Episodio 16: El hambre del vacío
El bebé no duerme. Pasa las noches con los ojos abiertos, fijos en el techo, como si estuviera leyendo un guion que nosotros no podemos ver. Sara ha dejado de comer; dice que ver al niño alimentarse de su propia energía es suficiente. La casa ha perdido su color. Todo se ha vuelto una escala de grises, como un dibujo a lápiz mal trazado. Intenté sostener al niño, pero su peso cambiaba constantemente: a veces se sentía como un bloque de cemento y otras como si no tuviera cuerpo, como si estuviera cargando un recuerdo.
Episodio 17: El jardín de papel
Sara empezó a recortar figuras de papel para el niño. Miles de ellas. Cubrió todo el suelo del salón con hombres y mujeres de cartulina blanca. Lo aterrador es que las figuras parecen moverse cuando no las miramos directamente. El niño se ríe, una risa metálica que hace que me duelan los dientes. "Mira, Mateo, ya tiene amigos", dice Sara con voz monótona. Yo camino sobre las figuras, aplastándolas, y escucho gritos sordos bajo mis pies. La cruda realidad es que estamos enseñando al niño que el mundo es algo que se puede inventar y destruir a voluntad.
Episodio 18: La visita del Doctor
El hombre de la bata blanca vino a la casa. Ya no parece un médico, parece un prisionero de nuestra propia locura. Revisó al niño y palideció. "Sus pupilas no reaccionan a la luz, reaccionan a lo que hay detrás de ella", susurró. Sara lo echó a gritos, lanzándole los frascos de medicina que ya no usamos. Antes de irse, el Doctor me miró con una compasión que me dio náuseas. "Ustedes dos son el origen", me dijo. "El niño no está enfermo, el niño es el síntoma de que su amor es una herida abierta".
Episodio 19: El lago en el pasillo
Esta mañana despertamos y el pasillo estaba inundado. No era una fuga de agua; el suelo se había convertido en una superficie oscura y profunda que olía a cloro y a muerte vieja. Sara caminaba sobre el agua sin hundirse, llevando al niño en brazos hacia el final del corredor, donde la neblina es más espesa. Yo intenté alcanzarla, pero mis pies se hundían en el fango de mis propios recuerdos. "Tenemos que dejarlo ir, Sara, esto nos está matando", grité. Ella se giró, y su rostro era el de una desconocida. "Él no se va a ir, Mateo. Él es lo que queda de nosotros".
Episodio 20: El círculo perfecto
La casa finalmente se derrumbó sobre nuestras mentes. Ya no hay paredes, solo un muelle infinito bajo un cielo de estática. Sara está sentada al borde, acunando al niño con una ternura que me rompe el alma. Mis manos están cubiertas de esa tinta negra, la misma que algún día él intentará secarse al sol. Me acerqué para verle la cara una última vez antes de que la despersonalización me borrara por completo.
El niño me miró. En sus ojos vi el futuro: vi el armario, vi la niña de la ventana y vi la soledad de una habitación cerrada. Entendí que nuestra historia de amor no correspondido y nuestra incapacidad de sanar habían creado este ciclo de dolor. Sara le dio un beso en la frente y, con una voz que sonaba a despedida eterna, pronunció su nombre.
"Se llamará Elian", dijo ella.
En ese momento, la tinta negra de mis manos se sintió más pesada que nunca, fresca y húmeda, lista para ser heredada. Elian cerró los ojos, y por fin, el silencio de los que "no están ahí" inundó el mundo.