Hilos Rotos

Informe 04: Variable No Prevista

El amanecer llegó sin pedir permiso, como siempre. Irradiando un gris, como si quisiera estar calladito, colándose por la rendija de la cortina entreabierta.

Hinata no había pegado ojo.

Airi se había desmayado otra vez apenas unos minutos después, como si decirlo algo en voz alta le hubiera quitado lo último que le quedaba de fuerzas.

El médico volvió, aún con su típico olor a café viejo y desinfectante pegado a la bata, ajustó el suero con manos rápidas y murmuró lo de siempre algo sobre "cansancio extremo" y "tener paciencia"

Paciencia.

Qué palabra más vacía cuando el pasado se te sienta en el pecho y empieza a respirar.

La habitación estaba en silencio ahora, solo se escuchaba el pitido suave y constante del monitor, como un corazón que se niega a callarse. La luz de la mañana pintaba rayas largas y frías sobre el piso de linóleo. Hinata estaba sentado en el borde de la cama, una pierna flexionada, el codo clavado en la rodilla, sin dejar de mirarla. El colchón se hundía un poco bajo su peso; podía sentir el calor que aún emanaba de ella a través de las sábanas arrugadas.
Su respiración era más tranquila. El pecho subía y bajaba con esa paz que solo tiene la gente cuando duerme de verdad. Su cara… Dios, parecía demasiado joven para cargar con tanto secreto con una piel pálida, pestañas oscuras contra las mejillas, un mechón pegado a la frente por el sudor de antes.

Hinata exhaló despacio, el aire salió caliente contra sus propios labios.

—Airi… —murmuró, probando el nombre como quien toca una cicatriz que todavía duele.

Afuera la ciudad empezaba a despertar. Se oía el ronroneo lejano de los autos, algún claxon impaciente, voces que subían desde la calle envueltas en el olor a pan recién horneado y humo de escape. En algún departamento cercano, un noticiero seguía hablando del caos de ayer, la voz metálica y repetitiva como un eco que nadie quería escuchar al menos hasta que lo vio.

Primero fue solo una sombra enorme que cruzaba el cielo plomizo, tapando la luz un segundo. Hinata levantó la mirada. El globo aerostático subía lento como si estuviera orgulloso, inflándose contra el viento frío de la mañana.

Los colores azules profundos, plateados y un toque de violeta brillaban incluso bajo esa luz opaca y en letras gigantes, casi insolentes, se leía:
MOONLIGHT.

Hinata entrecerró los ojos con la mandíbula tensa. El corazón le dio un golpe seco contra las costillas.
Eso no era un simple anuncio.
Era una declaración en toda la cara del mundo.
Habían decidido responder con un espectáculo.

Por alguna razón Hinata sabía que Tobio siempre había odiado ese teatro innecesario pero también sabía cómo soltar mensajes que se clavaran bien hondo.

El globo seguía subiendo, lento y arrogante, como una luna falsa reclamando el cielo que él había incendiado la noche anterior. El contraste era casi cruel y entonces el recuerdo lo golpeó de lleno.

La primera vez que se encontraron después de que todo se fuera a la mierda, después de que Hinata dejara de ser la gran promesa y pasara a ser la amenaza.

También fue en una azotea como si siempre terminaran en las alturas cuando las cosas se ponían serias.

Esa noche el viento era salvaje, le azotaba la cara con fuerza como si quisiera colarse hasta sus huesos y haciendo que le ardieran los ojos. Tobio apareció de la nada, materializándose a pocos metros, con ese brillo azul eléctrico de su poder todavía crepitando en el aire como chispas vivas.

—¿Así que este es tu camino? —le preguntó con esa voz baja, contenida, la que nunca sabías si era rabia o decepción pura.

Hinata sonrió, pero le salió torcida, sin una gota de alegría.

—Es el único que me dejaron.

Tobio dio un paso al frente. El viento rugía entre ellos.

—No tenías que cruzar esa línea.

—¿Y tú? —contestó Hinata, la voz ronca por el frío—. ¿Nunca has tenido ganas de romper todas las reglas cuando sabes que están podridas desde hace rato?

El silencio que vino después pesó más que cualquier explosión. En los ojos de Tobio había algo más que enojo, algo que sin duda era más jodido pero Hinata todavía no lograba ponerle nombre.

De regreso en la habitación, apoyó la frente contra el vidrio frío de la ventana. El frío le caló la piel al instante, su aliento empañó el cristal en un círculo pequeño y borroso.

Moonlight.

La ciudad siempre había amado los símbolos fáciles. Héroe contra villano, luz contra sombra pero la realidad era mucho más turbia, más gris y complicada.

—Siempre llegas tarde… —murmuró, sin saber bien si se lo decía al globo o a ese recuerdo que no lo soltaba.

Desde la cama, Airi se removió ligeramente. Un suspiro suave se le escapó de los labios y las sábanas hicieron un ruido quedito contra su piel.

Hinata giró la cabeza de inmediato sintiendo su pulso acelerándosele.

El pasado seguía respirando ahí, en esa habitación entre todas las decisiones que había tomado y esta chica que apenas empezaba a despertar, sintió que algo importante estaba a punto de cambiar, no era por la pelea tampoco por la revolución… sino por algo que parecía mucho más personal y eso comenzaba a asustarle más que cualquier héroe flotando en el cielo.

Ella parpadeó lento, confundida, como si regresara de muy lejos.
Hinata estuvo a su lado en un segundo.

—Tranquila —murmuró Hinata, pasándole un brazo por la espalda para ayudarla a incorporarse con cuidado—. Despacio, ¿sí?

Ella no se resistió. Sus dedos se cerraron alrededor del brazo de él, más tibios que antes, pero todavía tan ligeros que parecía que podrían romperse con solo un suspiro. El roce de las sábanas contra su piel hizo un sonido suave, casi secreto, cuando se sentó apoyada contra el cabecero.
No dijo nada solo miró hacia la ventana.

El globo aerostático seguía subiendo, majestuoso y descarado, con el MOONLIGHT flotando como una luna. La luz del amanecer le cayó de lleno en la cara y, por primera vez, Hinata vio sus ojos con claridad. No eran negros como pensó la noche anterior, más bien eran de un azul tan profundo que parecía tragarse todo el cielo, con un color tan denso como agua quieta en el fondo de un pozo, no brillaban ni parecían reflejar algo en específico, solo… estaban ahí, como si quisieran absorbiérlo todo.




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