Ethan abrió los ojos en ese momento y me vio. Por un segundo se quedó quieto, mirándome fijamente mientras la rubia seguía cabalgándolo sin parar, moviendo las caderas con fuerza y gimiendo alto. Una sonrisa lenta y oscura se dibujó en sus labios, esa misma sonrisa peligrosa que antes me volvía loca.
—Emily… —dijo con voz ronca, sin dejar de follar a la chica—. ¿Quieres unirte? Ven aquí, mariposa. Hay sitio para las dos.
La rubia giró la cabeza hacia mí, con el pelo revuelto y la cara sudada de placer. Me miró, sonrió con descaro y soltó un gemido largo y exagerado mientras seguía clavándose en Ethan con movimientos rápidos y profundos.
—Ven, bonita… —jadeó ella, lamiéndose los labios—. Podemos divertirnos los tres juntos.
Me quedé paralizada en la puerta, sintiendo que el suelo se abría bajo mis pies. El dolor fue tan brutal que por un momento ni siquiera pude respirar.
Salí corriendo de aquella habitación sin saber cómo mis piernas aún me sostenían. El mundo se había vuelto borroso, como si alguien hubiera bajado el volumen de todo excepto del latido desbocado de mi corazón. Bajé las escaleras tropezando, empujando cuerpos que ni siquiera veía, mientras el olor a marihuana, alcohol y sudor me golpeaba con más fuerza. Sentía náuseas subiendo por mi garganta, ardientes y amargas.
Empujé la puerta del primer baño que encontré en el pasillo de arriba. Apenas llegué al inodoro antes de vomitar. Todo salió: la poca comida que había conseguido tragar ese día, la bilis, el dolor. Vomité hasta que no quedó nada, hasta que solo fueron arcadas secas que me desgarraban el estómago. Me agarré al borde frío del inodoro con las manos temblando, las lágrimas cayendo sin control sobre la cerámica blanca.
Cuando por fin pude levantarme, me miré en el espejo. Tenía los ojos hinchados y rojos, la cara pálida y húmeda. Parecía una extraña. La chica que había entrado en esa mansión ya no existía.
Al salir del baño, Ethan estaba allí.
Apoyado contra la pared del pasillo, con los brazos cruzados y el pelo revuelto. Todavía tenía la camisa desabrochada y el cinturón flojo. Me miró directamente a los ojos y, por un segundo, creí ver algo parecido a lástima. Pero luego sonrió. Una sonrisa fría, distante, casi cruel.
—Ahora que lo has visto —dijo con voz baja y calmada—, ya sabes lo que viene a continuación.
Tragué saliva. Tenía la garganta en carne viva.
—Ethan… —mi voz salió rota, apenas un susurro.
Él se acercó un paso. Su mirada era de hielo.
—Se acabó, Emily. Lo nuestro termina aquí. Nunca debí empezar algo contigo. Eres demasiado… buena. Demasiado pura para mí. Y yo nunca voy a cambiar.
Cada palabra fue como un cuchillo clavándose despacio en mi pecho. Quise gritarle, preguntarle por qué, pedirle que me dijera que todo era una pesadilla. Pero no salió nada. Solo lágrimas silenciosas que rodaban por mis mejillas.
Ethan me miró un segundo más, como si estuviera grabando mi dolor en su memoria, y luego se dio la vuelta y regresó a su habitación sin decir nada más. La puerta se cerró detrás de él con un clic suave que sonó como el fin del mundo.
No recuerdo cómo llegué a casa esa noche. Creo que caminé. Creo que lloré todo el camino. Cuando entré, mi madre me preguntó qué me pasaba. Le dije que me dolía la cabeza y me encerré en mi habitación.
Desde ese día, todo se volvió gris.
Dejé de comer. La comida tenía sabor a nada, o peor, a traición. Mi abuela me preparaba sus platos favoritos, pero yo solo movía la comida en el plato hasta que me dejaban ir. Adelgacé tanto que mi ropa empezó a quedarme grande. Pasaba las horas tumbada en la cama mirando el techo, reproduciendo una y otra vez en mi cabeza aquella imagen: Ethan sonriendo mientras estaba con otra chica. Sonriendo. Como si mi dolor le divirtiera.
Caí enferma. Fiebre alta, debilidad extrema. Mis padres me llevaron al hospital una noche cuando me desmayé en el baño. Me ingresaron con desnutrición severa y depresión. Cumplí dieciséis años en una cama de hospital, con globos tristes que mi familia infló en la habitación y un pastel que apenas probé. Físicamente me recuperé poco a poco. Los médicos me obligaron a comer, me pusieron suero, me dieron pastillas. Pero por dentro seguía rota. El corazón me dolía de una forma que ninguna medicina podía curar.
Volví al colegio la última semana antes de que acabara el curso. Estaba más delgada, con ojeras profundas y una mirada vacía que asustaba a mis amigos. Lauren y Megan intentaron acercarse, pero yo ya no era la misma. Nada me importaba. Nada me hacía sonreír.
El último día de clases, mientras recogía mis cosas de la taquilla por última vez, Tyler se acercó con cara seria.
—Emily… ¿te has enterado?
Lo miré sin interés.
—Ava murió hace una semana —dijo en voz baja—. Se suicidó. Ethan… su padre lo mandó fuera del estado, con su hermano pequeño. Va a estudiar en una universidad de allí. Ya no va a volver.
Me quedé congelada en medio del pasillo. El ruido de los estudiantes celebrando el final de curso se volvió lejano. Ava. La dulce, frágil Ava. La que me había abrazado y me había dicho que era hermosa. Muerta. Y Ethan… se había ido. Sin despedirse. Sin una explicación. Sin nada.
Cerré mi taquilla con un golpe suave. El sonido resonó en mi pecho vacío.
Salí del colegio bajo un sol brillante de finales de junio. El aire olía a flores, a libertad, a verano. Pero para mí todo seguía siendo invierno.
Ethan se había ido.
Ava estaba muerta.
Y yo… yo me había quedado rota en mil pedazos que no sabía si algún día podría volver a unir.
Caminé hacia casa sintiendo que cada paso me costaba un esfuerzo sobrehumano. Dentro de mí solo había silencio y un dolor sordo, profundo, que parecía no tener fin.
Mi historia con Ethan Blackwell había terminado.
Y yo ya no era la misma chica que había llegado a Westfield High un año atrás. Esa Emily había muerto junto con todas sus ilusiones en una habitación de una mansión llena de luces y mentiras.