Hilos de espinas

Capítulo 4

Los días siguientes al incidente del comedor transcurrieron con una extraña mezcla de rutina y tensión. El nombre de Ethan Blackwell seguía flotando en los pasillos como un rumor oscuro, pero su ausencia de una semana parecía haber calmado un poco el ambiente del colegio. Yo intentaba concentrarme en adaptarme, en memorizar los horarios, en no perderme entre las taquillas metálicas que siempre olían a metal frío y a restos de pegatinas viejas. Me sentía una chica normal, de las que pasan desapercibidas: pelo castaño claro que caía liso hasta los hombros, ojos verdes comunes, complexión delgada pero sin nada que llamara especialmente la atención. En Raleigh era solo Emily, la del medio, ni la más guapa ni la más popular. Aquí tampoco pretendía ser diferente.
Pero los demás no parecían estar de acuerdo.
—Emily, en serio, ¿cómo es posible que no te des cuenta? —me dijo Megan un mediodía mientras nos cambiábamos para la clase de educación física—. Eres guapísima. Tienes esa cara de muñeca de porcelana, con esos ojos grandes y esa piel que parece que nunca ha visto un grano. Si yo tuviera tu boca, ya habría conquistado medio instituto.
Lauren asintió mientras se ataba las zapatillas.
—Es verdad. Y ni siquiera te esfuerzas. Llegas con el pelo suelto y una camiseta sencilla y pareces salida de una revista. Las chicas de último año ya están preguntando quién es la nueva.
Me reí, incómoda, sintiendo que el rubor me subía por las mejillas mientras el olor a sudor y a desodorante barato llenaba el vestuario.
—Sois exageradas. Soy normal. Muy normal.
Pero no pasó mucho tiempo hasta que alguien más lo notó.
Era jueves por la tarde, después de la última clase. Estaba en el pasillo recogiendo libros de mi taquilla cuando una sombra se detuvo a mi lado. Levanté la vista y me encontré con un chico alto, de hombros anchos por el entrenamiento de lacrosse, pelo rubio oscuro corto y bien peinado, y una sonrisa fácil que iluminaba su rostro. Tenía dieciséis años, jugaba en el equipo junior y se llamaba Caleb Hayes. Lo había visto antes de lejos, siempre rodeado de los del equipo, pero nunca tan cerca.
—Hola, Emily —dijo con voz cálida, apoyando un brazo en la taquilla contigua—. Soy Caleb. Te he visto estos días con Lauren y los demás. Quería acercarme antes, pero siempre parecías estar en tu mundo.
Su colonia era fresca, con un toque cítrico que contrastaba con el olor a libros y suelo encerado del pasillo. Me sonrió de una forma que no parecía ensayada, y por primera vez en semanas sentí que alguien me miraba de verdad, no como a la nueva, sino como a una chica.
—Hola… —respondí, cerrando la taquilla con un clic suave.
—Escucha, sé que es repentino, pero me gustaría conocerte mejor. ¿Te gustaría salir algún día? Nada complicado. Un helado, dar un paseo… lo que te apetezca.
Parpadeé, sorprendida. Caleb era guapo, de esos chicos que tienen la mandíbula marcada y una mirada honesta. No tenía la intensidad tormentosa de Ethan, sino una luz más tranquila, más segura. Sentí un cosquilleo agradable en el estómago.
—Eh… sí. Claro. Me gustaría.
Quedamos para el viernes por la tarde. Cuando llegué a casa esa noche, el olor a la cena de la abuela —pollo al horno con hierbas— llenaba toda la planta baja. Ryan estaba tirado en el sofá jugando con su consola, y papá acababa de llegar del trabajo, todavía con polvo de obra en las botas.
Durante la cena, mientras cortaba el pollo con el tenedor, solté la pregunta como si nada.
—Mamá, papá… mañana algunos amigos del colegio van a salir a tomar helado y a dar una vuelta por el centro comercial. ¿Puedo ir? Lauren, Megan y los demás van.
Era una media mentira. No mencioné que iría solo con Caleb. Mamá me miró con esa expresión de madre que lo sabe todo pero quiere creer en la inocencia de su hija.
—¿Quiénes son exactamente esos amigos? —preguntó papá, frunciendo el ceño mientras se servía más ensalada.
—Gente del grupo con el que como todos los días. Son buenos chicos, papá. Por favor… solo un rato. Necesito hacer amigos aquí.
La abuela soltó una risita desde su silla.
—Déjala, Michael. La niña tiene quince años, no quince meses. En mis tiempos ya íbamos al cine con chicos a esa edad.
Mamá le puso una mano en el brazo a papá.
