Finalmente, se escuchó el llanto del bebé.
—Es un niño, Yasí, y se parece a su padre. Eres muy fuerte, has hecho un gran trabajo —dijo Luz, sonriendo mientras le acercaba al pequeño.
Yasí, adolorida y exhausta, sonrió con lágrimas en los ojos. Tomó a su hijo en brazos, lo recostó sobre su pecho y, abrazándolo, quedó dormida de inmediato.
Afuera, Felipe y la anciana escucharon el llanto del niño.
—Anda, muchacho, ve a cuidar de tu mujer y de tu hijo —le dijo la anciana, con una sonrisa cálida.
—Gracias —respondió Felipe, con una alegría que le iluminaba el rostro.
La anciana se retiró, dejándolos a solas.
Felipe llamó a un soldado:
—Por favor, busca al comandante Peña.
—Como usted ordene, general.
Poco después, Peña llegó con paso rápido.
— ¿Ocurrió algo malo? —preguntó, preocupado.
Felipe sonrió con emoción contenida.
—No, al contrario. Quería compartir contigo una gran noticia: soy padre. La mujer embarazada que rescatamos es Yasí.
Peña abrió los ojos, sorprendido.
—Entonces, el grupo que rescatamos era el de aquellos paisanos que te habían cuidado cuando estabas herido…
—Así es, comandante.
Peña soltó una risa pícara.
—Ya veo que estuvo bien cuidado… Lo felicito, general. Quédese tranquilo, vaya a ver a su mujer y a su hijo, que yo me encargo de todo aquí afuera.
—Gracias, Peña. Encárgate también de compartir la noticia con los demás.
En ese momento, Luz se acercó:
—General, Yasí ha dado a luz. Si desea, puede pasar a verla. No quiero entrometerme, pero cuando ella despierte, deberían hablar. Felicidades.
—Gracias, Luz.
—No tiene por qué agradecer, ella hizo todo el trabajo.
Felipe sonrió.
—Sí… Es una gran mujer, fuerte y valiente.
—De eso no hay dudas —respondió Luz, y se retiró con Victoria, llevándose las sábanas a lavar.
Felipe entró con cuidado en la habitación y se detuvo, emocionado, al ver a Yasí dormida con su bebé en el pecho. Se acercó, tomó al niño en brazos y se sentó en un sillón junto a la cama, meciéndolo con ternura. El bebé abrió sus ojitos, azules como los de él. Felipe quedó maravillado, sonriendo con los ojos llenos de lágrimas contenidas.
Yasí despertó y los miró, encantada. Sintió que Dios había escuchado sus ruegos y les había regalado ese momento, aun en medio de la guerra.
"Jamás pensé que Dios nos volvería a reunir tan pronto… Qué felicidad es despertar y ver pintado como un cuadro a mi amado con nuestro hijo en brazos. Aunque la situación fue difícil, agradezco que haya terminado de la mejor manera. En la vida hay muchas pruebas, pero con el amparo del Todopoderoso, las vamos superando. Gracias, mi Dios." —pensó Yasí, con gratitud.
Felipe levantó la vista y la miró con dulzura.
—Perdóname… —susurró Yasí, con voz débil.
Felipe se inclinó hacia ella, acariciándole el cabello.
—No te esfuerces, mi amor, hablaremos cuando estés mejor. La anciana me explicó todo… Lo entiendo, eres una mujer valiente y fuerte, y soy muy afortunado de tenerte.
—Gracias, mi amor… Pero tú eres más valiente, has arriesgado tu vida por la libertad. Sin ti, este sueño no hubiera sido posible.
En ese instante, el bebé comenzó a llorar. Felipe ayudó a Yasí a acomodarse, ella se bajó el camisón y amamantó al niño con una sonrisa de amor. Felipe los observó con ternura y besó en la frente a ambos.
—Voy a ver cómo están las cosas afuera —le dijo, con suavidad.
—Está bien —respondió Yasí, sonriendo.
Al salir, todos lo felicitaron con alegría.
—Este nacimiento es señal de un nuevo comienzo, de una nueva vida en libertad. Esto merece un gran festejo, ¿no cree, general? —dijo Peña con entusiasmo.
Felipe rio, contagiado de la alegría.
— ¡Claro que sí! Preparen las estacas, haremos un gran asado.
Mientras Yasí y el bebé descansaban, afuera se preparaba una fiesta criolla, la fiesta de los paisanos. Los soldados —gauchos, paisanos indígenas y afrodescendientes— se organizaron para celebrar con una jineteada improvisada, guitarras, canto y baile al ritmo de chacarera y chamamé, y zapateos de malambo. Las paisanas cebaban mate con acompañado de pastelitos dulces, mientras se asaba la carne en las estacas y el aroma se mezclaba con la brisa agreste del litoral.
Las risas, el "sapucai" y los acordes de guitarra llenaron el aire, mientras los niños corrían descalzos por la tierra. Bajo un cielo despejado, la libertad comenzaba a saborearse, no solo como un ideal, sino como una realidad compartida en comunidad.
La fiesta criolla nacía alegre, y el recuerdo de los finos bailes de salón de la nobleza quedaba atrás, esfumándose en el tiempo, dando paso al latir de la tierra, la música, la danza, y el canto de un pueblo que, aun en medio de la lucha, sabía celebrar la vida.
La polvareda se levantaba bajo los pies de los soldados que zapateaban con brío. De pronto, un acorde más fuerte de la guitarra dio paso a una chacarera que todos conocían. La voz de un paisano se elevó por sobre el chisporroteo del asado y el grito de un "¡Adentro!" retumbó en el patio y las parejas se armaron en un remolino de ponchos y polleras, celebrando que, en medio de la guerra, la vida se había abierto paso.
Un gaucho con las manos curtidas por el sable y la azada, se acercó a Felipe con respeto:
—General, dicen que niño que nace en tiempos de guerra, viene con el temple del acero. Ese gurí va a ser grande como el Paraná. Y prosiguió con el canto de la chacarera:
Fue mucho mi penar
andando lejos del pago
tanto correr
pa llegar a ningún lado
y estaba donde nací
lo que buscaba por ahí.
Es oro la amistad
que no se compra ni vende
sólo se da
cuando en el pecho se siente
no es algo que se ha de usar
cuando te sirva y nada más.
Así es como se dan
en la amistad mis paisanos
sus manos son
pa Cacho y mate cebado
y la flor de la humildad
suele su rancho perfumar.
La vida me han prestado
y tengo que devolverla
cuando el creador
me llame para la entrega
que mis huesos, piel y sal
abonen mi suelo natal.
La luna es un terrón
que alumbra con luz prestada
solo al cantor
que canta coplas del alma
le estalla en el corazón
el sol que trepa por su voz.
Cantor para cantar
si nada dicen tus versos
ay! para qué
vas a callar al silencio
si es el silencio un cantor
lleno de duendes en la voz.
Mi pueblo es un cantor
que canta la chacarera
no ha de cantar
lo que muy dentro no sienta
cuando lo quiera escuchar
entre a mi pago sin golpear.
La vida me han prestado
y tengo que devolverla
cuando el creador
me llame para la entrega
que mis huesos, piel y sal
abonen mi suelo natal.