La mudanza fue como si alguien hubiera agarrado mi vida entera y la hubiera metido a la fuerza en cajas de cartón húmedas que olían a sótano y a cinta adhesiva barata. Tenía quince años y, de un día para otro, todo lo que conocía —el barrio de siempre en las afueras de Raleigh, el olor a magnolias en primavera, el ruido constante de los grillos por las noches— desapareció. Papá había recibido un ascenso en la empresa de construcción donde trabajaba desde siempre; decían que era una oportunidad que no se podía rechazar, que el nuevo proyecto en las afueras de Charlotte nos daría una casa más grande, mejores colegios y un futuro que valía la pena. Pero para mí solo significaba empezar de cero en un lugar donde nadie me conocía y donde yo no quería conocer a nadie.
El viaje en la furgoneta familiar duró cuatro horas que se me hicieron eternas. Mamá conducía con las manos apretadas al volante, tarareando canciones viejas de la radio para fingir que todo estaba bien. Papá iba a su lado, con el mapa extendido sobre las rodillas aunque el GPS del teléfono ya lo tenía todo controlado, y de vez en cuando soltaba un “¡Mira eso, chicos! Ya casi llegamos” con esa voz demasiado entusiasta que usaba cuando intentaba vendernos algo que ni él mismo creía del todo. Detrás, mi abuela —que insistió en venir con nosotros porque “una familia no se divide”— ocupaba casi todo el asiento central con sus bolsas de medicamentos y su cojín ortopédico, quejándose del aire acondicionado que le secaba la garganta.
—Emily, ¿por qué no me pasas una de esas pastillas para el mareo? —me pidió por enésima vez, girándose hacia mí con esa mirada de mártir que siempre me hacía sentir culpable—. Esta carretera da vueltas como si estuviera borracha.
Yo estaba apretada contra la ventanilla, con los auriculares puestos aunque no escuchaba nada. El paisaje cambiaba despacio: los pinos altos de Carolina del Norte daban paso a campos más abiertos, a gasolineras con carteles descoloridos y a un cielo que parecía más gris cuanto más nos acercábamos al nuevo sitio. A mi lado, Ryan, mi hermano pequeño de siete años, no paraba quieto. Saltaba en el asiento, golpeando con los pies el respaldo del conductor y señalando todo lo que veía.
—¡Mira, Em! ¡Hay un lago ahí! ¿Podemos ir a pescar mañana? ¿Papá, podemos? —gritaba, con la cara pegada al cristal y el aliento empañándolo todo.
—Ryan, por Dios, siéntate bien —le regañó mamá sin apartar la vista de la carretera—. Y tú, Emily, quítate esos auriculares. Estamos llegando. Al menos finge un poco de ilusión.
Yo me los quité de mala gana. El silencio dentro del coche se llenó de inmediato con el ruido del motor y la respiración pesada de la abuela.
—No sé por qué tenemos que mudarnos —murmuré, mirando cómo las primeras casas del nuevo barrio aparecían al final de la carretera—. En Raleigh todo estaba bien. Mis amigos… mi habitación… todo.
Papá suspiró, esa clase de suspiro que significaba que ya habíamos tenido esta conversación diez veces.
—Cariño, ya lo hablamos. El colegio nuevo es mejor. Tiene un programa de artes que te va a encantar. Y la casa tiene un jardín enorme para que Ryan corra como un loco. Es un paso adelante, Emily. Para todos.
La abuela soltó una risita seca desde su rincón.
—Un paso adelante, dice. En mis tiempos nos mudábamos con una maleta y punto. Ahora parece que llevamos medio país en la furgoneta. ¿Y el olor de esa casa nueva? Apuesto a que todavía huele a pintura fresca y a promesas que nadie cumple.
Mamá le lanzó una mirada de advertencia por el retrovisor, pero no dijo nada. Yo me hundí más en el asiento, sintiendo un nudo en la garganta que no se iba ni tragando saliva. La casa nueva apareció al final de una calle tranquila, flanqueada por árboles jóvenes que todavía tenían los tutores de madera. Era más grande que la anterior, de dos plantas, con un porche blanco y un garaje doble. Olía exactamente a lo que había dicho la abuela: a pintura fresca y a madera recién cortada, con un toque de humedad que se colaba desde el sótano. Cuando bajamos las cajas, el aire de la tarde era más fresco de lo que recordaba en Raleigh, y el viento traía olor a hierba recién cortada y a tierra mojada de la lluvia de la noche anterior.
Los días siguientes fueron un caos de cajas abiertas, muebles desmontados y discusiones por dónde iba cada cosa. La abuela se instaló en la habitación de abajo, quejándose de que las escaleras le dolían las rodillas, y convirtió la cocina en su reino particular. Mamá y papá discutían en voz baja por las noches, cuando creían que nadie los oía.
—No puedo creer que hayamos dejado todo por esto —le oí decir a mamá una vez, mientras yo bajaba a buscar un vaso de agua—. Emily está destrozada, Michael. Tiene quince años. Cambiar de escuela en pleno curso no es fácil.
Papá respondió con esa voz cansada que usaba cuando estaba agotado pero no quería admitirlo.
—Va a estar bien. Es fuerte. Mañana es su primer día. Le irá genial, ya verás.
Yo no me sentía fuerte. Me sentía como un pez sacado del agua y tirado en una pecera nueva donde todo olía distinto y nadie hablaba mi idioma.
El primer día de clases llegó demasiado pronto. El autobús escolar era amarillo y ruidoso, lleno de chicos que ya se conocían de toda la vida y que me miraron como si fuera un extraterrestre cuando subí. Me senté al fondo, con la mochila nueva apretada contra el pecho, oliendo todavía a la tienda donde la habíamos comprado el día anterior. El colegio era más grande que el anterior: un edificio de ladrillo rojo con pasillos largos que olían a desinfectante y a libros viejos, taquillas metálicas que resonaban como tambores cada vez que alguien las cerraba de golpe.
Cuando entré en el aula de primero de secundaria, el profesor —un hombre calvo con gafas que se llamaba señor Harper— me presentó como “la nueva alumna de Raleigh”. Todos se giraron. Algunos con curiosidad, otros con indiferencia, y un par de chicas en la fila de atrás susurraron algo y se rieron tapándose la boca. Me senté en el único pupitre libre, al lado de la ventana, y clavé la mirada en el cuaderno nuevo que mamá me había comprado con flores en la portada, como si eso pudiera hacerme sentir menos sola.