Hilos enlazados

Capítulo 5: Ojos ajenos.

Me despierto ante la luz que ingresa por la ventana, de algún modo ese siempre ha sido mi despertador. Me doy una ducha rápida y luego me cambio. Trato de hacerlo todo rápidamente para no incomodar a Karol cuando despierte y quiera ducharse.

Salgo de la habitación. Bajo las escaleras y me dirijo a mi despacho. En el camino me encuentro a Marco.

            -Te necesito en mi despacho para informarte de los cambios que habrá en la casa.

            -Claro, señor. –Responde siguiéndome por detrás.

Una vez dentro, le informo todo lo que necesito.

            -Necesito que investigues sobre el paradero de Paola.

- ¿Avisamos a la policía para que la encuentren? –Pregunta Marco, mientras revisa algunas páginas en el IPod.

            -No. Por ahora no ha hecho nada en nuestra contra. Sólo nos protegeremos por si las dudas.

            -Señor, es prófuga de la justicia. Es la mujer más peligrosa del país.

            -Hasta donde yo sé, Paola quería vengarse de mi padre porque lo traicionó, luego se enteró de que también era su padre. No hizo nada más que decirle lo mucho que lo odiaba, no veo el peligro.

            -Señor…

-Por ahora sólo necesito a Sebastián, cuidando dentro de la casa.

            -Claro señor, se lo diré ahora mismo. –Se levanta y se arregla el saco.

            -Por cierto, Karol no puede salir con Ismael de la casa sin que yo de la orden, ¿Quedó claro?

            -Sí, señor. –A juzgar por el tono de su voz, nos está de acuerdo con mis decisiones. Sale de mi despacho.

No puedo ni imaginar en la clase de monstruo me creen los miembros de mi personal. Pero todo esto es necesario.

El teléfono empieza a vibrar. Contesto.

            -Mateo, ¿eres imbécil o qué? –Es George, mi tío.

            -Hola tío, también es un placer saludarte. –Respondo serenamente.

            -Me puedes decir, ¿qué estás esperando para entregar a Paola a la policía?

            -Tío, no estoy de humor.

            -Mateo, ¿En qué mierda piensas?

Y sin dejar que agregue algo más, que pueda pinchar el globo de mi paciencia, corto.

No tengo ni una puta pizca de ganas de escuchar a alguien contradecir mis decisiones. Soy el que manda aquí.

            -Eres un imbécil, Mateo. –Natalia ingresa emputada.

Otra más.

            - ¿Cómo te atreves a hablarle de esa manera a Karol? Se preocupa por ti, carajo. ¿Cómo es que puedes ser tan egoísta? No te reconozco.

            -Natt, en serio no estoy de humor para esto. Te pido por favor que respetes mis decisiones y te reitres. Por favor. –Le señalo la puerta.

            -Al carajo. –Sale de la habitación, tal cual ingresó. Enojada.

El teléfono empieza a sonar, de nuevo. Esta vez es mi madre.

Dejo el teléfono de vuelta en la mesa. No quiero hablar con nadie más, nadie comprenderá por ahora.

Harto de escuchar el sonido de los mensajes y las llamadas en mi celular que no paran de llegar, me levanto de mi asiento y salgo. Camino por el pasillo. El silencio en la casa es gratificante, aunque un poco perturbador.

            - ¿Cómo que no puedo salir sin tu autorización? –La ira de Karol es fatal.

            -Tal cual lo dijiste. No puedes salir sin mi autorización. –Respondo frío, mientras sigo con mi camino.

Pero su mano en mi antebrazo impide que siga avanzando y me obliga a quedarme y escuchar el discurso de indignación que tiene para mí.

            - ¿Dónde está Mateo Reátegui? ¿Dónde está mi Mateo?

            - ¿De qué hablas? Estoy aquí.

            -No. Tú no eres el Mateo que conozco y amo demasiado… Te estás convirtiendo en lo que más detestabas. Te está volviendo en la viva imagen de tu padre. –Y se va. Dejándome a mi merced en el silencioso pasillo. Pensando en lo que dijo. En cuánto de eso es verdad y en cuánto es falso.

            - ¡Lo hago por tu seguridad y por la de mi hijo! ¡Nuestro hijo! –Grito, con la esperanza de que me escuche a lo lejos–. ¡Carajo! –Grito una vez más, liberando mi enojo. O al menos lo intento.

            -Papá… –Ismael aparece. Se le ve triste y confundido.

            -Ismael, hijo. ¿Qué haces aquí? –Me acerco, en un intento de olvidar este momento.

Lo cargo en brazos y le doy un beso en la frente.

            -Papá, ¿podemos ir al parque? –Su voz es tierna.

            -Hoy no, hijo mío. Hoy no es un buen día. –Vuelvo a darle un beso en la frente–. Vamos a jugar en tu habitación, ¿sí?

            -No… Ya me aburrí ahí. –Inclina la cabeza a un lado, mientras se mira las manos jugueteando.

            - ¿Al jardín?

            -No… Papá, vamos al parque. –Protesta.

            - ¿Y si hago que Marco te traiga unos juegos inflables al jardín?

            -Sí… –Celebra.

Le sonrío ante su divertida celebración. Comprendo su aburrimiento, yo también he estado encerrando al igual que él. Con la única diferencia de que yo no tenía a mi padre cerca, aunque mi hermano Ismael siempre estuvo para mí.

Carajo. Karol tiene razón, me estoy convirtiendo en mi padre.

Sigo mi camino rumbo a la sala de estar, ésta vez con Ismael en brazos. Haciéndome la compañía que tanto necesito desde que Karol y yo nos peleamos. Jamás pensé pelearme con ella de esta forma.

La puerta principal se abre repentinamente. Para mi sorpresa, la mujer que atraviesa la puerta bruscamente, es la misma mujer a la que he estado evitando todo el día. Mi madre.

            - ¡Abuela! –Ismael festeja la llegada de mi madre.

            -Hola, mi amor. –Le da un beso en la frente.

            -Mateo, ¿me podrías decir por qué me has estado evitando todo el día? –Muestra una sonrisa fingida que oculta su enojo.

            -He estado muy ocupado, madre. Con el trabajo, la seguridad de la casa y mi hijo.




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