Hilos de espinas

Capítulo 12

Pasaron los meses y, sin darme cuenta, llegó la primavera. El aire ya no olía a frío húmedo y a tierra mojada; ahora traía el perfume dulce de las magnolias que florecían en los jardines del colegio y el aroma fresco de la hierba nueva que crecía en los campos. Ethan y yo seguíamos juntos, pero todo había cambiado de una forma que no sabía explicar. Seguíamos viéndonos todos los días, seguíamos yendo a la cabaña casi cada tarde, pero él había empezado a desaparecer. A veces eran un par de días, a veces más. Desaparecía sin avisar, sin contestar mensajes, sin dar señales de vida. Cuando regresaba, siempre traía la misma excusa: Ava había empeorado. Su hermana estaba enferma otra vez, decía con voz tensa, y yo le creía. Quería creerle. Lo abrazaba fuerte, le besaba el cuello y le decía que lo entendía, que estaba ahí para lo que necesitara.

Pero Ava, de un día para otro, dejó de ir al colegio de nuevo. Un lunes simplemente no apareció. Yo no preguntaba. Ya había aprendido que, cuando sacaba el tema, Ethan se ponía tenso, la mandíbula se le apretaba y su voz se volvía más cortante, casi agresiva. “No te metas en eso”, me soltaba a veces, y yo me callaba. Opté por no decir nada. Prefería el silencio a verlo enfadado conmigo.

En la cabaña, sus besos ya no eran como al principio. Ahora eran más agresivos, más intensos, más posesivos. Me agarraba de la nuca con fuerza, me apretaba contra la pared o contra el sofá y me besaba como si quisiera marcarme, como si tuviera miedo de que me escapara. Sus manos bajaban por mi cuerpo con urgencia, casi con rabia, y yo me dejaba llevar porque lo amaba. Porque en esos momentos sentía que era lo único real que tenía.

Apenas hablábamos. Me quitaba la ropa con movimientos bruscos, me tiraba sobre la cama y me follaba con fuerza. Me penetraba profundo y salvaje, sujetándome las muñecas por encima de la cabeza mientras embestía sin control. Gemía su nombre entre lágrimas de placer y dolor mezclados, y él gruñía contra mi cuello “Eres mía, mariposa” una y otra vez, como si intentara convencerse a sí mismo. Se corría dentro de mí con un rugido, me abrazaba fuerte durante unos minutos y luego se quedaba callado, mirando al techo con la mirada perdida. Esos eran los únicos momentos en los que todavía sentía que me pertenecía.

Un miércoles, Ethan no apareció por el colegio. Yo estaba en la cafetería con Lauren, Megan y el resto del grupo, intentando que la comida no se me hiciera bola. El olor a patatas fritas y a hamburguesas grasientas llenaba el aire, mezclado con el perfume dulce de las chicas y el sudor de los chicos que venían del gimnasio. Hablábamos de tonterías cuando, de repente, Madison se acercó a nuestra mesa. La misma Madison que antes siempre estaba pegada a Ethan como una sombra. Caminaba con esa seguridad que yo nunca tendría, la falda del uniforme más corta de lo permitido y una sonrisa en los labios que no llegaba a sus ojos.

Se detuvo frente a mí y sacó el teléfono.

—Hola, Emily —dijo con voz melosa—. Creo que deberías ver esto.

Antes de que pudiera responder, puso el vídeo en la pantalla. El corazón me dio un vuelco. Era Ethan. Estaba en una fiesta, claramente ebrio, con los ojos vidriosos y esa mirada perdida que yo solo había visto un par de veces. Encima de él había una chica rubia, de curvas perfectas, con unos senos grandes que se marcaban bajo una camiseta ajustada. La chica se movía sobre él, besándolo, tocándolo. Ethan tenía las manos en su cintura y la besaba con la misma intensidad con la que me besaba a mí. El vídeo duraba solo unos segundos, pero fue suficiente para que el mundo se me cayera encima.

Madison sonrió, satisfecha.

—Ethan ya se aburrió de ti, cariño. Está con otra. Siempre hace lo mismo. Te usa hasta que se cansa y luego pasa a la siguiente.

No pude hablar. El ruido del comedor se volvió lejano, como si estuviera bajo el agua. Sentí un frío helado en el pecho, luego un calor que me subía por la garganta. No podía ser. Ethan no era capaz de hacerme eso. No después de todo lo que habíamos vivido, no después de sus promesas, de sus “eres mía, mariposa”.

Llamé a Ethan esa misma tarde. Una vez. Dos. Diez. No contestó. Le mandé mensajes. “Por favor, llámame”. “Necesito hablar contigo”. “¿Qué está pasando?”. Nada. Silencio absoluto. Pasó un día. Dos. Una semana entera. Cada noche me dormía con el teléfono en la mano, despertándome cada hora para ver si había respondido. No lo hizo.

El viernes por la noche ya no pude más. Me cansé de esperar, de llorar en silencio en mi habitación, de fingir delante de mis padres que todo estaba bien. Sabía dónde vivía Ethan. Todo el mundo en el colegio hablaba de la gran mansión de los Blackwell en las afueras, con sus verjas altas y sus jardines inmensos. Decidí ir. Me puse una sudadera y unos vaqueros, me subí al autobús y luego caminé los últimos veinte minutos bajo un cielo que ya estaba completamente oscuro.

Cuando llegué, la mansión estaba llena de luces y música. Era una fiesta enorme. La verja estaba abierta y la gente entraba y salía como si fuera una discoteca. Empujé la puerta principal con las manos temblorosas. El interior era un caos. El aire olía a humo de marihuana, a alcohol derramado, a perfume caro y a sudor. En las mesas del salón había rayas de polvo blanco, botellas de vodka y vasos de plástico por todas partes. En los rincones, parejas —o grupos— se besaban, se tocaban, se quitaban ropa sin importar quién los viera. La música retumbaba tan fuerte que sentía las vibraciones en el pecho.

Pregunté por Ethan a un chico que pasaba con una botella en la mano.

—¿Ethan? Arriba, en su habitación —me dijo, señalando la escalera con una sonrisa borracha.

Subí las escaleras con el corazón en la garganta. El pasillo de arriba estaba más oscuro, pero la música seguía llegando amortiguada. La puerta de la habitación de Ethan estaba entreabierta. Empujé con dedos temblorosos y entré.

Y ahí estaba.




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