Hijos del Zodiaco

Capítulo IX

Wayra Zephyris ♒︎

Despierto antes que los demás.

Ya no me quedaba rastro de sueño. Me incorporo con cuidado, tratando de no hacer ruido, y doy un par de pasos fuera del improvisado campamento para estirarme.

El suelo está húmedo. Se nota que ha llovido durante la noche. Pequeñas gotas resbalan de las hojas más altas y caen sin sonido sobre el musgo. Pero no hay rastro de la llovizna en el aire, como si se hubiera detenido horas atrás y el bosque aún no hubiera decidido volver a la vida.

Espero sentir el viento. Que al menos una brisa mueva las copas de los árboles. Pero nada.

El bosque sigue ahí, inmóvil.

Me quedo quieto, escuchando. No es que haya silencio absoluto—los insectos cantan, los árboles crujen, algún pájaro lejano emite un sonido apagado—pero todo parece... encapsulado. Como si estuviera dentro de una botella, con el sonido llegando amortiguado a mis oídos.

Frunzo el ceño y paso una mano por mi nuca. No debería sentirse así de extraño. ¿O sí?

Doy otro vistazo al grupo, todavía dormido. Tal vez sea solo mi imaginación.

Sacudo la cabeza y vuelvo sobre mis pasos.

—¿Qué ocurre?

La voz de Adam me toma por sorpresa. Se ha despertado sin que me diera cuenta y me observa con el ceño levemente fruncido.

—Nada, solo miro.

No parece del todo convencido, pero deja el tema.

—Deberíamos movernos, no sabemos qué tan lejos estamos del Sector 13

Asiento.

—Voy a despertar al resto.

Retomamos la marcha antes del amanecer.

El bosque comienza a aclararse conforme avanzamos. A pesar de haber dejado atrás la espesura, la sensación de encierro se aferra a nosotros, como una segunda piel. Nadie habla demasiado. Solo se escuchan las pisadas sobre las hojas y nuestras respiraciones agitadas.

Voy al frente, concentrado en el camino, cuando lo veo: entre las copas dispersas de los árboles, luces que titilan en la distancia.

Un pueblo.

Nos detenemos un instante. Miro a los demás y sé que todos pensamos lo mismo.

—¿Eso es...? —Kion se detuvo de golpe, mirando más allá de los árboles.

El ariano se adelantó al resto, apartando con firmeza las ramas que aún nos cerraban el paso. Detrás de él, uno a uno salimos del bosque, cuyos árboles parecían inclinarse en un último intento por retenernos. Tras horas de andar entre raíces traicioneras y susurros que no venían del viento, al fin pudimos salir. El aire allí era distinto, más denso, como si pesara sobre los hombros. Al final del camino de tierra, un cartel de madera envejecida colgaba ligeramente inclinado entre dos postes desgastados:

EXILION

"Donde las sombras susurran la verdad que olvidaste."

—¿Qué se supone que significa eso? —murmuró Iris.

Nadie respondió. Pero la inquietud se instaló en nuestro silencio.

—¿Este es el lugar? —preguntó Lunia en voz baja, sin quitar la vista del cartel.

—Ni idea... —murmuró el ariano, ya echando a andar—. Tendremos que ver.

Exilion se extendía ante nosotros, quieto como una fotografía antigua, envuelto en un velo de normalidad que se sentía...incómodo, nuevo.

Las calles estaban pavimentadas. Farolas altas proyectaban una luz blanca y fría sobre la acera. Los edificios, de concreto y ladrillo, exhiben letreros de neón a medio parpadear: tiendas cerradas, cafeterías con vidrieras polvorientas, un cine viejo con un cartel que parece no haber cambiado en años. Hay autos estacionados en las orillas, con los vidrios empañados.

Todo parecía como cualquier otro pueblo pequeño y olvidado... excepto por la ausencia de sonido. No se escuchaban motores, ni televisores a través de las ventanas, ni siquiera el zumbido de algún poste eléctrico. Solo el eco de nuestros pasos y el viento colándose entre las esquinas.

—No puede ser —murmuró Elio, con el ceño fruncido—. ¿Dónde están los drones? ¿Las señales? Ni siquiera hay una pantalla en los postes.

Habíamos notado lo mismo. Ni un solo panel táctil, ni una torre de transmisión. Nada que se parezca a la tecnología de nuestras Casas.

El aire huele a lluvia reciente y asfalto mojado... pero también a algo más. Algo rancio, una fragancia extrañamente densa, como cuando se deja una habitación cerrada por demasiado tiempo.

Cuando entramos en la primera calle principal, la sensación se intensificó. No había nadie a la vista, pero las luces de las casas estaban encendidas, las puertas no estaban cerradas del todo y algunas cortinas se movían, como si alguien nos estuviera observando desde la penumbra.

El sonido de nuestras pisadas resonaba en el concreto. Miré de reojo a los demás. Ellos también lo sentían. Firella miraba las casas como si temiera que alguien o algo fuera a salir de la nada. Adam mantenía la vista al frente, la mandíbula tensa. Solo Derian parecía ajeno, con las manos en los bolsillos, como si paseara por cualquier suburbio vacío.

Fue entonces cuando lo noté.

No estábamos solos.

Primero fueron sombras, movimientos apenas perceptibles detrás de las ventanas. Luego, figuras en los umbrales de las casas, en las esquinas de las calles. Ojos que nos seguían con una mezcla de curiosidad y desconfianza. No era la calidez de un pueblo recibiendo a viajeros perdidos. No era hostilidad abierta, pero tampoco hospitalidad.

Cuando pasamos frente a un grupo de ancianos sentados en la banca de una plaza, ninguno nos saludó. Uno de ellos, un hombre de cabello blanco y piel surcada de arrugas, alzó la mirada hacia mí. Sus ojos eran de un azul tan pálido que parecían cristalinos, como si hubieran visto demasiado. O como si ya no vieran nada.

—Tarde otra vez —susurró, pero lo escuché como si lo hubiera dicho al oído.

Sentí un escalofrío recorrerme la columna.

A nuestro paso, algunos niños miraban desde las puertas entreabiertas, sus rostros medio ocultos en la penumbra de sus casas. Una mujer, con un delantal manchado y el cabello recogido en un moño apretado, salió de una tienda de abarrotes y nos observó con una mezcla de resignación y hartazgo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.