Hilos Rotos

Informe 03: Incorporación de variable externa

La música todavía vibraba en las paredes del escondite cuando Hinata cruzó la puerta.

Habían abierto todas las ventanas. El aire nocturno entraba cargado de ciudad, de sirenas lejanas y murmullos eléctricos, en la mesa había botellas abiertas, vasos mal servidos, una laptop repitiendo fragmentos del video como si fuese un trofeo que necesitara comprobar su propia existencia.

—¡Lo logramos! —gritó alguien desde el sofá.

—Están en todas las pantallas —añadió otro, con el teléfono en alto—. ¡Las cadenas no pueden apagarlo!

Atsumu estaba de pie junto al monitor, mostrando aquella sonrisa afilada, mientras sus ojos brillaban como si el caos fuera una sinfonía compuesta exclusivamente para él.

—Te dije que eras la chispa correcta —le murmuró cuando Hinata se acercó.

Hinata soltó una risa breve. El peso del día aún vibraba en sus músculos, la adrenalina estaba bajando como una marea que deja la arena temblando.

—Una chispa que lo logro —respondió—. Empecé el incendio.

Algunos aplaudieron, otros brindaron incluso alguien puso la música más alta.
Las noticias ya hablaban de protestas espontáneas, comentarios furioso, algunos Héroes en comunicados improvisados.

Hinata miró la pantalla unos segundos más. Su propio rostro, proyectado desde el techo del edificio, parecía alguien distinto, como una sombra más grande que irradiaba peligro.

Pero cada vez más lejano de si mismo.

—Voy por más alcohol —anunció de pronto, tomando una botella vacía de la mesa—. Antes de que empiecen a cerrar las tiendas.

—¿Solo? —preguntó Atsumu, ladeando la cabeza.

—Necesito caminar.

Atsumu lo observó un segundo demasiado largo, pero terminó asintiendo.

—No tardes, estrella.

Hinata rodó los ojos, tomó una gorra negra y se colocó una sudadera naranja enorme que le tragaba las manos, se miró en el espejo del pasillo, con la capucha baja y el cabello oculto, parecía un chico cualquiera, un estudiante que no podía dormir, algo que nadie miraría dos veces.

O al menos eso esperaba.

La noche estaba fresca. Las luces de los edificios parecían más intensas de lo normal, como si la ciudad hubiese despertado junto con el escándalo.

Caminó con las manos en los bolsillos. Pasó junto a un par de personas que discutían mirando sus teléfonos.

—¿Viste el video?

—Dicen que es falso.

—No lo es, no puede serlo.

Hinata siguió andando.

El zumbido de la tienda de conveniencia lo recibió como un refugio artificial. Compró varias botellas sin levantar demasiado la cabeza aunque el dependiente apenas lo miró.

Cuando salió, el aire volvió a abrazarlo y fue entonces que la vio.

Primero fue solo algo parecido a un destello naranja en la acera, bajo la luz blanca del farol. Pensó que era una bolsa, una prenda olvidada.

Pero no.

Era una chica.

Cabello naranja, más claro que el suyo, extendido como un halo desordenado sobre el concreto, estaba demasiado delgada con los labios resecos y agrietados. La piel tenía ese tono pálido que no pertenece al sueño, sino al agotamiento.

Hinata se quedó quieto podía seguir caminando, podía pensar que no era su problema.

Podía recordar que ahora mismo era el hombre más buscado del país.

Un coche pasó a lo lejos. Nadie se detenía.

—Tsk…

Se agachó.

—Oye —murmuró, tocándole el hombro con cuidado—. ¿Me escuchas?

Nada.

Su respiración era débil, pero estaba ahí frágil como hilo de papel.

Hinata tragó saliva.

“Podrías dejarla.”

La idea apareció como algo práctico pero frío pero otra imagen se superpuso sin permiso.

Un puente.

Un momento.

Una decisión.

No.

Con un suspiro, dejó las botellas en el suelo y la cargó como pudo aunque era ligera, demasiado ligera.

—No me hagas esto justo hoy —murmuró, ajustándola contra su pecho—. Estoy celebrando, ¿sabes?

Su cabeza cayó contra su hombro.

Hinata recogió las botellas con una mano y comenzó a caminar de regreso. Su corazón latía más fuerte que durante la batalla.

No era por miedo ni nada parecido más bien era algo distinto, una sensación que no sabía nombrar.

El viento levantó ligeramente el cabello de la chica que bajo la luz, el color era casi dorado.

Hinata frunció el ceño.

Había algo en su rostro, algo que era inquietantemente familiar pero no podía precisar qué.

Y mientras avanzaba por la calle casi vacía, con el peso tibio de aquella desconocida contra su pecho, la ciudad seguía rugiendo por su nombre sin saber que, en ese mismo instante, el que se había convertido en enemigo estaba cargando a alguien que parecía haber caído del mismo fuego que lo hizo brillar, incluso la noche parecía colaborar volviéndose silenciosa, como si contuviera la respiración.

La puerta metálica del escondite se cerró con un golpe hueco cuando Hinata entró.

Las risas seguían flotando en la sala común, mezcladas con el murmullo constante de notificaciones. Nadie notó de inmediato que regresaba cargando algo más que botellas.

Hasta que Atsumu sí lo hizo.

Desde el otro lado del cuarto, apoyado contra la pared con los brazos cruzados, lo vio entrar. Sus ojos dorados descendieron lentamente desde la gorra… hasta la figura en brazos de Hinata.

Una ceja se alzó con la precisión de alguien que sabía que lo que estaba haciendo era mala idea.

Hinata no se detuvo, tampoco explicó nada. Caminó directo al pasillo, esquivando preguntas que aún no existían.

—Shōyō —la voz de Atsumu lo siguió, suave pero firme.

No era una pregunta, era una ligera advertencia envuelta en seda.

Pero Hinata no respondió, solamente empujó la puerta de su habitación con el pie y la cerró tras de sí aunque eso no sirvió cuando cinco segundos después, volvió a abrirse.

Atsumu entró sin pedir permiso.

La música quedó amortiguada detrás de la puerta. En la habitación solo había la luz cálida de la lámpara del escritorio y el leve zumbido del aire acondicionado.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.