Hijos de la libertad

CAPÍTULO 19: LA LUCHA CONTINÚA

Felipe: —Si el hecho ocurrió ayer a la noche, no deben estar muy lejos... Vamos.

Felipe y los hombres continuaron con la búsqueda.

Yasí: —Chicas, debemos rescatar a las demás mujeres que están prisioneras. ¿Quién viene conmigo?

Todas respondieron al unísono:

—Cuenta con nosotras.

Así, emprendieron rumbo a las posadas de las ciudades aledañas, siguiendo el mismo plan. Se dividieron en grupos de tres para infiltrarse en cada lugar. Prepararon los venenos y los escondieron entre sus ropas. Cuando, por el camino, vieron a soldados realistas, se cruzaron en su paso.

Sargento Mayor: — ¿Qué hacen por aquí? ¿Acaso su ejército las abandonó? ¡Soldado, lléveselas prisioneras!

Yasí, Amelia y Renata fueron llevadas a otro burdel. Allí encontraron un escenario aún peor: mujeres, niñas y algunos jovencitos eran obligados a la esclavitud sexual. Al ver el panorama, quedaron espantadas.

Sargento Mayor: — ¡Llévenlas a la habitación con los demás! Que se preparen para esta noche.
—Tú, bastarda con un bastardo, más te vale que el niño no moleste, porque no tengo paciencia.

Las llevaron a la habitación, y un joven se les acercó:

Juan: —Hola, chicas. Me llamo Juan. Un día me capturaron y aquí estoy... Las niñas son María, Carla y Manuela —dijo señalándolas, mientras los demás se presentaban con sus nombres.

Yasí: —Hola, soy Yasí, y ellas son Renata y Amelia. Sé que quizás es una pregunta tonta, pero... ¿ustedes creen que es posible escapar de aquí?

Juan suspiró: —Es casi imposible, pero todos queremos huir. Siempre estamos buscando la forma...

Yasí: —No se preocupen, quizás a nosotras se nos ocurra algo.

Juan esbozó una sonrisa: —Sería fantástico...

Yasí, Renata y Amelia pusieron en marcha su plan.

Soldado: — ¿Por qué no están listas?

Yasí: —No vamos a trabajar.

Soldado: — ¿¡Cómo que no!?

Yasí: —Así como lo escuchó. Llame al general, necesitamos hablar con él.

Soldado: —El general aún no llegó, pero esta noche arriba con sus soldados, y ustedes deben estar listas...

Yasí: —Entonces, llame al sargento.

El soldado se retiró para buscarlo.

Sargento: — ¡¿Qué sucede aquí?! —rugió al entrar—. ¿Cómo se atreven a negarse?

Yasí, firme, lo miró a los ojos:

—Si quiere, quítenos la vida ahora, pero sé que no lo harán. Desde que el Gobierno Patrio tomó el poder, ustedes se quedaron sin esclavos y nos necesitan. Si quieren nuestros servicios, traigan el oro aquí. No haremos nada hasta que nos paguen, y a partir de mañana nadie trabajará. Dígale al general que venga con sus soldados y el oro, y nosotras encantadas les serviremos.

El sargento se enfureció:

— ¡Soldado, enciérrenlas en la habitación!

El general llegó con su ejército.

Sargento: —Bienvenido, General Díaz.

General: —Gracias, venimos exhaustos. Diles a las mujeres que sirvan unos tragos.

Sargento: —Disculpe, general, surgió un problema. Las esclavas se prevalecen que no podemos matarlas y exigen oro por el trabajo.

General: —Hablaré con ellas.

El general entró a la habitación:

General: —Me dicen que quieren oro por su trabajo. Bueno, es razonable, después de todo, esto es un burdel... Pero el problema es que no creo que lo valgan.

Yasí respiró hondo y respondió:

—Nos paga con el oro y trabajamos esta misma noche. Entréguenos la mitad ahora, que será repartida entre todas, y mañana por la mañana nos darán el resto. Es lo mínimo que pedimos tras años de haber trabajado como esclavas.

El general arqueó una ceja:

—Ah, ya veo. ¿Quieren cobrarse la esclavitud? Soldado, traiga el cofre.

El soldado les repartió el oro. Yasí explicó rápidamente el plan a las demás. No tuvieron tiempo de preparar trajes, así que decidieron vestirse con ropa interior.

Esa noche, entraron al salón sorprendiendo con su belleza y sensualidad. Los soldados cayeron en las redes de seducción. Luego sirvieron el vino envenenado, y el plan fue un éxito.

Las mujeres salieron de aquel infierno, felices y libres, agradeciendo a Yasí, Amelia y Renata. Se reunieron con las demás, tal como habían planeado, y fueron junto a las autoridades a denunciar los crímenes cometidos por los realistas.

— ¡Extra, extra! —Gritaban los voceadores del periódico—. ¡Liberadas mujeres que eran esclavas sexuales de los realistas!

Felipe, caminando por la calle de la ciudad, escuchó a un niño voceando. Compró un ejemplar. Al leer la noticia, se detuvo, con el corazón desbocado, y se dirigió de inmediato al lugar donde se encontraban las mujeres.




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