El segundo día en Westfield High amaneció con un cielo más limpio, aunque el aire seguía cargado de esa humedad típica de Carolina del Norte que se pegaba a la piel y te hacía sentir que nunca terminabas de secarte del todo. Llegué al colegio caminando desde la parada del autobús con la mochila pesada y el estómago hecho un nudo. Todavía no me sabía los pasillos de memoria y tenía miedo de volver a perderme como el día anterior. Lauren me esperaba exactamente donde me había dicho la tarde pasada: junto a la entrada principal, bajo el gran cartel azul y dorado del equipo de fútbol.
—¡Emily! ¡Aquí! —me llamó, levantando la mano con una sonrisa amplia que mostraba su aparato dental casi invisible.
Me acerqué más tranquila que el día anterior. Al menos ya tenía una cara conocida.
—Hola, Lauren.
—Ven, te voy a presentar a alguien. Esta es Megan —dijo, señalando a una chica bajita de pelo negro liso y ojos vivaces que masticaba chicle con energía—. Megan, ella es Emily, la nueva de Raleigh. Llegó hace dos días y todavía no se ha perdido… mucho.
Megan me sonrió y me dio un rápido abrazo, como si ya fuéramos amigas de toda la vida. Olía a cereza del chicle y a un perfume dulce de vainilla.
—Bienvenida al caos. Si necesitas copiar los apuntes de historia, yo soy tu chica. El señor Harper habla tan rápido que parece que le pagan por palabra.
Las tres nos reímos y empezamos a caminar hacia el patio interior. Lauren no paraba de hablar, señalando todo: el edificio de ciencias, la cafetería, el campo de fútbol donde ya se oían los golpes de los balones contra el césped húmedo.
—Ahora ven, que te presento al resto del grupo —dijo Lauren, guiándome hacia un banco cerca del aparcamiento de estudiantes—. Chicos, ella es Emily.
Tres chicos levantaron la vista. El primero era alto y desgarbado, con el pelo castaño revuelto y una camiseta de los Carolina Panthers.
—Jake —se presentó, ofreciéndome la mano de forma exageradamente formal—. Encantado, nueva.
El segundo, más bajito y con gafas, levantó la barbilla.
—Tyler. Si necesitas que alguien te explique el sistema de taquillas, soy el experto. Estas cosas son un laberinto.
El tercero, Brandon, era el más callado. Solo sonrió y asintió con la cabeza, pero tenía una mirada amable.
—Bienvenida —murmuró.
Nos quedamos allí hablando de tonterías: de las clases que más odiaban, de la comida horrible de la cafetería que olía siempre a aceite recalentado y a queso plástico, de cómo el equipo de fútbol este año parecía peor que nunca. Yo escuchaba más de lo que hablaba, pero por primera vez desde la mudanza sentía que el nudo en el pecho se aflojaba un poco. El sol empezaba a calentar el asfalto del aparcamiento y el aire traía olor a hierba recién cortada y a los escapes de los coches que llegaban tarde.
Estábamos riéndonos de una imitación que hacía Megan de la profesora de matemáticas cuando se oyó el rugido de un motor potente acercándose a toda velocidad.
Todos giramos la cabeza al mismo tiempo.
Un Mustang negro, brillante, entró en el aparcamiento como si fuera dueño de la carretera. Frenó con un chirrido seco de neumáticos en la plaza más cercana a la entrada, justo donde los seniors solían aparcar. El motor ronroneó un segundo más antes de apagarse.
La puerta del conductor se abrió.
Y entonces lo vi.
Bajó del coche con una fluidez casi felina. Era alto, de hombros anchos y cuerpo atlético, como si pasara más tiempo en el gimnasio que en cualquier otra parte. El pelo rubio trigo, un poco largo y revuelto por el viento, le caía sobre la frente de una forma que parecía calculada y natural al mismo tiempo. Pero fueron sus ojos lo que me golpearon: grises, intensos, del color de una tormenta que está a punto de romper. Llevaba unos vaqueros oscuros y una camiseta negra simple que se ajustaba perfectamente a su torso. Tenía diecisiete años y era del último año, eso se notaba en la forma en que se movía, como si el instituto entero le quedara pequeño.
Del lado del copiloto bajó una chica. Madison, supe después. Era guapísima, con el pelo castaño oscuro cayéndole en ondas perfectas por la espalda, una falda corta del uniforme modificada y una blusa que marcaba cada curva. Caminaba con esa seguridad que solo tienen las chicas que saben exactamente el efecto que causan. Sexy, consciente de su poder, con una sonrisa de medio lado mientras cerraba la puerta del coche.
Los dos empezaron a caminar hacia la entrada principal, uno al lado del otro, sin tocarse pero claramente juntos. El aire pareció cambiar a su alrededor. Las conversaciones bajaron de volumen. Algunas chicas los miraban de reojo.
Pasaron justo por delante de nuestro grupo.
Ninguno de los dos nos miró. Ni un segundo. Como si no existiéramos. Como si fuéramos parte del paisaje, algo insignificante que no merecía ni una mirada.
Sentí un extraño cosquilleo en la nuca cuando él pasó cerca. Su colonia llegó hasta mí: algo fresco, con notas de madera y especias, mezclado con el olor a cuero del coche. Por un instante sus ojos grises barrieron el grupo, pero no se detuvieron en mí. Fue como si ni siquiera me hubiera visto.
Lauren soltó un suspiro bajito cuando se alejaron.
—Ese es Ethan —dijo en voz baja, casi con reverencia—. Ethan Blackwell. El rey de este lugar. Último año. Capitán del equipo de lacrosse. Todas las chicas están locas por él. Y ella es Madison Reed, su… bueno, lo que sea que sean esta semana.
Megan puso los ojos en blanco.
—Son tóxicos juntos. Pero nadie se atreve a decirles nada. Ethan es de esos que… te mira una vez y ya sientes que te conoce mejor que tú misma. Dicen que tiene problemas en casa, pero nadie sabe bien qué. Solo que es mejor no meterse.
Jake soltó una risa corta.
—Olvídalo, Emily. Chicos como Ethan no miran a las de primer año. Estamos en ligas diferentes.
Yo no dije nada. Solo me quedé mirando cómo Ethan y Madison subían los escalones de la entrada, cómo él le abría la puerta con esa naturalidad arrogante y cómo ella entraba contoneándose ligeramente. El corazón me latía más rápido de lo normal, aunque no entendía por qué. Era solo un chico. Un chico guapo, sí, pero solo un chico.