La fiesta terminó y todos se fueron a dormir. Debían descansar y recuperar fuerzas, pues la lucha aún no había terminado. Esa noche, Felipe, Yasí y su bebé durmieron felices en su habitación, como pajaritos acurrucados en su nido.
A la mañana siguiente:
—Mi amor, debo partir a la batalla. Quiero que te vayas a la hacienda y te quedes allí hasta mi regreso, así estarán más seguros —dijo Felipe con ternura.
—Sé que quieres lo mejor para nosotros, pero no lo haré. No puedo. Nos quedaremos aquí, en el campamento, y te seguiremos. Ya no nos separaremos más. Si tú mueres, nosotros moriremos contigo. Además, aquí puedo ser útil curando a los heridos —respondió Yasí, firme.
Felipe suspiró con resignación, pero con amor.
—Lo sé… Cuando tomas una decisión, nadie puede hacerte cambiar de parecer. Solo deseo que estén a salvo.
—Gracias, amor, por entenderme. Me quedaré aquí con las demás mujeres, cuidando de los heridos y de nuestro pequeño Felipe —dijo, sonriendo.
Felipe arqueó una ceja con picardía.
—Veo que ya decidiste el nombre del niño. A este paso, en vez de ganar la libertad, temo perderla y convertirme en tu esclavo. ¿No me habrás embrujado con alguna de tus hierbas, mujer? Debe ser ese mate que me cebas cada mañana.
Yasí soltó una risa cristalina.
— ¡Ja, ja, ja! No te he embrujado, y no serás mi esclavo.
Felipe la besó con un tierno y profundo beso antes de partir con los hombres a continuar la lucha por la libertad.
Mientras tanto, Yasí se quedó en el campamento, curando a los heridos y cuidando de su bebé.
—Soldado, iré al bosque a buscar hierbas medicinales. No es necesario que me acompañe, no tardaré —le informó a un joven soldado.
—Como usted diga, señora —respondió él, con respeto.
Con su bebé amarrado a su cuerpo con una manta, Yasí se adentró en el bosque a recolectar hierbas. Mientras las guardaba en su cesta, un grupo de soldados realistas la vio y se acercó.
—Miren qué tenemos aquí, muchachos… ¡Una belleza sola en el bosque! Blanca, con un bebé blanco, vestida como paisana… Es evidente que es una bastarda, y su crío también, ja, ja, ja —se burló con malicia el sargento Soto, mientras la observaba con ojos sucios—. Vamos a llevarla, nos servirá para divertirnos.
El sargento apuntó su arma a Yasí. Ella, sin escapatoria, soltó la cesta y levantó las manos en señal de rendición.
La llevaron a un lugar donde varios soldados bebían alcohol, muchos de ellos ebrios, rodeados de mujeres en corsés y bragas que les servían vino. Yasí comprendió, con un escalofrío, que todas eran esclavas sexuales.
— ¡Miren lo que encontré! Esta belleza será mía, y cuando me aburra de ella, se la daré al que me traiga la cabeza de Felipe Borbón —gritó Soto, riendo como un demonio—. Alarcón, llévala con las demás mujeres, que le enseñen cómo servir aquí.
— ¿Y el niño? —preguntó el soldado Alarcón.
—Mientras la madre haga lo que le pidamos, el bastardo vivirá, siempre y cuando no llore demasiado. Si no, se me puede escapar un tiro… —dijo con crueldad, apuntando al bebé.
— ¡Por favor, no le haga daño! —suplicó Yasí, abrazando a su hijo.
—Ahora sí nos entendemos —sonrió el sargento.
La llevaron a una habitación donde otras mujeres estaban encerradas. Una de ellas, Renata, se le acercó y le susurró:
—Es mejor hacer lo que ellos piden, hasta que podamos salir de aquí.
Otra mujer, Amelia, se rio con amargura:
—Ja, ja, ja… ¿Salir de aquí? Desde que los realistas enviaron refuerzos para “recuperar el Imperio”, estamos aquí, y ya han pasado dos años. Nadie sabe que este infierno existe. El ejército patrio ni imagina que estos cerdos mantienen este lugar lleno de esclavas sexuales.
Yasí sintió una mezcla de repulsión y dolor. Sin embargo, algo se encendió en su interior.
—Debemos idear un plan para escapar y destruirlos —dijo con determinación.
Amelia la miró con desdén.
— ¿Crees que no lo hemos intentado? Nada funciona aquí. No me hagas reír, muchacha…
—Sí, lo he pensado, y sé que funcionará, pero necesito tiempo para que crean que estoy rendida ante ellos —insistió Yasí, con firmeza.
Renata la miró con esperanza.
—Ellos no confían en nadie, pero si creen que te has rendido, se sentirán confiados. Y cuando bajes la guardia, podrás actuar.
—Eso haré —afirmó Yasí—. Les avisaré cuando sea el momento.
Apretó a su hijo contra su pecho, respiró hondo y se preparó para el infierno que sabía que estaba por venir. Pero en su corazón, una sola idea se mantenía firme:
Escaparían de allí. Ella, su hijo y todas aquellas mujeres serían libres nuevamente.