Terminó la guitarreada; cantaron, bailaron, comieron y bebieron bajo la luna generosa. Fue una noche hermosa: los heridos mejoraron, los hombres pescaron en abundancia, y los niños jugaron hasta que el sueño los venció. La vida en el monte continuaba, donde cada amanecer llegaba con el canto de los pájaros y cada noche caía bajo la luz de la luna, iluminando con su presencia la humilde vida de los paisanos, cuya piel llevaba el color del río y de la tierra que los vio nacer y que un día les arrebataron por oro y poder. Pero nunca les arrebataron el profundo deseo de vivir libres en la tierra que los vio crecer.
—Buenos días a todos —saludó Yasí, con una sonrisa luminosa—. Me alegra que sus heridas estén mejor. A partir de ahora pueden pasar a las habitaciones que preparamos para ustedes.
—Le agradecemos mucho a usted y a las demás mujeres por cuidarnos —respondieron los hombres.
—No es nada —dijo Yasí con satisfacción.
Luego se preparó para ir a recoger hierbas.
— ¿A dónde vas tan temprano? —preguntó Felipe, acercándose con curiosidad.
—Voy a recoger hierbas medicinales —respondió Yasí.
—Iré contigo, puedo ayudarte a cargar los cestos —insistió Felipe.
—Pero tú no conoces estas hierbas…
—Aprenderé, y no pienso perder la oportunidad de estar contigo —sonrió Felipe.
—Está bien —dijo Yasí, riendo.
Llegaron al lugar donde crecían las hierbas silvestres y comenzaron a recolectarlas. Comieron frutas de los árboles, y el cansancio los venció, quedándose dormidos tendidos sobre el pasto bajo la sombra de un árbol. Cuando despertaron, el cielo comenzaba a oscurecer, y se apresuraron a regresar al campamento. Yasí lavó las hierbas y las acomodó con cuidado. Después de cenar, todos se fueron a dormir.
De pronto, un rugido cortó el silencio de la noche. Yasí se asomó con cautela y vio lo que temía: un yaguareté rondaba el campamento, sus ojos brillando en la oscuridad. El miedo se apoderó de todos.
Felipe y algunos hombres, atentos, idearon un plan.
—Vamos a atraparlo —dijo Felipe—. Tú lo distraes, y yo le disparo por detrás.
Uno de los hombres se colocó frente al felino, que rugió y se preparó para atacar. Cuando se lanzó, una mujer abrió la puerta de una habitación intentando salvar al hombre. En ese instante, Felipe disparó y el yaguareté cayó muerto, tendido en el umbral. El hombre, sobresaltado, abrazó a Felipe.
— ¡Gracias, hermano! Nos salvaste la vida.
La mujer salió de la habitación, con el rostro pálido del susto. Era Yasí.
Felipe se acercó de inmediato.
— ¿Estás bien, cariño? —preguntó, tomándole las manos.
—Sí, cariño, estoy bien… —respondió ella, temblorosa.
Felipe la miró con ternura.
—No debería quedarme contigo en la habitación, pero no quiero dejarte sola esta noche. Pediré permiso a la anciana para quedarme y cuidarte.
La anciana era una mujer de avanzada edad, y por tal motivo era una señora respetada, con autoridad y voz de liderazgo.
—No te preocupes, ve a descansar… —intentó calmarlo Yasí.
—No, insisto —respondió Felipe con firmeza.
Felipe se acercó a la anciana.
—Señora, sé que no está bien que un hombre duerma en la misma habitación con una mujer sin estar casados, pero esta noche quisiera cuidarla. Prometo respetarla.
La anciana lo miró con comprensión.
—Muchacho, veo en tus ojos que la amas. Puedes quedarte, pero sé prudente.
—Gracias, señora —respondió Felipe, agradecido.
Felipe colocó una manta en el suelo junto a la cama de Yasí, y así pasaron la noche, escuchando el canto de los grillos y el susurro de la brisa entre los árboles.
—Fue una noche aterradora… que Dios no permita que vuelva a pasar —dijo Yasí al amanecer.
—Dios mediante, así será —respondió Felipe.
—Amén —añadió la anciana.
—Abuelita, necesito hablar contigo a solas —pidió Yasí.
—Sí, hija.
—Felipe, ¿nos dejas un momento? —dijo Yasí.
—Claro —respondió Felipe, retirándose.
—Abuela, tú sabes que Felipe y yo estamos juntos… quiero pasar un tiempo con él antes de que regrese al ejército.
La anciana la miró con dulzura y seriedad.
—Lo comprendo, pero recuerda, hija, que quizás ese hombre no regrese. Cuida tu corazón, y no hagas nada de lo que luego puedas arrepentirte.
—Lo prometo, abuela. No se preocupe.
Yasí se acercó a Felipe.
—Hablé con la abuela para pedirle permiso.
— ¿Permiso para qué? —preguntó Felipe, sonriendo.
—Quiero invitarte a pasar el día al río, ¿te gustaría?
— ¡Sería maravilloso pasar el día junto a mi amada! —respondió Felipe con felicidad.
—Voy a preparar todo, espérame —dijo Yasí, ilusionada.
Caminaron hasta el río, extendieron una manta y compartieron frutas y bocadillos con miel que Yasí había preparado. Pasaron el día riendo, charlando y contemplando el cielo, que se tiñó de naranja, rosado y violeta al atardecer.
Felipe miró a Yasí con amor.
—Mi Yasí, mi luna… te amo tanto que quiero estar siempre a tu lado. ¿Te gustaría casarte conmigo?
Yasí sintió su corazón latir con fuerza.
—Cariño, yo también te amo… claro que sí —respondió, sonriendo radiante.
— ¿Me esperarás hasta que termine la guerra? Luego vendré por ti.
—Por supuesto, cariño, te esperaré —dijo Yasí, antes de besarlo profundamente.
— ¿Me esperas un momento aquí? No tardo —pidió Yasí.
Felipe se recostó, mirando cómo la luna salía majestuosa en el cielo. De pronto, Yasí regresó, vestida con una pequeña falda de flecos de plumas de colores y piedras, su larga cabellera negra cayendo sobre sus pechos adornados con un collar grande y colorido. En su cabeza llevaba una corona de plumas.
Felipe la miró, fascinado.
—Eres hermosa… —susurró.
Yasí se acercó, se sentó sobre su regazo y comenzó a besarlo mientras lo acariciaba, y él la sostuvo por la cintura, separando con suavidad su cabello para admirarla. El deseo los envolvió bajo la luna, acompañados por el murmullo del río.