—Michael, déjala ir. Es viernes. Estará de vuelta antes de las nueve. Es bueno que socialice después de la mudanza. Ha estado muy callada estos días.
Papá suspiró, pero finalmente asintió.
—Está bien. Pero a las nueve y media en casa como máximo. Y me mandas un mensaje cuando llegues al centro.
El viernes por la tarde llegué al centro comercial con el corazón latiéndome fuerte. Me había puesto unos vaqueros claros, una blusa blanca sencilla y unas zapatillas. Caleb me esperaba junto a la fuente, con una camiseta azul que resaltaba sus hombros y esa sonrisa que parecía iluminar el lugar. El aire olía a pretzels calientes, a perfume de las tiendas y a la crema de los helados.
—Estás preciosa —me dijo nada más verme, y sonaba sincero.
Caminamos hasta la heladería italiana que había al final del paseo. Pedí helado de fresa y vainilla; él, de chocolate con trozos de brownie. Nos sentamos en un banco fuera, bajo los árboles que empezaban a florecer, y el sol de la tarde nos calentaba la piel. Caleb era fácil de hablar. Me hizo reír contándome anécdotas absurdas de los entrenamientos de lacrosse, cómo una vez se cayó de bruces persiguiendo una pelota y terminó con la cara llena de barro delante de todo el equipo. Tenía una forma amable de escuchar, inclinándose hacia mí cuando yo hablaba de Raleigh, de lo extraño que era empezar de nuevo, de cuánto echaba de menos mi antigua habitación.
—No pareces la típica chica nueva que se esconde —dijo, lamiendo su cuchara—. Tienes algo… no sé, como una luz tranquila. Me gusta.
Después del helado dimos un largo paseo por el parque que había detrás del centro comercial. El aire olía a tierra húmeda y a flores tempranas. Hablamos de todo y de nada: de películas, de música, de cómo odiaba las clases de química. Me sentía cómoda, ligera, como si por unas horas pudiera olvidar la mudanza, el divorcio que aún no había ocurrido en mi futuro lejano, y aquella sombra oscura llamada Ethan.
Los días siguientes fueron un torbellino dulce. El lunes Caleb me esperaba en la entrada del colegio con un café para llevar de mi sabor favorito. Comíamos juntos siempre que podíamos. Por las tardes, después de clase, nos quedábamos hablando en el patio o él me acompañaba hasta la parada del autobús. El miércoles fuimos a la biblioteca del colegio a “estudiar”, pero terminamos riéndonos en voz baja entre las estanterías, con su rodilla rozando la mía bajo la mesa. Era amable, respetuoso. No presionaba. Me hacía sentir vista, valorada, normal.
El viernes por la tarde, después de una semana que había pasado volando, nos sentamos en el mismo banco del parque donde habíamos estado el primer día. El sol se ponía tiñendo el cielo de tonos naranjas y rosados, y el aire era más fresco, con olor a hierba mojada por el riego automático.
—Emily —dijo Caleb, girándose hacia mí con una seriedad nueva en su mirada—. Estos días han sido geniales. Me gustas mucho. De verdad. No solo como amiga. ¿Quieres ser mi novia? Oficialmente.
Lo miré. Su rostro guapo, sus ojos marrones cálidos, la forma en que esperaba mi respuesta sin presionarme. Sentí algo cálido expandirse en mi pecho. No era el torbellino intenso que había sentido al ver a Ethan, sino algo más suave, más seguro. Algo que necesitaba en este momento de mi vida.
—Sí —respondí, sonriendo—. Quiero.
Caleb sonrió ampliamente, esa sonrisa que iluminaba todo. Se inclinó despacio, con cuidado, y depositó un beso suave y respetuoso en mi frente. Sus labios se quedaron allí un segundo más, cálidos y tiernos, antes de separarse. No intentó besarme en la boca. Me respetaba. Y eso me gustó más de lo que podía explicar.
—Eres especial, Emily —susurró, rozando mi mejilla con los dedos—. No pienso estropearlo.
Volvimos caminando despacio hacia casa mientras el cielo se oscurecía. Yo llevaba una sonrisa tonta en los labios y, por primera vez desde que llegamos a Charlotte, sentí que tal vez este nuevo capítulo de mi vida podía tener algo bueno. Algo ligero. Algo que no doliera.
No sabía todavía que la oscuridad, esa que llevaba el nombre de Ethan Blackwell, estaba solo a unos días de volver al colegio. Y que cuando regresara, todo lo que acababa de empezar con Caleb se volvería infinitamente más complicado.




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