El viento nocturno le revolvió el cabello cuando dio el primer paso hacia la escalera de emergencia. La ciudad seguía brillando abajo, parecía arrogante pero luminosa, como si estuviera totalmente convencida de su propia pureza. Hinata bajó sin mirar atrás.
En el interior del edificio el aire olía a concreto húmedo y cables calientes. Las luces fluorescentes zumbaban como insectos atrapados. Atsumu lo esperaba con las manos en los bolsillos, recargado contra la pared como si estuviera aguardando a que saliera de una reunión cualquiera y no de una contemplación peligrosa sobre el borde del mundo.
—Te tardaste —comentó, alzando una ceja.
—Estaba despidiéndome —respondió Hinata.
Atsumu sonrió apenas.
—¿De la vista?
—De la idea de que ellos van a cambiar por sí solos.
Caminaron juntos por el pasillo, cada paso resonaba hueco y cada vez más abajo, se escuchaban voces como murmullos contenidos llenas de expectativa.
Cuando doblaron la esquina, el espacio se abrió en una antigua planta industrial reacondicionada con ventanas altas que dejaban entrar la luz azulada de la ciudad. Había unas veinte personas ahí, algunos con capuchas otros con los brazos cruzados pero todos con esa misma expresión que Hinata conocía demasiado bien.
La de los que fueron descartados.
Un chico con cicatrices en los brazos dejó de hablar cuando lo vio entrar mientras que una mujer de cabello oscuro enderezó la espalda, al fondo, alguien apagó un cigarro contra el suelo.
Atsumu no anunció nada porque no hacía falta.
Hinata avanzó hasta el centro del lugar.
Durante un segundo el silencio se volvió espeso, casi eléctrico.
—Moonlight dará una conferencia mañana —dijo al fin, su voz firme, clara—. Va a hablar sobre “igualdad de oportunidades en el sistema heroico”.
Algunos soltaron risas bajas.
—Van a transmitirlo en todas las pantallas del distrito central —añadió—. En el mismo lugar donde hacen sus ceremonias y sus discursos vacíos.
El chico de las cicatrices frunció el ceño.
—¿Qué estás pensando?
Hinata levantó la vista hacia las ventanas altas, como si pudiera ver las pantallas gigantes desde ahí.
—Estoy pensando que es hora de que nos escuchen.
Atsumu dio un paso al frente.
—No vamos a atacar civiles —aclaró, mirando a todos—. No somos lo que ellos dicen.
Hinata asintió.
—Pero sí vamos a interrumpir su espectáculo.
Se acercó a una mesa donde había planos desplegados. El papel olía a tinta fresca.
—Mientras Moonlight hable sobre lo justo que es el sistema, vamos a proyectar algo más.
—¿Qué cosa? —preguntó la mujer del fondo.
Hinata sostuvo su mirada.
—Historias.
Hubo confusión en algunos rostros.
—Las suyas, las nuestras. —Señaló a varios—. Los expedientes rechazados sin evaluación real, las rabaciones filtradas de entrevistas donde ya tenían decidido el resultado antes de que entráramos, con comparativas de inversión en dones “rentables” contra los que consideran poco prácticos.
El murmullo cambió por algo que ya no era duda más bien era atención.
—Que todo el país vea lo que no transmiten.
Atsumu sonrió, esa sonrisa que siempre parecía esconder un segundo plan.
—Y si intentan cortarnos la señal —añadió—, tenemos respaldo en tres servidores distintos.
Hinata volvió a hablar pero está vez más bajo.
—No quiero caos innecesario, tampoco quiero sangre solo quiero grietas.
Se hizo un silencio distinto.
—Porque si el sistema se cae —continuó—, no será por una explosión, será porque la gente deje de creer en él.
El chico de las cicatrices respiró hondo.
—¿Y Moonlight?
Hinata sostuvo la pregunta en el aire unos segundos.
La imagen del héroe en las pantallas con su capa ondeando y su sonrisa perfecta.
—Moonlight es el símbolo —dijo finalmente—. Y los símbolos no se destruyen, se desmontan.
Atsumu lo observó de reojo.
—Hablas como si quisieras salvarlo.
Hinata no respondió de inmediato.
En su mente, por un segundo, apareció la voz de aquella chica borrosa.
—No —contestó al fin—. Solamente quiero que entienda.
Atsumu soltó una risa suave.
—Eso suena más difícil que derrotarlo.
Hinata permitió que una pequeña sonrisa curvara sus labios.
—Exacto.
Desde afuera, una sirena de patrulla pasó a lo lejos. La ciudad seguía con su ritmo habitual, ignorante de lo que se estaba gestando bajo uno de sus edificios.
Atsumu dio una palmada ligera en la mesa.
—Entonces, jefe… mañana empezamos a quemar el mundo.
Hinata levantó la vista hacia las ventanas, hacia ese cielo sin estrellas devorado por luces artificiales.
—No —corrigió, con una calma que no temblaba.
Sus ojos brillaron apenas.
—Mañana empezamos a mostrarles por qué ya estaba ardiendo.
El murmullo del grupo volvió a elevarse mientras discutían rutas, horarios, puntos ciegos. Hinata escuchó un momento más y luego levantó una mano.
—Ajusten los detalles con Tsumu, los veo en una hora.
Nadie cuestionó la orden.
Se retiró por el pasillo lateral, subió las escaleras metálicas y entró en la habitación que usaba como propia, era pequeña con solo una cama individual contra la pared, una mesa con informes apilados, una lámpara de luz cálida que suavizaba el gris industrial del edificio, con una mezcla que lo hacía oler a tela limpia y a metal viejo.
Cerró la puerta.
El silencio ahí dentro no era el mismo que el del tejado, este era más íntimo un poco más honesto.
Se dejó caer en la silla frente al escritorio y apoyó los codos en las rodillas, durante un segundo, simplemente respiró y el recuerdo volvió.
No el del puente si no de tiempo después de aquella noche que decidió no saltar.
Atsumu no lo llevó a ningún cuartel secreto ni a una guarida dramática. Lo llevó a una cafetería abierta veinticuatro horas, con luces amarillas y mesas pegajosas lo que hacía que el contraste con la conversación era casi absurdo.