Hilos de espinas

Capítulo 9

Los días siguientes al beso en la cabaña fueron una tormenta interna que apenas podía disimular. Caminaba por los pasillos del colegio como si flotara, con el corazón latiendo a un ritmo distinto, más rápido, más vivo. Cada vez que cerraba los ojos recordaba el sabor de los labios de Ethan, la presión de su frente contra la mía, aquella frase que se repetía en mi cabeza como un eco constante: “Eres mi mariposa”.

Tenía que terminar con Caleb. No podía seguir engañándolo.

Lo hice un jueves por la tarde, después de clase, en el mismo banco del parque donde habíamos tenido nuestra primera cita oficial. El sol de la tarde se filtraba entre los árboles y el aire olía a hierba recién cortada y a flores tempranas. Caleb llegó sonriendo, como siempre, con esa luz buena y tranquila en la mirada. Cuando me vio la cara, su sonrisa se fue apagando poco a poco.

—Emily… ¿qué pasa? —preguntó, sentándose a mi lado y tomando mi mano.

Tragué saliva. Las palabras me quemaban en la garganta.

—Caleb… lo siento. No puedo seguir con esto. Tengo que romper contigo.

El silencio que siguió fue doloroso. Vi cómo su rostro cambiaba: primero confusión, luego sorpresa y finalmente un dolor profundo que intentó ocultar sin conseguirlo del todo.

—¿Es por Ethan? —preguntó en voz baja, aunque ya sabía la respuesta.

Asentí, sin poder mirarlo a los ojos.

Caleb soltó un suspiro largo y pesado. Me apretó la mano una última vez antes de soltarla.

—Emily… sé que no me vas a creer, pero tengo que decírtelo. Ethan te va a destrozar. Te va a hacer sentir como la única chica en el mundo, te va a envolver con esa intensidad suya hasta que no puedas respirar sin él… y cuando se canse, cuando se aburra, te va a dejar hecha pedazos. No será la primera vez. Y yo no voy a estar ahí para recogerlos.

Sus palabras me golpearon en el pecho como piedras. No le creí. No quería creerle. Pero algo se quedó ahí, una presión incómoda, una sombra pequeña pero persistente en medio de toda la euforia.

—Lo siento, Caleb —susurré—. De verdad.

Él se levantó, con los hombros caídos.

—Cuídate, Emily. De verdad espero estar equivocado.

Se marchó sin mirar atrás.

Esa misma tarde, en el recreo del día siguiente, Lauren y Megan me acorralaron cerca de las taquillas. Sus caras eran de preocupación pura.

—Emily, por favor, dime que no es verdad lo que se rumorea —dijo Lauren en voz baja—. ¿Has dejado a Caleb por Ethan Blackwell?

—No es tan simple… —empecé.

Megan me interrumpió:

—Ese chico es tóxico, Em. Todo el mundo lo sabe. Tiene problemas serios. Drogas, peleas, el tema de su madre… Te va a hacer daño. Te va a usar y luego te va a tirar como hizo con Madison y con todas las demás. Tú no eres como ellas. Tú eres… buena. Él te va a romper.

Escuché sus advertencias. Las escuché de verdad. Pero no las oí. Ya estaba demasiado metida. Me había enamorado de Ethan de una forma absurda, intensa y completamente irracional. Era como si hubiera caído en un abismo del que no quería salir.

—No lo conocéis como yo —fue lo único que respondí.

Mis amigas se miraron con tristeza, pero no insistieron más.

A la salida del colegio, cuando crucé las puertas principales con el corazón todavía acelerado, allí estaba él.

Ethan.

Apoyado contra un coche nuevo para mis ojos: un Audi negro brillante, elegante y potente, con las ventanas tintadas. Llevaba vaqueros oscuros, camiseta negra ajustada y esa chaqueta de cuero que tanto me gustaba. Cuando me vio, una sonrisa lenta y peligrosa se dibujó en sus labios.

Subí al coche sin decir nada. El interior olía a nuevo, a cuero y a su colonia. En cuanto cerré la puerta, Ethan arrancó y puso una mano sobre mi muslo, apretándolo con posesión.

—Hola, mariposa —dijo con voz grave.

Fuimos directamente a la cabaña. El trayecto se me hizo corto y eterno al mismo tiempo. Cuando llegamos, el sol de la tarde entraba por los grandes ventanales, bañando todo en una luz dorada y cálida. Ethan encendió la chimenea aunque no hacía mucho frío; solo quería crear ambiente, dijo.

Pasamos la tarde allí, solos.

Nos besamos durante horas en el sofá grande frente al fuego. Besos lentos, profundos, hambrientos. Sus manos recorrían mi espalda, mi cintura, mi pelo, pero siempre con un control que me volvía loca. Yo me perdía en él: en el sabor de su boca, en el calor de su pecho bajo mis manos, en el sonido grave de su voz cuando susurraba mi apodo contra mis labios.

—Eres mía —repetía entre beso y beso—. Solo mía.

Poco a poco los besos se volvieron más urgentes. Ethan me levantó en brazos sin esfuerzo y me llevó hasta la cama grande de la habitación principal. Me dejó caer suavemente sobre el colchón y se colocó encima de mí, mirándome con esos ojos oscuros que parecían devorarme.

—Quiero sentirte entera hoy —murmuró contra mi cuello mientras me quitaba la camiseta—. Sin prisas… pero sin controlarme tampoco.

Sus manos y su boca recorrieron mi cuerpo con una mezcla de ternura y salvajismo que me hizo perder la cabeza. Besó y lamió mis pechos, mordiendo suavemente mis pezones hasta que gemí su nombre. Bajó por mi vientre y, cuando separó mis piernas, su lengua me atacó con precisión experta. Me lamió, me succionó y me penetró con los dedos, llevándome al borde una y otra vez.

—Ethan… por favor… —supliqué, tirando de su cabello.

—Todavía no, mariposa. Quiero que te corras en mi boca primero —gruñó.

El orgasmo me sacudió con fuerza. Arqueé la espalda y grité mientras olas de placer me recorrían.

Solo entonces se incorporó, se quitó la ropa con movimientos rápidos y se colocó entre mis piernas. Sentí su polla dura y caliente presionando contra mi entrada.

—Mírame —ordenó con voz ronca.

Lo miré a los ojos mientras entraba en mí lentamente, centímetro a centímetro. Dolía, pero era un dolor dulce y delicioso.

—Joder, Emily… estás tan apretada —gruñó, quedándose quieto un momento para que me acostumbrara—. ¿Estás bien?




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.