Hilos de espinas

Capítulo 7

El sábado por la tarde, la habitación de Lauren parecía un campo de batalla de ropa, maquillaje y risas nerviosas. Me había escapado de casa diciéndole a mis padres que dormiría en su casa después de “una noche de películas con las chicas”. Mamá había dudado un poco, pero finalmente me dejó ir. Lauren me ayudó a elegir el outfit perfecto: un vestido negro corto, ajustado en la cintura y con un escote sutil que marcaba mis curvas sin ser vulgar. Me puse unas botas cortas y dejé mi pelo suelto en ondas suaves. Me maquillé con cuidado: sombra ahumada que hacía que mis ojos verdes resaltaran, un poco de rubor y un gloss rosado en los labios. Cuando me miré al espejo, casi no me reconocí. Parecía mayor, más segura, más peligrosa.

—Estás espectacular —dijo Lauren, sonriendo de oreja a oreja—. Caleb se va a quedar sin aliento.

Caleb llegó puntual a las ocho. Cuando bajé las escaleras de casa de Lauren y lo vi esperándome junto a su coche, su cara lo dijo todo. Sus ojos se abrieron un poco más y una sonrisa lenta y admirada se dibujó en sus labios.

—Emily… Dios mío. Estás increíble —murmuró, dándome un beso suave en la mejilla, como siempre, respetuoso—. Vas a ser la chica más guapa de la fiesta.

El camino hasta la casa de Ryan fue corto, pero mi estómago no paraba de dar vueltas. La música se oía desde la calle. La casa era enorme, de dos plantas, con luces de colores saliendo por las ventanas y el jardín lleno de coches. Dentro, el ambiente era espeso: olor a cerveza, a perfume mezclado, a pizza y a humo de cigarrillos electrónicos. La música retumbaba fuerte, haciendo vibrar el suelo.

Caleb me tomó de la mano y me guio entre la gente. Empecé a pasarlo bien casi sin darme cuenta. Bailamos en el salón improvisado, riéndonos cuando alguien tropezaba o cuando Caleb imitaba mal los pasos de baile. Me hizo reír con sus comentarios tontos sobre la gente que pasaba. Siempre estaba atento: me traía refrescos, me preguntaba si tenía calor, si quería salir un rato al jardín. Nunca intentaba besarme en la boca. Nunca me tocaba más de lo necesario. Me respetaba de una forma que me hacía sentir valorada… y, al mismo tiempo, extrañamente frustrada.

Más tarde nos sentamos en un sofá grande del salón, rodeados del grupo del lacrosse. Había jugadores con sus novias o con animadoras pegadas a ellos. La conversación fluía entre risas, bromas subidas de tono y anécdotas de partidos. Caleb me tenía abrazada por los hombros, su cuerpo cálido y seguro contra el mío.

Entonces la puerta principal se abrió y entró él.

Ethan.

Solo.

Sin Madison. Llevaba vaqueros oscuros, una camiseta negra ajustada y esa chaqueta de cuero que le daba un aire aún más intimidante. Su pelo rubio trigo estaba revuelto y sus ojos grises barrieron la habitación como si fuera suya. El aire cambió. Algunas conversaciones bajaron de volumen. Varias chicas se giraron a mirarlo.

Se acercó al grupo y se dejó caer en un sillón frente a nosotros. Alguien del equipo, probablemente Ryan, le preguntó con una sonrisa burlona:

—¿Y Madison? ¿No viene contigo?

Ethan soltó una risa corta y seca, sin humor.

—La dejé. Me aburrí de ella. Siempre lo mismo, siempre lo mismo.

Algunos rieron. Otros silbaron. Yo no pude reír. En el momento en que Ethan entró, sentí que todo mi cuerpo se encendía. Un calor intenso me subió desde el estómago hasta el pecho. El corazón empezó a latirme con fuerza, descontrolado, como si quisiera salirse. Mis manos se humedecieron y un cosquilleo eléctrico me recorrió la nuca. Era imposible no mirarlo. Su presencia llenaba la habitación entera. Me sentía atraída y aterrorizada al mismo tiempo, como una polilla que ve la luz más brillante y peligrosa. Caleb seguía a mi lado, cálido y bueno, pero Ethan… Ethan hacía que todo mi ser vibrara de una forma que no entendía ni podía controlar.

La fiesta continuó. Bebí un poco más de mi refresco, reí cuando tenía que reír, pero mi mirada se escapaba hacia él constantemente. Ethan hablaba poco, pero cuando lo hacía, su voz grave destacaba por encima de la música. Y cada vez que sus ojos grises se cruzaban con los míos, aunque fuera solo un segundo, sentía que me faltaba el aire.

En un momento necesité ir al baño. Me levanté, le dije a Caleb que volvería enseguida y subí las escaleras. El pasillo de arriba estaba más oscuro y menos ruidoso. Salí del baño unos minutos después, todavía con la cabeza dándome vueltas, y entonces una mano fuerte me agarró del brazo.

Ethan.

Sin decir una palabra, me metió en la primera habitación que encontró abierta y cerró la puerta detrás de nosotros con un golpe seco. Me estampó contra la madera, su cuerpo alto y fuerte presionándome contra ella. El olor de su colonia, mezclado con un leve aroma a cigarrillo y a él mismo, me invadió por completo.

—Mariposa… —susurró, con esa voz ronca que me erizaba la piel.

Mi respiración se volvió agitada. Estaba tan cerca que podía sentir el calor de su pecho, el latido fuerte de su corazón. Levanté la mirada. Era mucho más alto que yo, así que tuvo que agacharse ligeramente para que nuestras caras quedaran casi a la misma altura.

—¿Por qué… por qué me llamas mariposa? —pregunté en un susurro tembloroso.

Ethan me miró fijamente a los ojos durante unos segundos eternos. Su mano todavía sujetaba mi brazo con firmeza, pero sin hacerme daño.

—Porque eres dulce —dijo en voz baja, casi íntima—. Tienes una pureza que yo perdí hace mucho tiempo. Eres algo que yo no tengo… algo limpio. Especial. Distinta. Y lo más jodido es que no eres fácil de tener. Eres la novia de Caleb. Eso te hace aún más peligrosa.

Sentí que me faltaba el aire. Mi pecho subía y bajaba rápidamente. Quería que me besara. Lo deseaba con una intensidad que me avergonzaba. Quería sentir sus manos en mi cintura, en mi cuello, en mi pelo. Quería tocar su pecho, sentir los músculos bajo la camiseta, probar el sabor de su boca. El deseo era tan fuerte que me dolía. Pero no dije nada. Solo lo miré, con los labios entreabiertos y el corazón desbocado.




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