Durante los días siguientes intenté convencerme de que todo había sido una tontería. Un simple cruce de miradas sin importancia, algo que solo había durado un segundo y que mi cabeza estaba exagerando por puro aburrimiento adolescente. Pero por mucho que intentara pensarlo así, la realidad era que, desde aquel momento, empecé a notar a Alejandro en todas partes.
No era que estuviera constantemente cerca de mí. De hecho, la mayoría de las veces estaba lejos. En otro extremo del patio, en otro pasillo, apoyado contra una pared o sentado en las escaleras exteriores del instituto. Pero siempre que levantaba la vista… de algún modo acababa encontrándolo. Y lo más extraño era que muchas veces él ya me estaba mirando.
La primera vez que me di cuenta de verdad fue durante el recreo de un martes. Era uno de esos días luminosos de otoño en los que el aire es fresco pero el sol todavía calienta lo suficiente como para sentarse afuera sin pasar frío. Nuestro grupo estaba en el banco de siempre, cerca de la pista de baloncesto. Diego, como casi todos los días, tenía un balón entre las manos y lo hacía botar distraídamente contra el suelo mientras discutía con Marcos sobre un partido del fin de semana. Diego hablaba con entusiasmo, moviendo mucho las manos, convencido de que su equipo había jugado mejor, mientras Marcos, con su tono tranquilo y su lógica implacable, le desmontaba cada argumento con datos, estadísticas y jugadas concretas que había visto repetidas en internet. Laura, sentada a mi lado, no prestaba atención a la conversación. Estaba demasiado ocupada contándome algo que le había pasado en clase de inglés, exagerando cada detalle con esa energía suya que siempre parecía llenar el espacio a su alrededor. Sara, como siempre, tenía su libreta de dibujo apoyada sobre las rodillas y el lápiz moviéndose con suavidad mientras hacía un boceto rápido de Diego sin que él se diera cuenta.
Yo estaba escuchando a Laura, o al menos eso intentaba, cuando tuve esa sensación extraña. Esa pequeña incomodidad que aparece cuando alguien te observa. No era una sensación fuerte, ni algo que pudiera señalar con seguridad. Era más bien un cosquilleo en la nuca, una intuición. Durante unos segundos intenté ignorarla, porque levantar la cabeza y descubrir que nadie te estaba mirando es una de las cosas más incómodas del mundo. Pero la sensación no desaparecía. Así que, finalmente, levanté la vista.
Y allí estaba.
Alejandro estaba apoyado contra la valla metálica que separaba el patio del aparcamiento. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho y una pierna ligeramente doblada, con el hombro recostado contra la verja como si estuviera completamente relajado. Llevaba la chaqueta de cuero negra que ya había visto antes, abierta sobre una camiseta gris, y unos vaqueros gastados. Desde la distancia parecía tranquilo, casi aburrido… pero sus ojos estaban dirigidos exactamente hacia donde yo estaba sentada.
Hacia mí.
En el momento en que levanté la mirada, nuestras miradas se encontraron. Y no fue ese tipo de mirada rápida que la gente aparta enseguida, fingiendo que estaba mirando otra cosa. No. Él no apartó la vista. Sus ojos grises permanecieron fijos en los míos con una calma que me desconcertó completamente. No había burla en su expresión, ni sonrisa, ni gesto alguno que me ayudara a interpretar lo que estaba pensando. Solo esa mirada directa, tranquila, como si no tuviera ninguna prisa por mirar a otro lado.
Fui yo quien apartó la mirada primero.
Sentí un calor repentino subir por mi cuello y mis mejillas, y bajé la vista hacia mis manos como si de repente fueran lo más interesante del mundo.
—Claudia… —dijo Laura a mi lado.
—¿Qué? —respondí un poco demasiado rápido.
Laura me observó con curiosidad.
—Te estaba hablando desde hace rato.
—Ah… lo siento… me distraje.
—Ya veo —murmuró, entrecerrando los ojos con esa expresión suya que siempre significaba que estaba intentando descubrir algo.
Intenté volver a prestar atención a la conversación, pero ya no escuchaba realmente lo que Laura decía. De reojo, sin girar la cabeza, notaba la presencia de Alejandro al otro lado del patio como si fuera una pequeña presión invisible.
No volví a mirarlo.
Al menos no durante el recreo.
Pero cuando nos levantamos para volver a clase, no pude evitar mirar hacia la valla otra vez.
Ya no estaba allí.
Y, aunque me dije que eso era lo normal, que no tenía por qué seguir allí… sentí una extraña sensación de vacío.
Los días siguientes fueron todavía más raros.
No hablábamos.
Ni siquiera nos cruzábamos directamente la mayoría de las veces.
Pero empezaron a ocurrir pequeños momentos.
Momentos breves, silenciosos, en los que nuestras miradas volvían a encontrarse.
Una mañana lo vi apoyado contra las taquillas del segundo piso, hablando con otro chico mayor. Yo iba caminando con Laura hacia clase de historia cuando sentí de nuevo esa sensación familiar. Giré la cabeza casi sin pensar.
Alejandro me estaba mirando.
No parecía interesado en la conversación con el otro chico. Su atención estaba completamente en mí. Durante un segundo pensé en apartar la mirada de inmediato, pero algo dentro de mí se resistió.
Así que lo miré también.
Y entonces él inclinó la cabeza ligeramente hacia un lado, como si estuviera estudiándome.
Ese pequeño gesto fue suficiente para que mi corazón empezara a latir más rápido.
Aparté la mirada y seguí caminando.
—Ese es Alejandro —susurró Laura a mi lado.
—Ya lo sé —respondí, intentando sonar indiferente.
—Dicen que lo expulsaron el año pasado por una pelea bastante fuerte.
—La gente dice muchas cosas.
—También dicen que casi nunca viene a clase.
—Laura…
—¿Qué?
—Deja de mirarlo.
—No estoy mirándolo.
—Sí lo estás haciendo.
Laura soltó una pequeña risa.
—Bueno… vale. Pero admítelo, es interesante.