Hilos de espinas

Capítulo 11

Habían pasado dos semanas desde la pelea en el partido y, en ese tiempo, Ethan se había vuelto aún más posesivo conmigo. Ya no era solo una mirada intensa o una mano en mi cintura cuando caminábamos por los pasillos; ahora parecía necesitar tenerme cerca todo el tiempo para poder respirar. Me esperaba en cada cambio de clase, me acompañaba hasta la puerta del aula y, durante el almuerzo, su mirada no se apartaba de mí. Todas las tardes, sin excepción, terminábamos en la cabaña. Era como si tuviera miedo de que, si me soltaba aunque fuera un segundo, el mundo entero pudiera arrebatarme de su lado.

Ese viernes el comedor estaba especialmente ruidoso. El aire olía a patatas fritas recalentadas en aceite viejo, a salsa de tomate dulce y a ese leve olor metálico que siempre dejaban las bandejas mojadas. La luz del mediodía entraba fuerte por los ventanales, creando reflejos brillantes sobre las mesas de fórmica. Yo estaba sentada con Ethan en una mesa algo apartada, cuando la vi acercarse.

Era Ava, su hermana menor.

Tenía quince años, igual que yo, pero parecía hecha de un material completamente opuesto al de Ethan. Mientras él era todo bordes afilados, fuerza y tormenta, Ava era delicada, casi frágil. Era más bajita que yo, de constitución delgada y pálida, con el pelo rubio ceniza que le caía liso y fino hasta media espalda. Sus ojos eran grises como los de Ethan, pero más claros, más tristes, como un cielo de invierno cubierto de nubes. Tenía la piel muy blanca y unas ojeras suaves que intentaba disimular. Caminaba despacio, como si cada paso le costara un pequeño esfuerzo invisible.

Cuando llegó a nuestra mesa, me miró y una sonrisa tímida pero sincera iluminó su rostro. Sin decir nada, se inclinó y me abrazó. Fue un abrazo cálido, suave y un poco tembloroso. Olía a champú de lavanda y a un perfume dulce de vainilla.

—Eres aún más hermosa de lo que Ethan me había contado —me susurró al oído—. Mi hermano tiene mucha suerte. De verdad.

Sentí un nudo en la garganta. Le devolví el abrazo con cuidado, como si temiera que pudiera romperse. Cuando nos separamos, Ava se sentó frente a nosotros. Ethan estaba muy tenso; tenía la mandíbula apretada y los hombros rígidos. Miraba a su hermana con una mezcla de protección feroz y algo parecido a la culpa.

El almuerzo fue extraño. El olor de la comida se me hacía más intenso, casi empalagoso. Ethan apenas probaba bocado, removiendo la comida con el tenedor. Ava picoteaba una ensalada con movimientos lentos y delicados. De vez en cuando levantaba la vista hacia su hermano con esa mirada resignada que parecía decir que ya estaba acostumbrada a cargar con un peso que ninguno de los dos mencionaba en voz alta. Yo intentaba hablar de cosas ligeras —las clases, el tiempo, cualquier tontería—, pero el ambiente se sentía cargado, lleno de palabras que nadie se atrevía a pronunciar.

De repente, las puertas del comedor se abrieron con más fuerza. Entró un grupo de jugadores del equipo de lacrosse, riendo y dándose empujones. Entre ellos estaba Ryan Thompson, el chico con el que Ethan había peleado aquel día, el mismo que provocó su expulsión de una semana.

Ava se tensó al instante. Su tenedor se quedó suspendido en el aire y todo el color desapareció de su rostro ya pálido. Ryan también se quedó congelado al vernos. Su mirada se clavó directamente en ella.

Luego, separándose del grupo, empezó a caminar hacia nuestra mesa con pasos nerviosos, las manos metidas en los bolsillos del pantalón.

—Ava… —dijo cuando llegó, con la voz temblorosa—. Por favor, déjame explicarte. Lo que pasó… yo nunca quise que llegara tan lejos. Fue un error. Solo quería hablar contigo y…

Ethan se levantó de golpe. La silla cayó hacia atrás con un ruido seco que hizo que varias cabezas se giraran. Sus ojos grises se oscurecieron de una rabia pura y peligrosa. Vi cómo cerraba los puños con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Reconocí esa postura. Estaba a punto de saltar.

Pero antes de que pudiera moverse, Ava se levantó rápidamente y agarró el brazo de su hermano con ambas manos. Sus dedos delgados se hundieron en la tela de la camiseta de Ethan.

—No —dijo ella con voz baja pero sorprendentemente firme—. Por favor, Ethan. No aquí. Vámonos.

Ethan respiraba con fuerza, mirando a Ryan como si quisiera destruirlo. Ryan retrocedió un paso, visiblemente nervioso y arrepentido. Finalmente, Ethan dejó que su hermana lo arrastrara. Los tres salimos del comedor bajo las miradas curiosas de medio colegio. El pasillo olía a desinfectante de suelos y a libros viejos.

Caminamos en silencio hasta la salida. Yo no me atrevía a preguntar nada. Sentía que había entrado en un terreno privado, doloroso y lleno de sombras que aún no me pertenecían. Ava me abrazó brevemente antes de marcharse. Su cuerpo se sentía frágil contra el mío.

—Gracias por estar aquí —me susurró antes de dirigirse al coche que la esperaba.

Ethan se quedó mirando cómo su hermana se alejaba. Luego se volvió hacia mí. Su expresión era dura, cerrada, casi impenetrable.

—No puedo quedar contigo esta tarde —dijo con voz tensa—. Y no puedo llevarte a casa. Lo siento.

Asentí, aunque por dentro sentía un nudo en el estómago.

—Está bien —respondí suavemente—. Ve con ella. Yo entiendo.

Ethan me miró un segundo más, como si quisiera decir algo importante, pero al final solo apretó la mandíbula y se marchó sin besarme, sin tocarme siquiera.

Volví a casa caminando sola. El cielo se había nublado y el aire traía ese olor fresco y terroso de la lluvia que se acerca. Cuando llegué, la casa olía a la sopa de verduras que preparaba mi abuela y a los lápices de colores que Ryan había dejado tirados por todo el salón. Ayudé a mi hermano pequeño con los deberes de matemáticas, explicándole con paciencia las sumas mientras él movía las piernas sin parar debajo de la mesa. Después me encerré en mi habitación a estudiar para el examen de historia.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.