Hilos de espinas

Capítulo 10

Había pasado el primer mes de relación y, para mí, todo parecía ir perfecto. Estaba profundamente enamorada de Ethan. Cada día con él era más intenso que el anterior. Me sentía adicta a su mirada, a su voz ronca llamándome “mariposa”, a la forma en que me tocaba como si fuera algo precioso y peligroso al mismo tiempo.

Era sábado por la tarde y el equipo jugaba un partido importante en casa. Las gradas estaban llenas. El aire olía a hierba recién cortada, a palomitas y a la tensión típica de los partidos de lacrosse. Ethan jugaba como capitán, dominante y agresivo sobre el campo. Su equipo iba ganando por tres puntos cuando, de repente, todo cambió.

Caleb, que también jugaba en el equipo, le dijo algo a Ethan mientras disputaban un balón. Nadie supo exactamente qué fue, pero el efecto fue inmediato. El rostro de Ethan se transformó en pura rabia. En medio del partido, soltó el palo, agarró a Caleb por la camiseta y le lanzó un puñetazo que lo hizo tambalear.

El público soltó un grito colectivo. Los silbatos sonaron con fuerza. Los compañeros y el entrenador corrieron a separarlos. Ethan forcejeaba como un animal enjaulado, con los ojos llenos de furia, mientras Caleb se defendía con dificultad.

—¡Ya basta! —rugió el entrenador, rojo de ira—. ¡Al banquillo los dos! ¡Ahora!

Los obligaron a sentarse. El partido continuó y, a pesar de la tensión, el equipo de Westfield ganó. Pero el ambiente en el campo estaba envenenado.

Al final del partido, el entrenador se acercó a ellos y les gritó sin piedad:

—¡Sois un maldito desastre! ¡Ethan, eres el capitán! ¡Se supone que debes dar ejemplo, no empezar peleas como un animal! ¡Una más y os echo a los dos del equipo! ¿Entendido?

Ethan no respondió. Solo miró a Caleb con un odio profundo, respirando con fuerza. Luego se levantó y se dirigió al vestuario soltando maldiciones entre dientes.

Caleb se quedó un segundo más en el banquillo. Buscó mi mirada entre las gradas, suspiró con tristeza y también se marchó al vestuario.

Esperé fuera con Lauren y Megan, nerviosa. Cuando Ethan salió, tenía el pelo todavía húmedo de la ducha y la mandíbula tensa. Ni siquiera miró a sus amigos. Me agarró del brazo con fuerza y casi me empujó hacia un coche diferente al que solía usar: un BMW negro mate, más agresivo y oscuro.

—Ethan… ¿qué pasa? —pregunté, preocupada, mientras me subía.

Él no contestó. Arrancó con un rugido del motor y apretó el volante con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron completamente blancos. Conducía rápido, demasiado rápido, con la mirada fija en la carretera. Yo podía sentir la rabia saliendo de él en oleadas. El ambiente dentro del coche era asfixiante.

Llegamos a la cabaña en silencio. En cuanto Ethan cerró la puerta detrás de nosotros, todo explotó.

Me agarró del cuello con una mano firme pero sin hacerme daño, y me estampó contra la pared con un golpe seco. Su cuerpo grande y fuerte me presionó contra la madera fría. Sus ojos grises ardían de ira, deseo y algo mucho más oscuro.

—Eres mía —gruñó contra mis labios—. Solo mía.

Y entonces me besó.

No fue un beso suave. Fue posesivo, salvaje, desesperado. Me besó como si quisiera marcarme, como si quisiera borrar cualquier rastro de Caleb o del mundo exterior. Sus labios se movían con fuerza contra los míos, exigentes, dominantes. Una de sus manos seguía sujetándome por el cuello, mientras la otra bajaba por mi cintura, apretándome contra su cuerpo. Sentí que me faltaba el aire, que todo mi ser se rendía a esa intensidad que me consumía por completo.

El beso fue largo, profundo y abrumador. Ethan me besaba como si estuviera enfadado conmigo también, como si quisiera castigarme y adorarme al mismo tiempo. Me aferré a su camiseta, respondiendo con la misma urgencia, con el corazón latiéndome tan fuerte que parecía que iba a romperse.

Cuando finalmente nos separamos, los dos respirábamos agitados. Ethan apoyó su frente contra la mía, todavía sujetándome contra la pared, y susurró con voz ronca y peligrosa:

—Nadie más te va a tocar. Nunca.

Cerré los ojos, temblando entre sus brazos, completamente perdida en él.

Sin darme tiempo a recuperarme, Ethan me giró bruscamente y me empujó contra la pared, pegando su pecho a mi espalda. Me levantó los brazos por encima de la cabeza y los sujetó con una mano mientras con la otra me bajaba los pantalones y las bragas de un tirón violento.

—Ethan… —jadeé, excitada y asustada a la vez por su intensidad.

—Cállate —gruñó contra mi oído, mordiéndome el lóbulo—. Hoy te voy a follar hasta que solo puedas recordar mi nombre.

Separó mis piernas con la rodilla y, sin preliminares suaves, sentí la cabeza gruesa de su polla dura presionando contra mi entrada. Entró de un solo empujón profundo y brutal, arrancándome un grito ahogado. Estaba empapada, pero igual dolió de una forma deliciosa y salvaje.

—Joder… tan apretada —gruñó, empezando a embestirme con fuerza, sin piedad. Cada golpe era duro, rápido y profundo, follándome contra la pared como si quisiera castigarme.

Mis gemidos rebotaban en la cabaña. Ethan me sujetaba las muñecas con una mano y con la otra me agarraba la cadera, tirando de mí hacia atrás para encontrarse con cada embestida violenta.

—Dime a quién perteneces —exigió, acelerando el ritmo, follándome más salvajemente.

—A ti… soy tuya —gemí entrecortadamente, sintiendo cómo el placer crecía de forma casi dolorosa.

Me soltó las muñecas solo para meterme dos dedos en la boca mientras seguía penetrándome sin control. Chupé sus dedos, gimiendo alrededor de ellos, completamente sometida a su rabia y deseo.

De repente me levantó una pierna, abriéndome más, y cambió el ángulo. Sus embestidas se volvieron aún más brutales, golpeando un punto dentro de mí que me hacía ver estrellas.

—No pares… ¡Ethan! —grité.

—Así, mariposa. Córrete en mi polla —ordenó con voz ronca.




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