Felipe acarició el cabello de Yasí, rozó sus mejillas y delineó suavemente sus labios con su pulgar. Yasí despertó al sentir aquellas caricias.
—Yasí, mi hermosa India… pensé que no volvería a verte… —susurró Felipe.
Yasí lo abrazó fuerte, recostada sobre su pecho, sin decir palabra, pero con un gesto que lo decía todo. Felipe sintió las lágrimas de Yasí humedecerle la camisa.
— ¿Por qué lloras Luna? —preguntó con ternura.
—Lloro de emoción por volverlo a ver… —respondió Yasí, con lágrimas resbalando por sus mejillas—. Yo también pensé que nunca más lo vería.
—Doy gracias a Dios por esta oportunidad de verte de nuevo, y no pienso desaprovecharla. Necesito hablar contigo en privado, es algo importante.
—Está bien, no se preocupe… Felipe —dijo con una sonrisa, aceptando llamarlo por su nombre.
—Así me gusta —respondió él, mirándola con dulzura.
Yasí se levantó para preparar medicinas, y al salir, las mujeres la rodearon con miradas cómplices.
— ¿Conoces a ese hombre, Yasí? Se nota que son cercanos… —dijeron con picardía.
—Sí, trabajé con él, sé que es un hombre de buena fe —respondió, intentando mantenerse seria.
— ¡Ah! Quizá sea tu esposo en el futuro… —dijeron entre risas.
— ¡No digan tonterías! —respondió Yasí, ruborizada, mientras escapaba a buscar agua.
Cuando regresó, vio a Felipe afuera con unas mujeres que tomaban mate y preparaban tortas fritas.
— ¡Felipe! ¿Qué haces aquí de pie? Debes reposar.
—No te preocupes, Yasí, estoy mejor. Una de las mujeres me hizo estas muletas para moverme sin molestarte tanto —dijo con una sonrisa.
—Bueno… está bien —respondió Yasí, resignada.
— ¿Tomamos unos mates con tortas fritas? —propuso Felipe.
—Sí, pero después volverás a la cama —dijo con firmeza.
—De acuerdo, mi luna —contestó Felipe, feliz de compartir ese momento con ella.
Pasaron los días en el monte…
Una mañana, mientras compartían mate y tortas fritas, unos hombres se acercaron:
—Vamos al río a pescar algo para la comida.
—Quiero acompañarlos —dijo Felipe.
—Debes reposar —respondió Yasí, preocupada.
—Estoy cansado de estar en cama, usaré mis muletas, no te preocupes.
—Está bien… —aceptó finalmente Yasí.
Caminaron entre los pastizales hasta llegar al río, donde lanzaron cañas y redes. Felipe se sentó a orillas del agua, disfrutando la brisa. Entonces, un paisano comenzó a cantar mientras pescaba:
(1) Oración del Remanso (Jorge Fandermole)
Soy de la orilla brava,
Del agua turbia y la correntada
Que baja hermosa por su barrosa profundidad,
Soy un paisano serio,
Soy gente del remanso,
Que es donde el cielo
Remonta vuelo en el Paraná…
Cristo de las redes
No nos abandones,
Y en los espineles
Déjanos tus dones…
Agua del río viejo
Llévate pronto este llanto lejos
Que está aclarando
Y vamos pescando para vivir…
La melodía se fundía con el murmullo del río y el canto de los pájaros.
Al atardecer regresaron, cansados pero con buena pesca. Las mujeres los recibieron alegres, preparando la cena entre risas y cantos. Se reunieron alrededor del fuego a compartir la comida mientras la suave brisa acariciaba el campamento.
Tras cenar, Felipe se acercó a Yasí:
—Yasí, ¿podemos hablar ahora?
—Sí, ven conmigo… —respondió.
Caminaron hasta un estero cubierto de irupés, iluminado por la luna llena. Yasí respiró hondo, cerrando los ojos.
—Qué bello lugar… —dijo Felipe—. ¿Cómo se llaman estas plantas?
—Irupé… —respondió Yasí con serenidad.
Felipe la rodeó suavemente por la cintura.
—Te amo… —susurró.
—Yo también te amo… —respondió Yasí, antes de besarlo suavemente.
Se besaron por largo rato, bajo la luz de la luna y el murmullo del agua.
—No sabía que la luna, además de ser hermosa, puede ser tan deliciosamente dulce… —dijo Felipe, mirándola con amor.
Yasí sonrió, ruborizada.
-¿Te gustaría ser mi novia?- Preguntó Felipe con nerviosismo
- ¿Esto era lo que tenías para decirme? Preguntó Yasí con picardía
- ¿Por qué? ¿A caso te parece mal? Si es así, tómate tu tiempo para pensarlo pero deseo que me des la oportunidad…
- Claro
- ¿Eso significa que sí aceptas ser mi novia o que lo vas a pensar?
- Sí acepto ser tu novia- dijo Yasí entre sonrisas
Felipe sonrió y le dio un fuerte abrazo.
-No puedes imaginar la felicidad que siento
- Yo también estoy tan feliz que no puedo creer todo lo que sucedió para que hoy estemos juntos. Sin dudas eres mi destino.
Regresaron tomados de la mano, siendo recibidos con alegría. Los invitaron a acercarse al fuego, donde un paisano con guitarra comenzó a cantar mientras las parejas bailaban al ritmo de la música:
(2) Añoranza (Salvador Miqueri)
Después de haberme brindado
La dicha de tu presencia,
Querida te has marchado
Sumiendo mi alma en dolor…
Sabrás que tras tu partida
Añorándote he vivido
Y olvidarte no he podido
Vuelve, vuelve mi querida…
Las parejas se balanceaban, tomadas de la cintura y las manos, con sonrisas llenas de complicidad y esperanza.
Felipe y Yasí se sentaron cerca de la fogata, contemplando las estrellas y la luna que iluminaba aquel cielo inmenso.
Aquella noche de luna fue dulce, cálida, un remanso de amor en medio de las luchas que les aguardaban. Ambos sabían que, aunque el camino hacia la libertad sería difícil, la fuerza de aquel amor los sostendría hasta el final.