Hilos de espinas

Capítulo 3

Durante los días siguientes intenté comportarme con normalidad, pero la verdad es que cada vez que entraba al instituto una parte de mí esperaba verlo. No era algo que me gustara admitir, ni siquiera ante mí misma. Alejandro no formaba parte de mi mundo. Él estaba en el último curso del instituto y yo apenas tenía quince años. Era mayor, tenía fama de meterse en problemas y, además, apenas habíamos cruzado unas pocas palabras. Sin embargo, desde aquel momento en el aparcamiento algo había cambiado. No sabría explicar exactamente qué era. Solo sabía que, cuando no lo veía, lo notaba. Como si el instituto estuviera un poco más silencioso de lo normal.
Aquella tarde estaba en la biblioteca.
Era uno de mis lugares favoritos del instituto porque casi nadie iba después de las clases. La mayoría de los estudiantes prefería marcharse a casa lo antes posible o quedarse en el patio hablando con amigos. La biblioteca, en cambio, estaba casi siempre tranquila. Olía a papel, a madera vieja y a ese silencio agradable que hace más fácil concentrarse.
Tenía los apuntes de historia abiertos delante de mí y estaba intentando memorizar unas fechas que no dejaban de mezclarse en mi cabeza. Había apoyado el codo sobre la mesa y sostenía el bolígrafo entre los dedos mientras leía una vez más el mismo párrafo.
Fue entonces cuando escuché el sonido de una silla moviéndose.
Al principio no levanté la vista. Pensé que sería algún alumno más que había decidido quedarse a estudiar. Pero el sonido de los pasos acercándose a mi mesa hizo que mi concentración se rompiera.
Levanté la cabeza.
Y mi corazón dio un pequeño salto.
Alejandro.
Caminaba hacia mí con esa forma suya de moverse tranquila, casi despreocupada, como si no le importara demasiado lo que ocurriera a su alrededor. Llevaba la chaqueta de cuero negra abierta y las manos metidas en los bolsillos del pantalón. Su pelo oscuro estaba un poco desordenado, como si se lo hubiera pasado la mano por él varias veces.
Se detuvo frente a mi mesa.
Durante un segundo pensé que quizá estaba buscando otra silla.
Pero no.
Alejandro tiró de la silla que estaba frente a mí y se sentó.
Justo enfrente.
El sonido de la madera raspando ligeramente contra el suelo de la biblioteca pareció demasiado fuerte en medio de aquel silencio.
Me quedé mirándolo sin saber muy bien qué hacer.
Sabía perfectamente quién era. Todo el instituto lo sabía. Era uno de los chicos del último curso, mayor que casi todos nosotros, y además el tipo de chico del que siempre circulaban historias.
Él apoyó los antebrazos sobre la mesa, inclinándose un poco hacia delante. Sus ojos grises se detuvieron primero en los libros abiertos delante de mí.
Luego en mi cara.
Sentí cómo el calor empezaba a subir lentamente por mi cuello.
Intenté volver a mirar los apuntes, fingiendo que aquello no me afectaba, pero de repente las palabras parecían moverse en la página.
No hablaba.
Yo tampoco.
El silencio entre nosotros era espeso, lleno de algo difícil de definir.
Podía sentir su mirada.
Y eso me ponía nerviosa.
Moví el bolígrafo entre los dedos, intentando concentrarme en lo que estaba leyendo, pero era imposible. Cada pequeño gesto se volvía demasiado consciente: el sonido de las páginas al pasar, el roce de mi manga contra la mesa, incluso mi propia respiración.
Después de unos segundos, levanté la vista sin querer.
Alejandro me estaba observando.
Y entonces sonrió.
No era una sonrisa grande ni abierta. Era algo más pequeño, más tranquilo. Como si hubiera notado exactamente lo nerviosa que estaba.
—¿Qué? —murmuré sin pensar.
Él negó suavemente con la cabeza.
—Nada.
Su voz era baja, tranquila.
Volvió a mirar los libros.
—Estudias mucho —dijo después.
—Tengo examen.
—Ya.
No dijo nada más.
Y, sin embargo, aquella simple conversación parecía llenar todo el espacio entre nosotros.
Pasaron varios minutos así.
En silencio.
Yo intentando estudiar.
Él simplemente sentado enfrente.
De vez en cuando levantaba la vista y lo encontraba mirándome otra vez. No de una forma incómoda, pero sí intensa. Como si estuviera intentando descifrar algo.
Cuando finalmente recogí mis cosas para irme, Alejandro se levantó también.
—Hasta mañana, Claudia —dijo con naturalidad.
Fue la primera vez que pronunció mi nombre de forma tan tranquila.
—Hasta mañana —respondí.
Y salí de la biblioteca con el corazón latiendo más rápido de lo normal.
El incidente ocurrió dos días después.
