El resto de la mañana pasó entre clases que se me hicieron eternas. Historia, matemáticas, biología… todo se mezclaba en mi cabeza mientras intentaba seguir el ritmo de los profesores y no parecer demasiado perdida. Lauren y Megan se sentaron conmigo en cada aula, pasándome apuntes y susurrándome explicaciones rápidas cuando no entendía algo. Aun así, mi mente volvía una y otra vez al aparcamiento, a ese Mustang negro y a los ojos grises de Ethan Blackwell. Era absurdo. Ni siquiera me había mirado, pero su presencia parecía haber dejado una marca invisible en el aire.
Cuando sonó el timbre del almuerzo, el estómago me rugía de hambre y de nervios. El comedor de Westfield High era un espacio enorme y ruidoso, con techos altos y olor a comida institucional: patatas fritas recalentadas, hamburguesas grasientas, salsa de tomate dulce y ese leve aroma a desinfectante que nunca conseguía tapar del todo el sudor adolescente. Las bandejas de plástico chocaban, las voces rebotaban contra las paredes y grupos enteros ocupaban las mesas como si fueran territorios marcados.
Nos sentamos en una mesa al fondo, cerca de las ventanas que daban al campo de fútbol. Jake, Tyler, Brandon, Megan, Lauren y yo. Yo pinchaba mi ensalada de pollo con el tenedor, escuchando a medias la conversación.
—Oye, Emily —dijo Tyler de repente, bajando un poco la voz mientras miraba hacia la entrada del comedor—. Vi que te quedaste mirando a Ethan esta mañana. No eres la primera. Pero ten cuidado, ¿eh?
Lo miré con curiosidad. Tyler ajustó sus gafas y se inclinó hacia delante, como si fuera a contar un secreto de estado.
—Ethan Blackwell es… complicado. Su padre es uno de los hombres más importantes de la zona. Dueño de varias constructoras grandes y de no sé cuántas propiedades. Tienen una mansión enorme en las afueras, de esas con verja de hierro y seguridad privada. Dinero viejo, o al menos eso dicen. La madre murió hace dos años. Cáncer, rápido y cruel. Ethan era el mayor de tres hermanos: tenía una hermana y un hermano pequeño. Desde que ella murió, todo cambió. Antes era un chico normal, buen estudiante, estrella del lacrosse. Pero después… empezó a ir a fiestas todos los fines de semana, se rumorea que se droga, que anda con gente mayor y mala. Se volvió agresivo. Se mete en peleas casi cada mes. El director lo protege porque el padre dona mucho dinero al colegio, pero hasta eso tiene un límite.
Megan intervino, mordiendo una manzana con fuerza.
—Dicen que la muerte de su madre lo rompió por dentro. Su hermano pequeño se fue a vivir con unos tíos, creo. Y la hermana… bueno, ella es de nuestra edad, tiene quince años. Se llama Ava. Pero casi no se la ve. Lleva como dos meses enferma o algo así. No viene al colegio. Rumores hay de todo: depresión, anorexia, problemas mentales… Nadie sabe la verdad.
Me quedé callada, procesando la información. Aquellos ojos grises que había visto por la mañana ahora tenían un peso distinto. No era solo un chico guapo y arrogante. Había algo oscuro detrás, algo que me atraía y asustaba al mismo tiempo.
Estábamos todavía hablando cuando las puertas del comedor se abrieron de golpe. Ethan entró con Madison prácticamente pegada a su costado. Ella llevaba el brazo enlazado al de él, presionando su cuerpo contra el suyo de una forma posesiva y descarada. Ethan tenía la mandíbula tensa, la mirada dura. No se dirigieron a la fila de la comida. Sus ojos barrieron el comedor como si buscaran a alguien concreto.
De pronto, Ethan se soltó del brazo de Madison y caminó directo hacia una mesa del centro, donde un chico de último año llamado Ryan Thompson estaba sentado con sus amigos, riendo de algo.
Sin decir una palabra, Ethan lo agarró por la camiseta y lo levantó de la silla con una fuerza brutal.
—¡Te dije que te mantuvieras lejos de ella, hijo de puta! —rugió Ethan, y su puño se estrelló contra la cara del chico con un sonido seco y horrible.
El comedor entero se quedó en silencio durante un segundo eterno. Luego estalló el caos.
Ethan golpeó de nuevo, una, dos, tres veces. La sangre salpicó la mesa.
—Si te vuelves a acercar a Ava, te mato. ¿Me oyes? ¡Te mato!
El chico intentó defenderse, pero Ethan era más fuerte, más rabioso. Madison se quedó atrás, con una sonrisa extraña en los labios, como si disfrutara del espectáculo.
—¡Ethan, para! —gritó alguien.
Varios profesores entraron corriendo al comedor, alertados por el escándalo. El señor Harper y dos más se lanzaron sobre Ethan, intentando separarlo. Tardaron casi un minuto en conseguirlo. Ethan seguía forcejeando, con los nudillos ensangrentados y la respiración agitada, los ojos grises convertidos en pura tormenta.
—Fuera de aquí, Blackwell —ordenó el director, que apareció en ese momento con la cara roja de furia—. Estás expulsado una semana. Y esta vez tu padre no va a poder arreglarlo tan fácil.
Ethan se limpió la boca con el dorso de la mano, miró al chico en el suelo una última vez con odio puro y se dejó sacar del comedor por los profesores. Madison lo siguió, contoneándose como si nada hubiera pasado.
El comedor volvió a llenarse de murmullos. Lauren soltó el aire que había estado conteniendo.
—Dios mío… eso fue por Ava —susurró—. Ryan Thompson había estado presumiendo de que había hablado con ella por mensajes o algo así. Ava es muy guapa, pero está… desaparecida desde que su madre murió. Ethan la protege como un loco. Es lo único que parece importarle de verdad.
Me quedé mirando la mesa manchada de sangre que ya estaban limpiando los conserjes. El olor metálico se mezclaba con el de la comida. El corazón me latía con fuerza. Había visto rabia antes, pero nunca tan cruda, tan descontrolada.
—Pobre Ava —murmuré sin darme cuenta.
Tyler asintió.
—Sí. Dicen que está enferma en casa. Depresión grave o algo peor. Ethan se ha vuelto su guardián. Por eso está así. Antes era diferente, te lo juro. Pero ahora… es como si llevara una bomba dentro.