La ciudad brillaba abajo como un escaparate obsceno.
Pantallas gigantes repetían sonrisas perfectas, capas ondeando en cámara lenta, frases inspiradoras que se sentían ensayadas hasta el cansancio. Cada edificio parecía gritar el mismo mensaje: ellos eran la esperanza, ellos eran lo correcto, ellos eran lo que valía.
Hinata observaba todo desde el borde del tejado con una expresión dura, casi inmóvil, como si estuviera mirando una obra que ya había visto demasiadas veces y que nunca le había gustado. No había fascinación en sus ojos ni nostalgia solo un rechazo denso, asentado en el pecho como una piedra que llevaba años ahí.
Durante mucho tiempo creyó en ese espectáculo. Creyó que si se esforzaba lo suficiente, si insistía aunque no encajara, si apretaba los dientes y seguía avanzando, algún día también sería parte de esa imagen gigantesca proyectada en los edificios. Pensó que el problema era él, que debía intentar más, entrenar más, desearlo más fuerte.
Ahora entendía que nunca se trató de esfuerzo.
Se trataba de ser útil.
Útil según sus reglas, útil según sus medidas, útil según lo que decidían que merecía ser llamado héroe.
Apretó la mandíbula sin darse cuenta.
Odiaba esa palabra.
No por lo que significaba, sino por a quiénes dejaba fuera.
Porque nadie hablaba de los que se quedaban mirando desde abajo. Nadie transmitía en pantallas gigantes a los que lo intentaron hasta romperse. Nadie hacía documentales sobre los que fueron clasificados como “interesantes”, “insuficientes”, “no prácticos”.
A esos solo los borraban.
Los empujaban suavemente hacia un costado con sonrisas educadas y consejos amables que en realidad decían lo mismo: no sirves para esto.
Hinata ya no sentía vergüenza al recordarlo.
Sentía rabia.
Una rabia tranquila casi madura pero peligrosa. No era un fuego descontrolado, era algo más frío y firme, como algo más convencido.
Porque ahora sabía algo que antes no entendía.
El problema no era que él no pudiera ser héroe.
El problema era que el sistema necesitaba que personas como él no lo fueran.
Y si para cambiar eso tenía que convertirse en lo que ellos llamaban villano, entonces que así fuera.
El recuerdo llegó solo, como siempre hacía.
No era una escena nítida ni una historia con principio y final. Era más bien una sensación adherida a una frase. Una voz imposible de reconstruir, un rostro que su mente intentaba enfocar y que siempre terminaba deshaciéndose, como tinta en el agua.
Pero las palabras… esas sí permanecían intactas.
—Si no lo intentas, te vas a arrepentir toda la vida.
Hinata soltó una risa baja, seca, que el viento se llevó enseguida.
—Vaya si lo intenté… —murmuró para sí.
Y entonces otro recuerdo se abrió paso.
Se vio a sí mismo años más joven, con el uniforme todavía grande en los hombros y esa energía luminosa que parecía empujar todo a su alrededor.
Tenía nervios, sí, pero estaban mezclados con emoción pura con esa certeza infantil de que, si daba lo mejor de sí, algo bueno tenía que pasar.
La fila de aspirantes avanzaba lento bajo la mirada analítica de los evaluadores. Algunos observaban con interés, otros con una educación distante que ya decía demasiado. Hinata intentaba no notar cómo sus ojos regresaban a él una y otra vez con esa misma expresión que había aprendido a reconocer con el tiempo: curiosidad primero, cálculo después, decepción al final.
Cuando usó su don, flotando apenas por encima del suelo con todo el esfuerzo concentrado en el abdomen, escuchó los murmullos que intentaban ser discretos. Comparaciones inevitables con otros estudiantes que movían autos, que generaban fuego, que alteraban el entorno con una facilidad que parecía injusta.
Nadie fue cruel.
Nadie fue grosero.
Fueron amables.
Demasiado amables.
Le hablaron de otras opciones, de otras áreas donde podría destacar, de caminos alternativos donde su habilidad “encajaría mejor”. Le sonrieron como se le sonríe a alguien que necesita ser desviado sin que se dé cuenta.
Hinata salió de ahí con el pecho apretado, pero no derrotado.
Porque esas palabras seguían resonando dentro de él.
"Si no lo intentas, te vas a arrepentir toda la vida."
Y él no quería arrepentirse.
Así que decidió que lo intentaría de nuevo en tercer año.
Entrenó más, e esforzó más e incluso sonrió más.
Pero el segundo intento fue peor.
Ya no hubo curiosidad en las miradas, ya no hubo evaluación real solo reconocimiento inmediato, ya sabían quién era y ya sabían lo que podía hacer.
Y, por lo tanto, ya sabían que no era suficiente.
Esa vez el rechazo fue más rápido, más silencioso y definitivo.
Sus compañeros comenzaron a reírse a sus espaldas, comentarios disfrazados de bromas, imitaciones de su forma de flotar, preguntas falsas sobre cuándo planeaba rendirse.
Sus amigos intentaban animarlo, decirle que no importaba, que podía dedicarse a otra cosa, que no tenía que seguir forzándose a algo que claramente no estaba funcionando.
Pero Hinata no escuchaba consuelo en esas palabras.
Escuchaba rendición.
Y él todavía no estaba listo para rendirse.
Sus intentos no se detuvieron después del rechazo.
Pero algo dentro de él sí cambió.
La esperanza dejó de ser una llama firme y comenzó a parecerse más a una vela que titila con cada corriente de aire. Seguía entrenando, seguía estudiando, seguía cargando libros sobre estrategias de rescate, primeros auxilios, protocolos de intervención, seguía diciendo que lo volvería a intentar pero ya no lo decía con la misma sonrisa. Ahora sonaba más a terquedad que a ilusión.
Fue en uno de esos días, saliendo de la universidad con la mochila más pesada de lo normal y la cabeza demasiado llena de pensamientos, cuando chocó contra alguien en la calle.