Hijos del Zodiaco

Capítulo XI

Firella Delior ♐︎

El pan saborizado y el café no estaban tan mal.

La taurina y yo comíamos como si fuera nuestro último desayuno, mientras la canceriana nos observaba de reojo, esforzándose por sostener una conversación a la que ninguna de las dos estaba aportando nada.

Necesitaba dejar de pensar, aunque fuera por un momento. Aferrarme a algo simple, casi mecánico, para no sentir nada más. Al menos antes de que todo volviera a ponerse serio.

El lugar estaba lleno de ruido y movimiento. Pasos detrás del mostrador, platos chocando, risas que no conocía. Un murmullo constante que debería haber sido tranquilizador... si no fuera por varios pares de ojos que miraban hacia nuestra mesa con demasiada frecuencia.

No podía asegurar que hablaran de nosotras, aunque no eran las únicas miradas que atraíamos en el local. Había curiosidad en el aire, gente observando de reojo, intercambiando comentarios. Pero algo en la forma en que bajaban la voz, en cómo uno de ellos sonreía antes de volver a mirarnos, me hizo perder el apetito.

Seguí comiendo de todos modos. Fingir normalidad era mi mejor defensa en este momento.

—¿Y ustedes qué van a hacer, aparte de tragar? —dijo la canceriana, clavándonos la mirada a la taurina y a mí.

—¿Por qué? —pregunté, tomando la taza entre mis dedos para darle un sorbo—. ¿Estás apurada por ir a alguna parte?

—Lo más lógico sería tratar de saber más sobre este lugar, ¿no te parece?

—Podrías esperar a que terminemos —dijo la taurina, con molestia en la voz.

—Mientras tanto, podrías empezar preguntándole a ese grupo que nos está mirando desde que llegaron—señalé con la mirada hacia la mesa junto a la ventana que daba a la otra calle.

Las demás giraron la cabeza casi al mismo tiempo. Eran cinco, no más jóvenes que nosotras —dos chicas y tres chicos—, desparramados alrededor de la mesa como si el espacio les perteneciera. No intentaron disimular cuando nuestras miradas se cruzaron.

Fumaban, dejando caer las cenizas directamente sobre el piso y la mesa, a pesar de los carteles pegados en las paredes que lo prohibían.

Uno de ellos, el que nos miraba de frente, se llevó el cigarrillo a la boca. Exhaló el humo y nos guiñó un ojo.

Puaj.

—¿Intentan intimidarnos o coquetearnos? —preguntó Mabyul.

—Saben que somos nuevos en este lugar—dijo Irisa—. Y están viendo cómo reaccionamos.

Uno de ellos se levantó. El que nos había guiñado.

—Ay no... viene para acá —murmuró la pisciana, con un tono que dejaba claro que no esperaba nada bueno de eso.

Apartó la silla con el pie y comenzó a caminar hacia nuestra dirección, como si hubiera estado esperando que notáramos su presencia antes de acercarse. El cigarrillo seguía entre sus dedos, encendido, aunque ya no lo llevaba a la boca.

Caminó despacio entre las mesas, sin apuro, dejando una estela de humo detrás. Cada paso era forzadamente tranquilo.

Era la clase de movimiento que no busca llegar, sino hacerse ver.

Se acercó hasta nuestra mesa y se detuvo a un costado, demasiado cerca como para seguir ignorándolo.

—¿Alguna de ustedes tiene fuego? —preguntó, observándonos a cada una hasta que su mirada recayó especialmente en mí.

Miré el cigarrillo encendido entre sus dedos para luego volver a su rostro.

—No fumo —respondí a secas.

Él sonrió apenas, como si esa respuesta le causara gracia.

—Ya lo sé.

—¿Entonces qué quieres? —preguntó la leonina, sin pelos en la lengua.

En lugar de irse, volvió a llevarse el cigarrillo a la boca. Aspiró despacio, sosteniéndole la mirada, como si la pregunta no mereciera una respuesta inmediata.

—Sería prudente cuidar el tono —dijo al fin, soltando el humo por las narices—. Los privilegios no las acompañan una vez que cruzan esta frontera.

—Y sería prudente para ti recordar por qué existen esos privilegios —replicó Malia, clavándole la mirada. La leonina no iba a dejar que él tuviera la última palabra.

El imbécil dio otra calada y volvió a soltar el humo sobre nosotras antes de mirar por encima del hombro hacia la mesa donde estaba el resto de su grupo. Esta vez la bocanada me dio de lleno en la cara y, cuando cerré los ojos, el ruido del local se desvaneció.

El aire se volvió espeso, ajeno. Abrí los ojos de inmediato, pero el humo me nubló la vista y, con ella, el juicio. Las voces a mi alrededor quedaron amortiguadas, como encerradas en una burbuja; el mundo había retrocedido un paso y yo me había quedado afuera.

Contuve la respiración para intentar detener el tiempo, pero mis costillas apenas lograban contener la fuerza que intentaba abrirse paso desde adentro.

¿Por qué ahora?

Quedé atrapada en el sonido del tabaco consumiéndose: crujía tan cerca que parecía rozarme los oídos, como si el fuego respirara conmigo.

El calor me cosquilleó en las puntas de los dedos y todo se redujo a ese pequeño sol artificial entre sus labios.

Una presión conocida me cerró el pecho, seguida por esa sensación de algo vivo bajo la piel que amenazaba con romperme desde adentro. El fuego siempre hacía eso. Me llamaba, me reclamaba el cuerpo, y yo intentaba contenerlo como quien intenta enfrentarse a un incendio con un vaso de agua.

Entonces ocurrió.

Las chispas saltaron de golpe, violentas, y estallaron contra su rostro, haciéndolo retroceder.

—¡Mierda! —gritó, llevándose la mano a la cara.

El cigarrillo cayó al suelo.

Parpadeé. El aire volvió a entrar en mis pulmones de golpe y exhalé con alivio.

No había sido para tanto.

Pero él ya estaba de pie, al costado de la mesa. Cuando bajó la mano del rostro, su expresión no era de dolor, sino de furia pura.

—¿Qué carajo te pasa? —dijo, inclinándose hacia mí—. ¿Estás loca?

¿Cómo supo que había sido yo?

Antes de que pudiera reaccionar, se lanzó hacia adelante y apoyó ambas manos sobre la mesa, intentando alcanzarme en el extremo donde yo estaba sentada. Los vasos temblaron. La mesa se sacudió bajo el golpe.




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