Hilos de espinas

Capítulo 1

Antes de las cicatrices
Tenía quince años y aún creía que el mundo era un lugar seguro.
A veces intento recordar exactamente cuándo empezó todo, cuándo dejó de serlo, pero la verdad es que los recuerdos felices tienen algo extraño: brillan mucho mientras los vives, pero con el tiempo se vuelven frágiles, como fotografías antiguas que uno teme romper si las toca demasiado.
Aun así, hay cosas que nunca he olvidado.
Como mi casa.
Vivíamos en un barrio tranquilo, en una calle llena de árboles donde por las tardes se escuchaban más risas que coches. Nuestra casa era pequeña, de dos plantas, con un jardín que mi madre cuidaba como si fuera un pequeño tesoro. En primavera siempre había flores de colores y en verano el olor del jazmín llegaba hasta la ventana de mi habitación.
Mi padre decía que aquel olor era mejor que cualquier perfume caro.
Mi padre, Javier, trabajaba como electricista. No tenía una oficina elegante ni llevaba traje, pero siempre volvía a casa con historias divertidas de los lugares donde había trabajado ese día. Tenía manos grandes y fuertes, llenas de pequeñas marcas de herramientas, pero cuando me revolvía el pelo lo hacía con una delicadeza que siempre me hacía reír.
Mi madre, Elena, era enfermera en el hospital de la ciudad. Trabajaba turnos largos y muchas veces llegaba cansada, pero aun así siempre encontraba tiempo para preguntarme cómo había ido el día o para sentarse conmigo en la cocina mientras hacía los deberes.
Yo era hija única.
Y durante mucho tiempo pensé que eso significaba que todo el amor de mis padres estaba concentrado en mí.
Nunca me sentí sola.
Siempre tuve amigos.
Nunca fui la chica más popular del instituto, pero tampoco era invisible. Formaba parte de ese grupo intermedio que suele pasar desapercibido: ni los que mandaban en los pasillos ni los que caminaban pegados a las paredes.
Éramos simplemente… normales.
Mi mejor amiga se llamaba Laura.
Laura tenía el pelo castaño oscuro, rizado y siempre un poco despeinado, como si acabara de levantarse de la cama aunque llevara horas despierta. Tenía unos ojos marrones enormes que parecían estar siempre brillando de emoción por algo.
Laura hablaba mucho.
Muchísimo.
Pero también era la persona más leal que había conocido en mi vida.
Nos conocíamos desde que teníamos seis años, desde el primer día de primaria, cuando las dos nos quedamos solas en el recreo porque las demás niñas ya tenían grupos formados. Recuerdo que compartimos un bocadillo de chocolate y desde entonces nunca volvimos a separarnos.
Nuestro pequeño grupo lo completaban Marcos, Diego y Sara.
Marcos era alto y delgado, con gafas redondas y el pelo rubio siempre cayéndole sobre la frente. Era el más inteligente del grupo y probablemente del curso entero. Soñaba con estudiar ingeniería aeroespacial algún día y hablaba de cohetes y planetas con una pasión que a veces nos dejaba a todos en silencio.
Diego era lo contrario.
Moreno, deportista, siempre con una sonrisa fácil y un balón de fútbol cerca. No era especialmente bueno en los estudios, pero tenía esa capacidad de hacer reír a todo el mundo incluso en los días más aburridos de clase.
Sara era tranquila. Tenía el pelo negro, largo y liso, y una forma de observar a la gente que a veces me hacía pensar que entendía mucho más de lo que decía en voz alta. Dibujaba increíblemente bien y siempre llevaba una libreta donde hacía bocetos de todo lo que veía.
Y luego estaba yo.
Me llamo Claudia.
A los quince años medía aproximadamente metro sesenta y cinco y siempre me habían dicho que tenía una cara dulce. Tenía el pelo castaño claro, largo hasta la mitad de la espalda, normalmente suelto porque nunca había aprendido a hacerme peinados complicados.
Mis ojos eran verdes, aunque a veces parecían más oscuros dependiendo de la luz.
No era la chica más guapa del instituto, pero tampoco me consideraba fea. Simplemente era… una más.
Nunca había tenido novio.
Ni siquiera había besado a nadie.
No porque no hubiera chicos que me parecieran guapos, sino porque siempre había algo dentro de mí que me decía que no tenía prisa. Que esas cosas llegarían cuando tuvieran que llegar.
Mis sueños eran sencillos.
Quería estudiar psicología algún día.
Siempre me había gustado escuchar a la gente, entender por qué pensaban o sentían de cierta manera. Mi madre decía que tenía mucha empatía, que sabía leer a las personas mejor que muchos adultos.
Quizá por eso me gustaba imaginar que algún día podría ayudar a otros.
En el instituto mis días solían ser tranquilos.
Clases por la mañana.
Risas en el recreo.
Deberes por la tarde.
A veces cine con Laura los fines de semana o largas caminatas por el parque mientras hablábamos de cosas sin importancia.
En aquel momento yo creía que mi vida era completamente normal.
Perfectamente normal.
Y supongo que lo era.
Hasta el día que vi a Alejandro por primera vez.
Todo el mundo en el instituto sabía quién era.
Tenía diecisiete años y repetía curso por segunda vez.
No formaba parte de ningún grupo, aunque tampoco parecía necesitarlo. Caminaba siempre solo por los pasillos, con esa forma despreocupada de moverse que hacía que la gente se apartara sin que él tuviera que pedirlo.
Alejandro era alto, quizá metro ochenta o un poco más, con hombros anchos y una forma de caminar que transmitía una mezcla extraña de seguridad y desafío.
Su pelo era oscuro, casi negro, siempre algo desordenado, como si el viento lo hubiera despeinado antes de entrar al instituto.
Pero lo que más llamaba la atención eran sus ojos.
Grises.
De un gris claro que parecía cambiar según la luz.
Había algo frío en ellos.
Algo difícil de descifrar.
Siempre llevaba una chaqueta de cuero negra y vaqueros gastados. Y fuera del instituto tenía una moto que hacía un ruido tan fuerte que se escuchaba desde el otro extremo del aparcamiento.
Decían muchas cosas sobre él.
Que se metía en peleas.
Que había tenido problemas con la policía.
Que había sido expulsado del instituto una vez.
No sabía cuánto de eso era verdad.
Pero sí sabía una cosa.
Cuando Alejandro entraba en un lugar… todo el mundo lo notaba.
La primera vez que lo vi fue una mañana cualquiera.
Yo estaba apoyada en mi taquilla hablando con Laura mientras ella me contaba una historia larguísima sobre un chico de otra clase que, según ella, estaba enamorado de Sara.
—Te juro que la mira todo el rato —decía Laura, gesticulando como siempre.
Fue entonces cuando escuché el sonido.
Un motor.
Fuerte.
Profundo.
Giré la cabeza hacia la ventana del pasillo justo a tiempo para ver una moto negra detenerse en el aparcamiento del instituto.
El chico que se bajó de ella se quitó el casco con un gesto rápido.
Y entonces vi sus ojos.
Grises.
Durante un segundo nuestras miradas se cruzaron a través del cristal.
Solo un segundo.
Pero algo dentro de mí se quedó extrañamente quieto.
No sabía por qué.
No sabía quién era realmente.
No sabía nada de él.
En ese momento Alejandro solo era el chico rebelde del instituto.
El chico de la moto.
El chico del que todo el mundo hablaba.
Lo que yo no sabía…
Era que ese chico iba a cambiar mi vida para siempre.




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