— ¿Están listas las mujeres para divertirnos esta noche, soldado Alarcón? —preguntó el sargento Soto con su sonrisa maliciosa.
—Sí, casi todas, menos la nueva —respondió Alarcón.
— ¡Quiero a la nueva lista en una hora! ¡He dicho! —exclamó el sargento.
—A su orden, sargento.
El soldado fue a buscar a Yasí.
—El sargento dice que te quiere lista en una hora —ordenó.
— ¡No iré! ¡No soy una ramera, ni soy su esclava! —gritó Yasí, con el corazón latiendo de furia.
El sargento Soto llegó al lugar, rodeándola como a una presa.
— ¿Qué es este escándalo? Ah, así que no eres mi esclava… entonces, dime, ¿de quién eres esclava? —preguntó con sarcasmo.
Yasí guardó silencio, sosteniendo a su bebé con fuerza.
—Ah, ya veo… ese niño blanco que cargas debe ser hijo de tu Señor, ¿verdad? Déjame adivinar: ¿acaso eres esclava de un noble de la realeza? ¿Y si ese noble traicionó al rey? Esto se está poniendo interesante… —se burló Soto, mientras Yasí palidecía y sus piernas temblaban bajo el vestido.
—Te pusiste pálida… ¿por qué? Esto se está poniendo divertido. Me encantan las adivinanzas, ja, ja, ja, sobre todo cuando el perdedor pierde la vida en mis manos y yo entrego su cabeza al rey… Bueno, ya veo que no vas a hablar. —Sargento Soto se acercó con ojos llenos de malicia—. ¡Soldado Alarcón, llévala al calabozo! A las yeguas salvajes hay que domarlas antes de montarlas, ja, ja, ja…
Sujetó a Yasí del cabello con violencia.
— ¡No me hagas sacar el rebenque!
El soldado la arrastró y la encerró en el calabozo, junto a su hijo.
—Déjala allí hasta mañana. Si vuelve a rebelarse, vuelve a encerrarla, y así, hasta que se amanse. Cuando su bastardo se fastidie de llorar en la oscuridad, va a cambiar de parecer… —dijo Soto con crueldad.
Pasaron días, una semana entera. Yasí permanecía encerrada en la celda, meciendo a su bebé, que comenzaba a incomodarse y llorar cada vez más.
—Por favor, mi pequeño Felipe, resiste un poco más… ya mami te sacará de aquí —le susurraba con lágrimas en los ojos, abrazándolo con fuerza.
El sargento, fastidiado por el llanto, se acercó con su arma en mano.
— ¡Haz que se calle o lo callo yo de un tiro! —amenazó con furia.
Yasí logró calmar al niño. Al día siguiente, decidió que había llegado el momento.
Reunió a las mujeres en la habitación, hablando en voz baja para que no las escucharan.
—Chicas, es momento de actuar. Necesito el apoyo de todas. ¿Me ayudarán? —preguntó.
Todas levantaron la mano, mirándola con decisión.
—Cuenta con nosotras, Yasí —le aseguraron.
—Prometo que saldremos de aquí, y si algo falla, yo asumiré la responsabilidad —dijo Yasí con firmeza.
Se acercó a Alarcón y pidió:
—Necesito hablar con el general.
Cuando Soto se enteró, sonrió con soberbia.
— ¿Lo ves, soldado? Así se doma a una yegua salvaje, ja, ja, ja… Hazla pasar.
Yasí entró a la habitación, donde Soto estaba sentado tras un escritorio cubierto de papeles, al costado una cama con sábanas elegantes, pero el ambiente estaba cargado de un hedor a vino y sudor.
—General, vengo a servirle como usted lo desee, mi señor —dijo Yasí, inclinando la cabeza.
— ¡Cómo has cambiado, yegua salvaje! Ahora vienes mansa, junto a tu dueño… ja, ja, ja… Me enorgullece verte domada. Así me gusta, tranquila y obediente —dijo con una sonrisa torcida.
—Sí, mi señor. Esta noche le serviré, pero deseo compensarlo por mi mal comportamiento. Si usted nos permite, esta noche las mujeres queremos ofrecer un espectáculo especial, con danzas de nuestras tribus indígenas y africanas, usando vestimenta sensual —propuso Yasí, con calma.
—Me parece espléndido, esclava —respondió Soto, relamiéndose de satisfacción.
Esa noche, todo quedó listo. Los hombres bebían y gritaban entre risas sucias, mientras las mujeres aparecieron con trajes de plumas y piedras brillantes, coronas de plumas de colores y cuerpos decorados con collares, pulseras y pinturas tribales. Sus pies descalzos adornados con anillos y sus cuerpos iluminados por las llamas crearon una escena imponente.
Ellas danzaban al ritmo de los tambores que ellas mismas tocaban, moviéndose con sensualidad, sus rostros firmes, sin mostrar miedo.
— ¿Le gusta el espectáculo, general? —preguntó Yasí, acercándose.
—Extraordinario… son muy sensuales… —dijo Soto, fascinado.
—Me alegra… ¿Desea que sirvamos el vino ahora? —ofreció Yasí, con una sonrisa.
— ¡Sí! Que no falte una gota —ordenó Soto, ansioso.
Yasí y las mujeres fueron por el vino. Lo habían preparado con un veneno de hierbas letales que Yasí había recolectado en el bosque, para usarlo en el momento indicado.
—Chicas, ya saben lo que deben hacer. Complazcan a los hombres y asegúrense de que beban todo el vino —ordenó Yasí.
Los soldados rieron, bebieron sin medida mientras las mujeres servían y danzaban entre ellos. Los cántaros se vaciaban, los gritos se mezclaban con risas ebrias.
Y de pronto, uno a uno cayeron, retorciéndose en el suelo, sus rostros desfigurados por la sorpresa y el miedo. Luego, todo quedó en silencio.
Yasí se mantuvo firme, con el bebé en brazos, mientras observaba a sus verdugos muertos a sus pies.
Las demás mujeres, exhaustas y temblorosas, la rodearon.
—Lo logramos… —susurró Renata, con lágrimas en los ojos.
Yasí alzó la vista al cielo oscuro, respirando con fuerza.
—Ahora somos libres… —dijo, mientras su pequeño Felipe dormía plácidamente contra su pecho.