo una buena noticia —dijo el general—. Los criollos se han armado junto con sus esclavos para defender la ciudad. Las mujeres prepararon una tienda de campaña junto al regimiento para atender a los heridos.
—No sé si sea una buena noticia, porque no están preparados para dar batalla... Ruego a Dios que nos ampare. Aprecio su valentía, pero necesitamos guerreros. Igualmente, no estamos en posición de rechazar a nadie que quiera combatir. Déjalos que se sumen, pero te pido que no estén al frente, para evitar más muertes. Además, no sería bueno que, al haber muertos, baje la moral del ejército.
Entretanto, llegaron noticias a la hacienda. Yasí, ansiosa, salió a recibirlas.
—Señorita, hemos recibido noticias de la ciudad, y no son nada buenas —informó el capataz—. El Virrey, junto con el ejército real, no da abasto para resistir. Se sumaron criollos y esclavos a la defensa, pero no es suficiente, porque no son hombres preparados para la guerra.
—Gracias por mantenerme informada. Diles a las mujeres y a los hombres que quieran acompañarme con oración que voy a rezar en el santuario de la Virgen. Pediremos a Dios que se apiade de nosotros y nos ampare.
Todos fueron a rezar y, al terminar, cada uno se retiró.
—Capataz, me iré ahora mismo a ayudar al Virrey. Él necesita apoyo. Aunque quiere que me quede aquí, no puedo hacerlo.
—Vaya con bien, señorita. Yo seguiré cuidando la hacienda.
Yasí tomó su caballo y se dirigió al Impenetrable, donde estaba su gente. Al llegar, la recibieron con agrado. Allí se encontraban reunidos guaraníes, tobas y wichís que habían logrado escapar para organizar un ejército capaz de enfrentar al ejército realista. Eran hábiles guerreros con lanza, arco y flecha, y contaban con armas que les habían proporcionado los criollos, quienes también anhelaban una tierra donde todos fueran libres. Soldados desertores, expertos en armas, entrenaban con ellos.
Yasí se encontró con el padre de Kuray, quien la recibió con especial cariño. Recordaron juntos a Kuray con nostalgia, con el consuelo de que descansaba junto a Ñandeyara Jesucristo (Nuestro Señor Jesucristo).
—Cacique, he venido por algo grave que está aconteciendo —dijo Yasí, contándole todo—. Le pido, por favor, que me ayude a defender la ciudad y a expulsar al enemigo.
—Es grave la situación. No queremos más invasiones en nuestra tierra. Cuenta con nosotros.
El ejército libertario partió con jinetes y guerreros rumbo a defender nuestra tierra.
En la ciudad, el ejército y los criollos con sus esclavos ya no podían resistir. Los muertos y heridos eran muchos, y el ejército realista aún estaba a varios días de camino. Todos estaban exhaustos y desesperanzados, parecía que sus horas estaban contadas y pronto llegaría el fin. El fantasma de la muerte rondaba por todas partes.
De pronto, se escuchó el andar de jinetes. El Virrey y su ejército no podían creerlo, pues las noticias indicaban que los refuerzos no estaban cerca. Era Yasí, el cacique y el ejército libertario. Todos se sorprendieron al verlos llegar: fuertes y hábiles guerreros, llenos de valentía, dispuestos a defender la tierra de los invasores como antaño no habían podido hacerlo.
El Virrey no podía creer al ver llegar a su amada india, con fuerza y arrojo. Él estaba herido, tendido en el piso, y Yasí rápidamente fue a su rescate, lo levantó y lo llevó a la tienda de campaña donde atendían a los heridos. Allí lo curó y cuidó de él noche y día, mientras también ayudaba a otros heridos.
—Por favor, necesitamos más hierbas medicinales —dijo Yasí mientras machacaba hierbas en un mortero.
Ella daba instrucciones a las mujeres sobre cómo preparar las medicinas. El Virrey, adolorido desde su cama, la miraba encantado, sorprendido al descubrir que la mujer maravillosa de la que se había enamorado lo era aún más.
Yasí se acercó al Virrey con una dulce sonrisa.
—No sabe cuánto me alegra que esté bien —dijo, tomando su mano y acariciando su mejilla.
El Virrey la miró con dulzura.
—No te preocupes, mi india, estoy bien. Aún no es mi hora de partir, porque tú y yo tenemos que luchar por el sueño de vivir en una tierra donde todos sean libres.
Yasí se sorprendió con la decisión del Virrey, y la emoción inundó su mirada. Cerró sus ojos, tomó las manos del Virrey y las estrechó con fuerza, como quien ruega a Dios en oración, apoyándolas en su frente, en su pecho, y dejando un cálido beso sobre sus labios.
Finalmente, todo volvió a la calma. La noche tenía un brillo diferente, porque en el cielo estaban los guerreros que habían dado su vida por su tierra y su gente.
El general entró a la tienda, exhausto, pero con el espíritu intacto.
Todos gritaron de alegría. El ejército libertario regresó al Impenetrable con pocas pérdidas y la moral elevada, tras derrotar al enemigo, con más fe que nunca en que lograrían la ansiada libertad.
Yasí se recostó al lado de la cama del Virrey, sentada en el suelo, y apoyó su cabeza en la cama, donde el cansancio la venció. Los cuidados de Yasí, su preocupación por él, sus caricias y gestos llenaron de ternura y emoción el corazón del Virrey.
Un nuevo mañana les esperaba, de luchas con sangre y muerte. El camino a la libertad sería duro, pero en el corazón quedarían los recuerdos de hombres valientes que dieron sus vidas por la libertad y por defender su tierra y su gente.