Firella Delior ♐︎
La mañana había estado gris y húmeda, pero cerca de las cuatro de la tarde las nubes comenzaron a abrirse. Un poco de sol se filtró entre las persianas y se extendió sobre el suelo de madera.
Me quedé observándolo desde el sofá. La luz avanzaba lentamente por el apartamento, iluminando los libros apilados junto a la mesa y el borde de la alfombra, hasta alcanzar mis pies descalzos.
No había notado cuánto tiempo había pasado echada, como si una tempestad me hubiese pasado por encima.
A medida que la luz se extendía por la habitación, las paredes comenzaron a parecerme más pequeñas.
Me levanté del sofá y busqué mis zapatillas. Estaban junto a la cama. Me las puse sin apuro y después tomé una chaqueta del respaldo de la silla.
No tenía sentido quedarnos encerrados creyendo que podríamos descifrar este lugar sin siquiera conocerlo.
Entendía la necesidad de actuar con cautela, pero todo lo que desconocíamos terminaría alcanzándonos tarde o temprano. Dudaba mucho que importara qué tan bien pudiéramos escondernos. La única forma de mantenernos un paso adelante era dar el primero.
Si mal no recuerdo, el alcalde había dicho que aquel lugar y su gente habían sobrevivido a la Primera Caída.
Y desde ese suceso, ningún elegido había sido capaz de volver a casa.
Pensé otra vez en lo que dijo la señora de la tienda cuando llegamos: «Hay heridas que no se cierran, solo eligen nuevos cuerpos para sangrar.»
¿Y si nosotros, como Elegidos, estábamos destinados a fracasar?
¿Y si ese había sido nuestro destino desde el principio?
Luchar por una causa perdida, aferrándonos a la esperanza de que algún día llegarían tiempos mejores.
Miré hacia la ventana. Desde allí apenas podía ver una parte del pueblo, algunos tejados y las copas de los árboles que sobresalían por encima de los muros.
¿Este lugar siempre nos había estado esperando o no era más que una parada en el camino?
¿Acabaríamos encontrando aquí nuestro lecho de muerte?
¿Y sería esta gente la que velaría nuestros cuerpos cuando todo terminara?
Aparté la mirada.
Siempre nos habían enseñado que nuestro nacimiento era posible cuando los Elegidos de las generaciones anteriores habían cumplido con su ciclo. Era la ley que mantenía el equilibrio.
Nosotros éramos la cuarta generación.
¿Estábamos destinados a correr la misma suerte?
¿La historia seguiría repitiéndose hasta que apareciera una generación capaz de erradicar el Tormento para siempre?
Quizá el sacrificio de quienes nos precedieron no había servido para acercarnos a una victoria. Quizá solo había demostrado que todavía éramos demasiado débiles para vencerlo.
Bajé la mirada hacia mi palma vendada.
¿Cuánto tardarían en darse cuenta de que ni siquiera era capaz de contener una simple llama entre mis manos?
Tal como había dicho el escorpiano, éramos bombas de tiempo.
Yo ya había estallado una vez. Y había arrastrado con el fuego a todos aquellos que alguna vez conocí y a tantos otros que nunca llegué a conocer a mi corta edad.
Necesitaba tomar aire.
Abrí la puerta apenas unos centímetros y asomé la cabeza al pasillo.
Silencio.
No sabía qué esperaba encontrar. ¿Guardias? ¿Alguien vigilando que ninguno de nosotros saliera? Después de todo, nadie nos había dicho que estuviéramos encerrados... pero tampoco que fuéramos libres de ir y venir.
Esperé unos segundos más.
Nada.
Perfecto.
Cerré con cuidado detrás de mí y avancé por el corredor procurando que mis pasos hicieran el menor ruido posible.
Llegué a la escalera convencida de que lograría salir sin cruzarme con nadie.
Entonces escuché el clic de otra puerta abriéndose.
Levanté la vista.
Acuario acababa de salir de su apartamento.
De alguna forma, agradecí que no fuera Capricornio.
Él también pareció sorprenderse al encontrarme allí. Durante un instante ambos permanecimos inmóviles, como dos personas que acababan de descubrir que estaban intentando hacer exactamente lo mismo.
Ninguno dijo nada.
Bajamos el primer tramo de escaleras al mismo tiempo.
Después el segundo.
El silencio empezó a resultar incómodo.
Cuando alcanzamos la planta baja y comprobamos que los dos seguíamos caminando hacia la puerta principal, suspiré.
—Si tú no me viste... yo no te vi.
Wayra giró apenas la cabeza.
Su expresión apenas cambió, aunque tuve la impresión de que estaba evaluando si aquello era una broma o un trato.
—Me parece bien.
Eso fue todo.
Él dobló por una calle.
Yo elegí otra.
El pueblo estaba mucho más tranquilo de lo que esperaba.
Los bordes de las calles seguían húmedas por la lluvia de la mañana y, aunque había gente entrando y saliendo de los negocios, nadie parecía tener demasiada prisa.
Caminé sin pensar demasiado hacia dónde iba. Después de tantas horas encerrada, me bastaba con estar afuera.
Algunos niños andaban en bicicleta por las veredas, esquivando macetas y a los vecinos que les gritaban que fueran por la calle. Un hombre barría el frente de su casa mientras silbaba una melodía que nunca había escuchado. Más adelante, una mujer escribía en una pizarra frente a un pequeño local.
Me acerqué al hombre que barría.
—Buenos días.
—Buenos días, señorita.
Le sonreí.
—¿El clima siempre es así de cambiante?
El hombre levantó la vista hacia el cielo.
—Casi siempre. Es bastante común en primavera. Puede amanecer frío, salir el sol al mediodía y llover antes de que termine la tarde.
—Debe ser difícil acostumbrarse.
El hombre se encogió de hombros.
—Uno se acostumbra a casi todo.
—Supongo que sí.
—Que tenga un buen día, señorita.
—Igualmente.
Seguí caminando.
No sabía muy bien qué buscaba. Quizá solo quería conocer un poco el lugar antes de volver al apartamento. O escapar de la avalancha de pensamientos sin sentido.