Hilos de espinas

Capítulo 5

El lunes siguiente al fin de semana con Caleb, el colegio parecía haber recuperado su ritmo habitual, aunque para mí todo se sentía más vivo, más cargado de expectativas. Llegué temprano, todavía con el recuerdo del beso suave en mi frente. Llevaba puesto el uniforme reglamentario de Westfield High: falda plisada de cuadros en tonos azul marino y gris que me llegaba justo por encima de las rodillas, blusa blanca de algodón con el escudo bordado en el pecho izquierdo y la chaqueta ligera azul marino con ribetes dorados. Me había ajustado la falda un poco más corta con el cinturón y llevaba la blusa ligeramente por fuera, con las mangas remangadas hasta los codos. El pelo suelto caía sobre mis hombros y me había puesto un toque de brillo labial.
Me dirigí a mi taquilla. El pasillo olía a cera fresca, a libros y al leve aroma de los cafés que traían los seniors. Estaba sacando mis libros de matemáticas cuando oí su voz detrás de mí.
—Buenos días, novia —dijo Caleb con esa sonrisa fácil que ya se había vuelto mi favorita. Se apoyó en la taquilla contigua, todavía con el pelo húmedo de la ducha matutina.
Le devolví la sonrisa, sintiendo cómo se me encendían las mejillas.
—Buenos días. ¿Cómo ha ido el entrenamiento?
—Duro, como siempre. Pero valió la pena saber que te vería aquí. —Se acercó un poco más—. Estás especialmente guapa hoy. Esa falda te queda perfecta.
Estábamos allí, hablando en voz baja y sonriendo, cuando el aire del pasillo cambió. Levanté la vista y vi a Ethan Blackwell caminando hacia nosotros con Madison pegada a su costado. Ethan no llevaba el uniforme del colegio; vestía como siempre de calle: vaqueros oscuros que le caían bajos en las caderas, una camiseta negra ajustada que marcaba sus hombros anchos y brazos definidos, y unas zapatillas negras. Su pelo rubio trigo estaba revuelto y aquellos ojos grises barrían el pasillo con esa intensidad que hacía que la gente se apartara. Madison, en cambio, sí llevaba el uniforme modificado, con la falda muy corta y varios botones de la blusa desabrochados.
Pasaron justo a nuestro lado.
Ethan miró primero a Caleb.
—Hayes —saludó con un leve movimiento de cabeza, sin detenerse.
Caleb levantó la barbilla y respondió con naturalidad:
—Blackwell.
Entonces los ojos de Ethan se posaron en mí. Solo un segundo, pero fue suficiente para que sintiera un escalofrío. Su mirada bajó lentamente por mi uniforme —la falda ligeramente subida, la blusa un poco suelta— antes de volver a mi rostro. No dijo nada. No sonrió. Solo me registró y siguió caminando con Madison riendo algo en su oído. El aroma de su colonia quedó flotando en el aire.
Caleb soltó un suspiro suave y se giró hacia mí.
—Ese es Ethan… ya lo conoces. Oye, ¿te gustaría venir hoy a ver el entrenamiento del equipo? Es a las cuatro y media en el campo de atrás. Me gustaría que me vieras jugar.
Lo miré, todavía con el corazón un poco acelerado.
—Me encantaría —respondí.
El resto del día pasó entre clases y miradas cómplices con Caleb. Cuando sonó el último timbre, Lauren y Megan estaban tan emocionadas como yo.
—Esto es perfecto —dijo Lauren mientras caminábamos hacia el campo, todavía con los uniformes puestos—. Caleb es un buen chico.
Me quité la chaqueta del uniforme y la até a la cintura, dejando solo la blusa blanca que ahora se pegaba ligeramente a mi piel por el calor de la tarde. La falda se movía con el viento.
El campo de lacrosse estaba bañado por la luz dorada de la tarde. El aire olía a hierba recién cortada, a tierra húmeda y al sudor de los chicos que ya calentaban. Las gradas metálicas crujían bajo el peso de las fans habituales. Madison estaba allí, sentada con el grupo popular.
Nosotras tres nos sentamos un poco apartadas. Ethan, como capitán, dirigía el entrenamiento. Llevaba ropa de práctica: pantalones cortos deportivos negros, una camiseta sin mangas del equipo de lacrosse que dejaba ver sus brazos musculosos y tatuajes pequeños que no había notado antes. Se movía con una gracia feroz y agresiva, gritando indicaciones con voz firme. Caleb, en el equipo junior con su equipación similar, me buscaba con la mirada y me sonreía ampliamente cada vez. Yo le devolvía la sonrisa, sintiendo mariposas suaves.
El entrenamiento duró casi una hora y media. Cuando terminó, Lauren y Megan se despidieron.
—Cuéntanos todo mañana —me dijo Lauren con un guiño.
Me quedé sola esperando a Caleb fuera del campo, apoyada contra la valla metálica. Me había soltado un poco más el pelo y tenía la blusa algo arrugada y fuera de la falda.
Entonces lo vi.
Ethan estaba un poco apartado, cerca de los vestuarios exteriores, hablando en voz baja con un chico de último año. Llevaba todavía la camiseta sin mangas del entrenamiento, sudada y pegada al torso. Vi cómo le pasaba discretamente un paquetito blanco y recibía dinero a cambio. El intercambio fue rápido.
Me quedé congelada, mirándolo más tiempo del que debía. Ethan levantó la vista y sus ojos grises se clavaron en los míos. Me giré rápidamente, fingiendo que observaba el campo vacío, con las mejillas ardiendo.
Oí sus pasos sobre la grava. Se detuvo a un metro de mí.
—Si sabes lo que te conviene, no has visto nada —dijo con voz baja, grave y amenazante—. ¿Entendido?
Tragué saliva. Su presencia era abrumadora: olor a sudor limpio, a hierba y a su colonia oscura. La camiseta se le pegaba al pecho, marcando cada músculo.
—No he visto nada —respondí, intentando que mi voz no temblara.
Ethan soltó un gruñido bajo, casi animal, y se quedó mirándome un segundo más, sus ojos bajando un instante por mi blusa y mi falda antes de volver a mi rostro. Luego se dio la vuelta y se alejó con pasos furiosos hacia los vestuarios.
Me quedé allí, con la espalda contra la valla, el corazón latiéndome con fuerza. No sabía si era puro miedo… o si había algo más. Algo peligroso y eléctrico que me recorría las venas cada vez que esos ojos grises se posaban en mí. Me sentía viva de una forma que Caleb, con toda su dulzura, no había conseguido despertar todavía.
Caleb apareció poco después, recién duchado y sonriente, con la camisa del uniforme puesta.
—¿Lista para irnos? —preguntó, ofreciéndome la mano.
Asentí, forzando una sonrisa, y entrelacé mis dedos con los suyos. Mientras caminábamos, no pude evitar mirar una última vez hacia donde Ethan había desaparecido.
Algo dentro de mí ya sabía que esa no sería la última vez que Ethan Blackwell me hablaría directamente. Y que, por mucho que intentara ignorarlo, una parte de mí no quería que lo fuera.




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