Hijos de la libertad

CAPÍTULO 21: UNA MUJER CONTROVERSIAL

Yasí: —Felipe, tu madre no me quiere y, por lo visto, está decidida a separarnos para que te cases con la mujer que trajo con ella.

Felipe: —Amor, no te preocupes, eso no sucederá.

Yasí: —Lo sé, confío en ti, cariño. Pero es mejor que vayamos a la mansión de mi padre, para evitar malos ratos...

Felipe: —Tienes razón... Le pediré a Ema que prepare la cuna y a Pedro que la lleve a la casa de tu padre. Así estaremos más cómodos.

Cuando salían de la mansión, la madre de Felipe se acercó:

Madre: —Felipe, ¿a dónde vas?

Felipe: —Nos vamos. No queremos molestar. Pueden quedarse aquí el tiempo que deseen.

Madre: —Pero, Felipe, esta es tu casa y somos tu familia. No puedes irte...

Felipe: —Sí que puedo, madre. Ellos también son mi familia, y si tú no lo quieres aceptar, lo lamento mucho. Agradezco tus buenas intenciones, pero elijo pasar mi vida junto a mi mujer y mi hijo.

Madre: —¡Felipe, no te vayas!

La madre salió gritando y llorando tras el carruaje mientras se alejaba.

Esa noche, Yasí, Felipe y don Álvarez de Toledo terminaron de cenar.

Álvarez de Toledo: —Bueno, me voy a descansar. Hoy tuve un día bastante agitado... Vi que trajeron la cuna de mi nieto, me alegra mucho, eso significa que se quedarán aquí más tiempo —dijo con una sonrisa.

Yasí: —Así es, padre —respondió con felicidad al ver que su padre aprobaba su relación con Felipe—. Que descanses, padre.

Felipe: —Buenas noches, don Álvarez.

Álvarez de Toledo: —Buenas noches. Permiso.

Yasí y Felipe: —Propio.

Luego, Yasí y Felipe fueron a la habitación. Felipe entró detrás de ella y cerró la puerta con llave. La abrazó por la cintura y le susurró:

Felipe: —Sería bueno que Felipe duerma en su cuna esta noche, ¿no te parece? —dijo con suavidad y deseo.

Yasí sonrió:

Yasí: —Ahora acuesto al niño.

Después de un rato, Yasí logró que el pequeño se durmiera, pero al volverse, vio que Felipe también se había quedado dormido. Se acercó a la cama, lo observó con ternura y pensó:

Yasí: —Se ve tan tierno durmiendo... ¿Quién imaginaría que es una fiera en el campo de batalla? Valiente, fuerte, de carácter firme y decidido, parece frío, pero es compasivo con los que sufren injusticias. Es tan dulce y comprensivo conmigo... Todo de él me enamora.

Se sentó en el borde de la cama, acarició sus brazos, su pecho, su barba y sus labios, y sintió un deseo profundo de besarlo; entonces lo besó suavemente. Felipe, sintiendo sus besos, despertó y correspondió, acariciándola y besándola hasta que se entregaron a la intimidad.

A la mañana siguiente:

Felipe: —Buenos días, mi hermosa dama —dijo dándole un beso en la frente.

Yasí: —Buenos días, mi guapo caballero —respondió alegre.

Felipe: —Iré a hablar con mis padres. Debo intentar que regresen a España y arreglar la relación con ellos. Deben entender que tú eres mi mujer y Felipe, nuestro hijo.

Yasí: —Está bien. Yo hablaré con mi padre, tal vez podamos pasar el día juntos... Nunca hemos tenido esa oportunidad.

Felipe: —Está bien. Nos veremos en la noche.

Felipe regresó a la mansión:

Felipe: —Hola, Ema, ¿dónde está mi madre?

Ema: —Aún está en su habitación.

Felipe: —Dile que la espero en el jardín. Sírveme un café, por favor.

Luego de un rato:

Madre: —¡Hijo! Sabía que recapacitarías y volverías —dijo con agrado.

Felipe: —Madre, veo que quien no ha recapacitado eres tú. Vine a hablar contigo para que entiendas que amo a Yasí y no me voy a separar de ella. Pero veo que es en vano... Mejor me iré.

Madre: —Espera, hijo, no te vayas... Siéntate, vamos a tomar un café. No te molestes, charlemos... Te escucharé con atención.

Felipe se quedó un buen rato explicándole a su madre lo importante que era para él su nueva familia: Yasí y su hijo.

Madre: —Comprendo, hijo, todo lo que me has dicho... Para que veas que he entendido, ¿por qué no traes a tu mujer y a tu hijo de vuelta a la mansión? Así tratamos de llevarnos bien. Después de todo, es tu familia...

Felipe: —Está bien, madre, lo pensaré.

Madre: —Quédate a almorzar con nosotros, por favor.

Felipe: —Bueno, madre.

Madre: — ¡Ema!

Ema: —Sí, señora, ¿qué necesita?

Madre: —Prepara la habitación de Felipe y manda a buscar otra cuna. Y prepara el almuerzo.

Ema: —Sí, señora.

Felipe: —Iré a mi despacho.

Madre: —Claro, hijo, ve.

En cuanto Felipe se alejó, la madre se apresuró a la habitación de Cecilia.

Madre: —Cecilia, querida, hoy es nuestra oportunidad y no podemos desaprovecharla. En la tarde, convenceré a mi esposo de que vaya a dar un paseo con Felipe. Tú te prepararás; ponte un vestido sensual que destaque tu figura. Después de la cena, serviremos jugo, y yo pondré un somnífero en el jugo de Felipe. Sé que es arriesgado, pero confía en mí, todo saldrá bien. Una vez que esté dormido, irás a su habitación, te desvestirás y te acostarás a su lado. Esa mujercita de cuarta vendrá a buscarlo cuando vea que no regresa, y los encontrará en la cama juntos.

Cecilia: —Me parece un plan maravilloso. Me prepararé de inmediato...




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