Hijos del Zodiaco

Capítulo VIII

Adam Strongwood ♑︎

El atardecer no tardó mucho en desaparecer y quedamos atrapados en medio de la oscuridad. Con cada paso que dábamos el bosque parecía crecer más y más. Apuré el paso porque no faltaba mucho para llegar.

La antorcha improvisada del ariano logró iluminar el camino, pero por momentos el fuego se disolvía con la más mínima brisa y volvía a encenderse como si nada, una y otra vez.

Ya harto, me volteé hacia el ariano.

—Yo no estoy haciendo nada—respondió, antes de que pudiera decirle algo—. Necesito las manos libres para eso—mostró todos los frutos que cargaba en sus brazos y manos para justificarse.

Me quería tomar el pelo. Justamente a mí.

—Podría ser manipulación mental.

—Quiero volver con el resto lo antes posible, ¿por qué querría perder más tiempo?

—¿Qué fue eso? —preguntó Naya, exaltada. Se pegó más a nosotros y nos pusimos alertas.

—¿Qué cosa? —moví la antorcha hacia los lados para ver mejor. Pero no había nada más que bosque.

—Sentí que algo me tocó.

—Quizá solo te rozó una planta—explicó el ariano siendo el menos preocupado de los tres.

—Sabría si fueran plantas, tarado—exclamó—. Esto fue diferente... Sentí una presencia junto a mí.

—¿Lo sigues sintiendo ahora?

—Eso no importa—corté mirando cómo el fuego comenzaba a parpadear otra vez—. Tenemos que llegar antes de que los demás salgan a buscarnos. Vamos.

Caminamos a un ritmo más rápido para llegar lo antes posible mientras el fuego de la antorcha se arremolinaba y se deshacía. Cuando permaneció apagada más tiempo de lo usual, la negrura del bosque comenzó a alimentar mi paranoia.

Esto no me gustaba para nada. A esta altura ya tendríamos que haber escuchado al resto o visto la luz de alguna fogata cercana. Sin embargo, la noche y el silencio eran lo únicos que invadían nuestros sentidos. Traté de ignorarlo mientras me enfocaba únicamente en el camino frente a nosotros, el mismo que tomamos cuando nos fuimos, pero se me hacía muy difícil avanzar cuando no podía ver lo que tenía frente a mí.

Frené en seco esperando que la casi inexistente llama volviera a crecer para evitar avanzar demasiado a oscuras. Cuando fijé la mirada en ella, se encendió de golpe mostrándome un bosque consumido en las llamas. La oleada de calor me quemó la cara, echándome hacia atrás. Perdí la estabilidad y me derrumbé sobre mi espalda tan rápido que a penas sentí el golpe.

Las llamas parecían haber alcanzado el cielo para teñirlo de un intenso color naranja rojizo que amenazaba con devorarlo todo. No tenía fuerzas en ninguno de mis músculos para levantarme y correr, todo lo que podía hacer era contemplar la fatalidad.

Los murmullos que, al principio, se escuchaban lejanos y había sido capaz de ignorar, comenzaron a ser más altos e invadieron mi mente por completo. Estaban en todas partes. Cada murmullo dolía como espinas clavándose en mi cabeza y oídos, pero nada de lo que decían era claro para mí. Solo estaba seguro de una cosa:

Era el bosque. El bosque murmuraba sobre nosotros.

Me quedé inmóvil, con la mirada fija en las llamas que danzaban a escasos centímetros. Mi corazón latía con fuerza, cada palpitar resonando en mis oídos como un tambor inquieto. Las imágenes que habían irrumpido en mi mente eran tan vívidas que parecía haber estado allí, en ese lugar desconocido y perturbador.

No sé cuánto tiempo me habré quedado tirado en el piso antes de que Naya y el ariano me ayudaran a levantarme. Tal vez fueron minutos, o tan solo un instante, pero había sido suficiente para arrebatarme la poca esperanza que tanto me costó reunir.

Éramos tan pequeños ante la perdición.

—¡Adam! ¿Me escuchas? —Naya me sacudió hasta que sus voces comenzaron a ser claras nuevamente.

¿Era el único que había visto esas escenas tan claramente?

—S-sí —respondí como pude—¿Qué acaba de pasar?

Me giré, buscando algún indicio de que ellos también hubieran experimentado lo mismo, pero sus expresiones no mostraban ninguna señal de inquietud.

Me pesaba demasiado la cabeza y el rostro me seguía ardiendo. Cuando me senté, volví a mirar a mi alrededor, buscando aquella imagen, pero se había desvanecido con los murmullos. Pudo haber sido todo parte de mi imaginación. Quizás era mi desconfianza hacia este lugar lo que me hacía ver amenazas donde no las había.

—Te caíste y te diste duro en la cabeza—respondió el ariano mientras me revisaba la parte de atrás de la cabeza para asegurarse de que no estuviera sangrando—. Unos centímetros más y te la partes contra las rocas.

—¿No vieron el fuego? —necesitaba saber que no había sido el único. Tampoco iba a entrar en detalles para no sonar como un demente.

—Sí, parece que lograron prender una fogata—respondió el ariano levantándome de un tirón para rodear mi brazo sobre sus hombros. Mis piernas estaban algo adormecidas, pero podía sostenerme sobre ellas con ayuda—. Estábamos más cerca de lo que pensamos.

Las visiones seguían flotando en mi mente: sombras inquietantes, destellos de luz y rostros distorsionados. Fuego por todas partes. Se me hizo un nudo en el estómago, una mezcla de miedo y curiosidad que no podía ignorar.

No puede ser solo una alucinación, tenía que significar algo.

Mientras el ariano me cargaba e iluminaba el camino, Naya nos seguía de cerca con las bolsas. La confusión dominaba el silencio hasta que ella se animó a hacer la primera pregunta.

—¿Qué te pasó exactamente?

—No estoy seguro—admití. ¿Qué más se supone que iba a responder? —. Pero creo que este lugar nos está afectando de alguna manera. Primero a los signos de aire y ahora a nosotros.

—Yo sigo sintiendo esa presencia entre nosotros—confesó insegura, tal vez con miedo a que no le creyéramos—, como si nos estuviera observando desde que llegamos. Es una sensación horrible.

—Es mejor que no se lo mencionen a los demás—dijo el ariano con más seriedad de la que lo creía capaz—. La paranoia puede llegar a ser contagiosa.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.