Hilos de espinas

Capítulo 8

Había pasado más de una semana desde la fiesta, y el recuerdo de aquella noche todavía me quemaba la piel cada vez que cerraba los ojos. Era como si el fantasma de sus manos y su voz se hubiera quedado grabado en mi cuerpo, imposible de borrar.

Estaba en la biblioteca del colegio, sentada en una de las mesas del fondo, donde la luz entraba más suave a través de las altas ventanas de cristal esmerilado y el silencio era casi absoluto, casi sagrado. El aire olía a papel viejo y a madera pulida, con ese leve toque dulzón del café que alguien había derramado horas antes en la mesa de al lado. Las estanterías altas proyectaban sombras largas sobre el suelo de linóleo desgastado, y el único sonido era el leve crujido de las páginas cuando alguien pasaba una hoja al otro lado de la sala. Tenía los libros abiertos delante de mí, el cuaderno lleno de apuntes desordenados y un bolígrafo entre los dedos que no paraba de girar. Pero las letras se negaban a tener sentido. Mi mente estaba en otro lugar.

Entonces lo sentí antes incluso de verlo.

Ethan se sentó frente a mí sin hacer ruido. La silla apenas crujió bajo su peso. No dijo una sola palabra. Solo apoyó los antebrazos fuertes sobre la mesa, inclinándose ligeramente hacia delante, y me miró fijamente con aquellos ojos grises que parecían capaces de atravesarme el alma. Eran del color de una tormenta contenida, intensos, oscuros, casi hipnóticos. Mantuve la vista clavada en el libro, fingiendo que seguía estudiando, pero las palabras se volvían borrosas, bailaban frente a mis ojos como si estuvieran bajo el agua. Podía sentir su mirada como una caricia física, lenta y pesada: recorría mi rostro, bajaba por mi cuello, se detenía en la forma en que mi blusa del uniforme se ajustaba a mi pecho con cada respiración cada vez más agitada.

El ambiente entre nosotros se volvió denso, cargado de una electricidad casi palpable. El silencio de la biblioteca, que antes me resultaba tranquilizador, ahora era opresivo, asfixiante. Mi corazón latía con tanta fuerza que estaba segura de que él podía oírlo. Un calor traicionero me subió desde el estómago hasta el cuello y las mejillas, tiñéndome la piel de un rojo que no podía disimular. Mis manos temblaban ligeramente sobre las páginas del libro; las apreté con más fuerza para que no se notara. Olía a él, ese aroma que siempre me mareaba: colonia oscura de madera y especias, mezclada con el leve rastro de cigarrillo que se le pegaba a la ropa. Era un olor masculino, peligroso, que se colaba en mis pulmones y me hacía sentir la boca seca.

El silencio se alargaba, pesado, casi insoportable. Pasaron minutos eternos. Yo no apartaba la vista del libro, pero cada fibra de mi cuerpo estaba concentrada en él. Sentía la piel sensible, caliente, como si cada centímetro estuviera despierto y esperando algo que no me atrevía a nombrar. La respiración se me había vuelto superficial, entrecortada. Un cosquilleo nervioso me recorría la nuca y bajaba por la espalda. Quería mirarlo, pero al mismo tiempo tenía miedo de hacerlo, miedo de que si levantaba los ojos todo lo que estaba conteniendo explotara aquí mismo, en medio de la biblioteca.

Finalmente, Ethan se levantó con una lentitud deliberada que me puso aún más nerviosa. Se inclinó sobre la mesa hasta que su rostro quedó muy cerca del mío. Su aliento cálido me rozó la oreja, enviando un escalofrío por todo mi cuerpo.

—Te espero en la puerta en diez minutos —susurró con esa voz grave y ronca que siempre me erizaba la piel.

Se enderezó y se marchó sin mirar atrás, sus pasos seguros resonando suavemente en el silencio de la sala.

Me quedé inmóvil unos segundos, con el corazón desbocado y las piernas temblando debajo de la mesa. Cerré los libros con manos torpes y temblorosas, guardé todo en mi mochila y salí de la biblioteca intentando caminar con normalidad, aunque sentía que todo el mundo podía ver el rubor en mis mejillas y el pánico mezclado con excitación en mis ojos.

Cuando llegué a la puerta principal, Ethan ya estaba allí, apoyado contra su Mustang negro con esa postura despreocupada y peligrosa que lo caracterizaba. Terminaba de fumarse un cigarrillo; el humo subía en espirales lentas y perezosas. Al verme, tiró la colilla al suelo, la aplastó con la zapatilla y rodeó el coche para sentarse en el lado del piloto. Yo me subí sin decir una palabra. El interior olía a cuero caro, a tabaco y a él. El motor ronroneó al arrancar y salimos del aparcamiento en un silencio cargado de tensión.

Condujimos casi media hora, alejándonos de la ciudad. Los árboles se volvieron más densos, el camino más estrecho y serpenteante. Ninguno de los dos habló. Yo miraba por la ventanilla, pero solo podía sentir su presencia a mi lado: el calor que emanaba su cuerpo, el leve tamborileo de sus dedos sobre el volante, la forma en que su respiración llenaba el espacio reducido del coche.

Llegamos a una cabaña lujosa escondida entre los pinos. Por fuera parecía rústica, con madera oscura y grandes ventanales, pero por dentro era moderna y elegante: suelos de piedra cálida, muebles de diseño minimalista, una chimenea grande donde crepitaba un fuego suave y una atmósfera que invitaba a quedarse para siempre. El silencio era absoluto, solo roto por el crepitar de la leña y el latido frenético de mi propio corazón.

Ethan cerró la puerta detrás de nosotros. Se acercó lentamente, sin prisa, hasta quedar a solo unos centímetros de mí. Levantó una mano y me acarició la mejilla con el pulgar, un roce suave que me hizo cerrar los ojos un instante.

—Dime, mariposa… —susurró, con los ojos grises clavados en los míos, tan cerca que podía ver las motas más oscuras en ellos—. Si ahora mismo te besara… ¿qué harías?

El mundo se detuvo. Todo a mi alrededor desapareció. Solo existían sus ojos, su aliento cálido rozando mis labios y el espacio cada vez más pequeño entre nuestros cuerpos. El aire se volvió espeso, caliente, casi irrespirable.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.