Hijos del Zodiaco

Capítulo X

Mabyul Guilt ♓︎

Me gustó que a los últimos seis del Zodiaco nos tocara el piso de arriba. Nadie subía si no era necesario. Por un momento temí que esto fuera una especie de internado, con camas juntas y cero privacidad. Hubiera sido una pesadilla.

Cuando entré, el apartamento tenía ese aire espeso que deja el incienso cuando se mezcla con el humo de cigarrillo y la humedad. Nada era fuerte por sí solo, pero la combinación me envolvió apenas crucé la puerta, como si el lugar todavía esperara a sus antiguos dueños, respirando a duras penas.

La luz entraba apenas por los vidrios empañados, que ya comenzaban a transpirar en los bordes. Abrí una de las ventanas para dejar pasar el aire, y una bocanada fría recorrió la habitación. El cielo nublado seguía allí, inmóvil, con un gris espeso que anunciaba que el sol todavía no terminaba de salir.

Me acerqué al balcón. Me gustaban las barandas intrincadas de hierro, algo oxidadas pero firmes, como si llevaran años resistiendo la intemperie. Desde allí, podía ver parte del pueblo: casas bajas, algunas con techos de chapa opaca, otras con tejas cubiertas de musgo. Las veredas estaban húmedas, como si hubiera llovido durante la noche, y en los cordones crecía pasto desparejo.

A esa hora, todo parecía a medio despertar. Una figura cruzaba la calle en bicicleta, lenta, con una bolsa colgando del manubrio. Más allá, dos vecinos conversaban frente a una reja mientras uno barría hojas mojadas. Algunas ventanas se entreabrían, otras no se habían cerrado del todo. En más de una noté cortinas apenas movidas... y ojos detrás de ellas. Observándome.

No me miraban con hostilidad, ni con verdadera curiosidad. Era ese tipo de mirada que quería asegurarse de que yo estuviera, efectivamente, allí.

Volví a entrar y cerré las cortinas detrás de mí.

En la zona del sillón, había papeles escritos a mano, tachoneados y arrugados, algunos con tinta corrida. Estaban desparramados como si alguien hubiera intentado escribir algo que nunca terminó de salir bien. Sobre la mesa, entre los ceniceros llenos, descansaban un par de tazas con manchas de café seco y marcas de labial en los bordes. Todo parecía usado y abandonado al mismo tiempo.

Los dibujos pegados en la pared estaban torcidos, algunos colgando apenas de una cinta vieja. No parecían decorativos, ni pensados para agradar. Más bien daban la sensación de ser fragmentos sueltos de una mente saturada, ideas que necesitaban salir, aunque fuera de forma caótica.

Un pequeño estante en la esquina acumulaba libros desordenados. Algunos estaban en su sitio, otros se amontonaban en ángulos extraños, como si quien los hubiera tocado por última vez lo hubiera hecho sin pensar en el orden. Nada en el lugar seguía una lógica clara, pero todo tenía una intención: decir algo por cualquier medio, existir como fuera.

Era un desorden vivo. Un rastro.

Mientras caminaba por el apartamento, un sonido llegó hasta mí: el agua corriendo en la ducha del apartamento de al lado. El apartamento 11, donde estaba Acuario.

Entonces recordé que todavía llevaba puesta la ropa de gala de la noche pasada. La tela pesada del vestido, arrastrada y desordenada, había barrido el suelo hasta aquí, y ahora tenía un aspecto casi irreconocible.

Cuando entré en una de las habitaciones, la ventana daba a la calle, ya que mi apartamento era el último. Curiosamente, las paredes de esa habitación tenían un color diferente al resto del departamento, un tono más oscuro y menos sobrecargado que la sala.

Me senté en la cama y casi arranqué las hebillas de mis zapatos al quitármelos. Mis pies, cansados e hinchados, estaban marcados por el calzado tras haber pasado la noche en el bosque y la caminata hasta aquí. Tenía tierra bajo las uñas y la piel enrojecida.

Comencé a revisar los cajones, sin esperar demasiado. La mayoría estaban ya entreabiertos, con mangas asomando como si alguien los hubiese dejado a medio cerrar hace siglos. Saqué un par de prendas al azar: una remera desteñida con el cuello medio flojo, unos pantalones que estaban demasiado arrugados y desteñidos.

No buscaba nada elegante. Solo algo que no raspara la piel. Algo que me hiciera olvidar, aunque fuera por un rato, el vestido empapado de humedad y tierra seca.

Me incliné sobre uno de los cajones más bajos y me detuve al tocar una tela suave. Era una falda azul oscuro, de esas que caen con peso hasta los tobillos y se mueven fácil con cada paso. El tono, apagado y casi grisáceo, recordaba al cielo justo antes de la lluvia.

A su lado, un abrigo negro, largo y cerrado, de tela áspera y sin adornos, descansaba doblado con descuido. Era lo suficientemente amplio como para envolverme por completo.

En el suelo, junto a la cama, unas botas negras altas, gastadas en las puntas, descansaban tiradas, como si supieran que pronto las iba a usar. Me las puse, y al instante sentí que encajaban perfectamente, como si siempre hubieran sido mías.

Por ahora, con esto estaba bien.

La ducha tardó en calentarse, pero no me importó. Me despojé del vestido con lentitud, dejando que el frío me pellizcara la piel un segundo más. Cerré los ojos justo cuando el agua caliente comenzó a caer sobre mí, el vapor envolviéndome como una bruma cálida que arrastraba el cansancio de la caminata y el frío del apartamento.

Me aferré a esa quietud, a esa calidez que parecía sacarme un peso de encima. Bajo la lluvia constante, no pensaba en nada concreto, pero las imágenes llegaron igual: la oscuridad que me envolvió en un suspiro, la túnica pegada a mi piel, la energía densa que me mantenía atrapada... y Derian.

No quería pensar en él.

Había planeado ignorarlo. Fingir que no lo conocía. Que nunca lo había visto antes del viaje, ni siquiera de lejos. Pero algo en la humedad que se había formado a mi alrededor disparaba imágenes de ese día sin que pudiera evitarlo.

Su voz estaba grabada en mi memoria como si se hubiera asegurado de que lo recordara.




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