Hijos de la libertad

CAPÍTULO 18: BÚSQUEDA INCESANTE

Felipe regresó con el ejército, exhausto pero feliz, al campamento después de una batalla sangrienta, aunque victoriosa. Las bajas no fueron muchas para el ejército libertario, mientras que el ejército imperial se retiró derrotado, con la moral por el suelo. Aquella frustración los debilitaba cada vez más, traduciéndose en mayores pérdidas.

En el campamento:

— ¡Bienvenidos! —los saludaron los soldados, rindiéndoles honores.

Felipe se dirigió a todos:

— ¡Ha sido una batalla difícil, pero nuestro esfuerzo, valentía e inteligencia no han sido en vano! ¡Dios está de nuestro lado y nos da la victoria! Sigamos con fe y más fuerza. ¡Estoy seguro de que alcanzaremos la libertad!

Comandante Peña se acercó:

—General, traigo también buenas noticias de la capital, del sur y de la cordillera. Aún faltan caminos y batallas por recorrer, pero estas victorias nos animan a confiar en que venceremos al ejército realista y derrumbaremos al Gran Imperio.

Soldado Fernández, con gesto serio, habló:

—Mi general, nos alegra enormemente su regreso victorioso, pero traigo una mala noticia para usted.

Felipe lo miró de inmediato, con el corazón en un puño:

— ¿Le ocurrió algo a mi mujer y a mi hijo?

—La señora Yasí fue al bosque con el niño a buscar hierbas para los heridos, pero no regresó. Fuimos a buscarla y hallamos su cesta tirada entre las hierbas. Tememos que haya sido capturada por los realistas. Hemos buscado con hombres y mujeres en los alrededores, preguntamos en pueblos cercanos, pero nadie ha visto nada. Todos los días salimos en su búsqueda, pero aún no damos con su paradero. No sabemos qué más hacer, general, discúlpenos…

Felipe respiró hondo y respondió con firmeza:

—Hay que seguir buscándolos. Si no están cerca, significa que los llevaron a otro lugar. Quiero informes de todos los posibles paraderos del ejército enemigo.

—Sí, mi general —respondió Fernández, con respeto.

Felipe se volvió hacia todos:

—Los hombres que regresaron de la batalla deben descansar, y luego continuar entrenando. Además, quiero que enseñen a las mujeres del campamento a utilizar armas. Yo iré a buscar a mi esposa y a mi hijo, y necesito que vengas conmigo, Fernández, junto a dos hombres más. Llama a Navarro y a Aguilar.

—Como usted mande, mi general —dijo Fernández, y se retiró para buscar a los soldados.

El comandante Peña se acercó y lo abrazó:

—Tranquilo, hermano, ten fe en que nada les pasará. Dios está con nosotros, tú mismo lo has dicho.

—Sé que estás cansado, pero necesito que te quedes a cargo.

—Cuenta conmigo, hermano —respondió Peña con firmeza—. Te diría que descanses antes de ir, pero sé que es en vano. Ve tranquilo.

Felipe lo abrazó de nuevo:

—Gracias, hermano.

Felipe, Fernández, Navarro y Aguilar partieron de inmediato, interrogando a personas que pudieran haber visto algo en su recorrido.

—Hemos cubierto bastante, solo falta la ciudad cercana al puerto —comentó Felipe, con el ceño fruncido.

Fernández, mirando al cielo ya oscuro, sugirió:

—Señor, ¿por qué no descansamos aquí? Los caballos necesitan alimentarse y tomar agua, y nosotros también. Llevamos muchas horas buscando.

Felipe respiró profundamente:

—Discúlpenme, estoy tan ansioso por encontrarlos que no me di cuenta del tiempo ni de que no hemos comido. Descansemos aquí, y mañana antes del amanecer, partimos. Estoy seguro de que aún están vivos.

Al día siguiente, antes de que saliera el sol, emprendieron camino a la ciudad del puerto. Allí, pescadores y comerciantes iban y venían entre la bruma matinal.

—Parece que hemos llegado —dijo Felipe, mirando a su alrededor—. Entremos a esa cantina, pidamos algo para beber.

Entraron y se acomodaron en una mesa.

—Buenos días, ¿qué les sirvo? —preguntó el cantinero.

—Unos tragos estará bien —respondió Felipe.

—En seguida.

De pronto, irrumpió un hombre, alterado:

— ¡Don Eustaquio! ¡No sabe lo que pasó anoche en la ciudad! ¡Toda la gente está afuera, mirando, sorprendida por el hecho!

Los presentes en la cantina se sobresaltaron, murmurando.

— ¡Alfonso, ya te he dicho que no andes a los gritos con noticias! —Le reprendió el cantinero—. ¡Vete, muchacho, no molestes a los clientes!

— ¡Pero Don Eustaquio, es importante! ¡El juez Álvarez de Toledo ordenó investigar toda la ciudad, y seguramente vendrán aquí!

— ¡Vete, Alfonso!

Felipe y los soldados se miraron de reojo, atentos, mientras bebían.

Un rato después, soldados del Gobierno Patrio entraron en la cantina.

—Buenos días, soy el sargento Gutiérrez, tengo órdenes del juez para investigar un caso —anunció—. Encontramos soldados realistas muertos en una posada de la ciudad, donde funcionaba un burdel con esclavas sexuales. Al parecer, lograron escapar utilizando hierbas venenosas halladas en el lugar.

El cantinero se persignó:

— ¡Dios mío! No sabía nada, sargento, pero si necesitan algo, estoy a disposición.

—Gracias, seguiremos con la investigación —dijo el sargento, retirándose.

Felipe y sus hombres intercambiaron miradas, alertas, y salieron de inmediato.

—Esta noche, cuando la posada esté vacía, entraremos a investigar —ordenó Felipe.

—A sus órdenes, mi general.

Cuando cayó la noche, regresaron sigilosamente a la posada, recorriendo cada habitación con cautela. En una de ellas, Felipe reconoció de inmediato una manta tejida que Yasí había hecho para su hijo.

— ¡Soldados, miren! —Exclamó, con la voz quebrada—. Es la manta de Felipe… Mi mujer y mi hijo estuvieron aquí… y no pude hacer nada…

No pudo contener las lágrimas, abrazando la manta.

Fernández se acercó y le puso una mano en el hombro:

—No se culpe, mi general. Todos sabemos que da todo de sí por nosotros.

Navarro añadió:

—Lo importante es que, por lo visto, la señora Yasí logró escapar. Ella también ha dado todo por esta causa.




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