Era la última hora de clase y el instituto estaba inquieto, como suele pasar cuando todo el mundo sabe que falta poco para irse a casa. Yo estaba en el pasillo, cerca de las taquillas, guardando algunos libros cuando escuché voces más altas de lo normal.
Al principio pensé que era solo una discusión.
Pero el tono subía.
Giré la cabeza.
Alejandro estaba al final del pasillo.
Y no estaba solo.
Había otro chico frente a él. También del último curso, más grande, con una expresión desafiante.
—Te lo repito por última vez —decía el chico—. No te acerques a mi hermano.
Alejandro estaba completamente quieto.
Sus brazos colgaban relajados a los lados del cuerpo, pero su mirada era distinta a la de otros días. Más fría.
—Tu hermano se mete solo en sus problemas —respondió con calma.
—Eres un imbécil, ¿lo sabías?
El chico dio un paso adelante.
Y entonces todo ocurrió muy rápido.
Un empujón.
Un golpe.
El sonido seco de alguien chocando contra las taquillas.
Algunas chicas gritaron.
Los profesores tardaron apenas unos segundos en aparecer, pero cuando llegaron los dos chicos ya estaban forcejeando.
—¡BASTA! —gritó uno de los profesores mientras separaban a Alejandro del otro chico.
El pasillo se llenó de murmullos.
Yo estaba paralizada.
Alejandro tenía el labio ligeramente partido, pero su expresión seguía siendo tranquila.
Como si aquello no fuera nada nuevo para él.
Al día siguiente todo el instituto hablaba de lo ocurrido.
—Lo han expulsado una semana —me dijo Laura durante el recreo.
—¿Una semana?
—Sí. Y al otro chico también, pero a nadie le sorprende lo de Alejandro.
No respondí.
Durante el resto del día tuve una sensación extraña.
El instituto parecía diferente sin él.
Más normal.
Más tranquilo.
Pero también… vacío.
No sabía por qué pensaba tanto en él.
Ni siquiera éramos amigos.
Ni siquiera habíamos hablado más de unos minutos.
Pero aquella tarde, mientras recogía mis cosas para irme a casa, me encontré caminando hacia la sala de profesores sin haberlo planeado demasiado.
El tutor de Alejandro era el profesor Ramírez, el de literatura. Un hombre alto, de barba entrecana y gafas rectangulares que siempre parecían deslizarse un poco por su nariz.
Cuando llamé a la puerta de su despacho, él levantó la vista de unos papeles.
—¿Sí?
—Buenas tardes… profesor.
—Claudia, ¿verdad? —dijo tras pensar un segundo.
Asentí.
—Sí.
—¿Ocurre algo?
Tragué saliva.
De repente me sentía un poco tonta.
—Yo… bueno… venía a preguntarle algo sobre Alejandro.
El profesor alzó ligeramente una ceja.
—¿Alejandro?
—Sí… como lo han expulsado una semana… pensé que quizá se atrasaría con las clases.
El profesor me observó unos segundos con una expresión difícil de leer.
—¿Y por qué te preocupa eso?
No supe muy bien qué responder.
—Solo… pensé que alguien debería llevarle lo que se está viendo en clase.
El profesor Ramírez suspiró levemente y se recostó en su silla.
—Alejandro no suele preocuparse mucho por los apuntes.
—Aun así…
Hubo un pequeño silencio.
Finalmente el profesor abrió un cajón, sacó unas hojas y empezó a escribir algo.
—Aquí tienes un pequeño resumen de lo que veremos esta semana en literatura y en historia. Los demás profesores irán dejando material en la plataforma del instituto, pero con esto podrá orientarse.
Me entregó las hojas.
—Gracias, profesor.
—Claudia —dijo antes de que me fuera.
Me detuve.
—¿Sí?
—Ten cuidado con Alejandro.
No dijo nada más.
Solo eso.
Salí del despacho con las hojas en la mano y una sensación extraña en el pecho.
No fue difícil encontrar dónde vivía.
Todo el mundo parecía saberlo.
Una casa pequeña al final de una calle tranquila, un poco apartada del centro.
Cuando llegué, el sol ya estaba empezando a ponerse.
La moto negra estaba aparcada frente a la casa.
Eso me hizo detenerme unos segundos antes de acercarme a la puerta.
De repente me sentía ridícula.
¿Qué estaba haciendo allí?
Respiré hondo.
Y llamé al timbre.
Pasaron unos segundos.
Luego la puerta se abrió.
Alejandro apareció en el marco.
Durante un instante los dos nos quedamos mirándonos.
Sus ojos grises mostraron algo parecido a sorpresa.
—Claudia.
—Hola.
Levanté ligeramente las hojas que llevaba en la mano.
—Hablé con tu tutor… me dio un resumen de lo que están viendo esta semana en clase.
Hubo un pequeño silencio.
Luego, muy despacio…
Alejandro sonrió.
Y allí, de pie frente a él, con el corazón latiéndome con fuerza en el pecho…
Terminó aquel día.




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