XARA
Supe el momento exacto en que los amortiguadores de sonido se apagaron. Los pasos de las personas en los pisos terraneos, tres niveles arriba donde me encontraba, retumbaron en mi cabeza. El grito de alguien en el exterior terminó de despertarme.
Salí de la habitación y me apoyé en el marco de la puerta para observar a Allan, mi compañero de piso, preparando el desayuno en completo silencio. A pesar de ser un tactivo y no tener ningún beneficio de vivir con alguien de mi tipo, él había hecho todo lo posible por adaptarse a mis necesidades especiales, obviando las suyas propias en muchos casos.
Si bien el gobierno representativo de los sensitivos alentaba tales convivencias, lo cierto era que para muchos de nosotros era más cómodo convivir con quienes compartían nuestras mismas habilidades.
En aquel momento, cuando encontré un compañero de piso diferente a mí, pensé que vivir la experiencia sería algo bueno —alentada también por mis compañeros de trabajo y amigos de mi tipo—; y aquí me encuentro, viviendo con un tactivo. Su capacidad para moverse por el apartamento sin emitir casi ningún sonido era algo que aún me sorprendía, incluso después de varios meses de vivir juntos.
Todas mis dudas de compartir vivienda con Allan se extinguieron apenas unas horas después que él se mudó. Tenía la certeza que sería ruidoso por accidente, y yo había decidido tener mucha paciencia y ser bastante permisiva con él, pensando que con el tiempo ambos podríamos establecer una rutina y reglas de acuerdo a las necesidades de cada uno de acuerdo a nuestras habilidades. Para mi fortuna, él habia sido muy silencioso.
Ahora, frente a mí, preparando un desayuno completo en la cocina sin emitir ni un sonido, estaba mi apreciado compañero de piso.
Susurré un saludo hacia él, teniendo cuidado como siempre de no escuchar mi propia voz amplificada tras los primeros minutos de las horas compartidas. Allan se giró. Al verme en el umbral de mi habitación, murmuró un saludo de regreso.
Allan, como buen tactivo que era, se acercó y acarició mi rostro. Ya no me resultaba extraño. Luego de semanas juntos, dejé de preocuparme por su forma de comunicación.
Debido a la proximidad con Allan, y para mostrarle mi agradecimiento por su cuidado con mi sentido, algunas veces tocaba su cara de regreso, palmeaba su espalda o alborotaba su cabello, luego de eso, escuchaba como su corazón comenzaba a latir desbocado. Por supuesto que él no sabía que yo podía escuchar, sin estetoscopio, los latidos en su pecho.
⎯Hola ⎯susurré en un tono más alto.
Allan asintió sonriendo y regresó a la cocina.
Yo tenía que prepararme para el trabajo. En la Rama Gubernamental del Ruido o la R.G.R. Allan lo sabía y había preparado el desayuno más temprano de lo habitual.
Estaba lista para irme cuando lo vi terminando de empacar mi comida. Decidí agradecerle de una forma que igualara todo su esfuerzo. Me acerqué a él. Me paré sobre las puntas de los pies y besé su mejilla.
Emitió un grito ahogado que me lastimó. Me eche para atrás tapando mis sensibles oídos. Al mismo tiempo, él tapó su boca abruptamente.
⎯Lo siento ⎯dije⎯. No era mi intención asustarte.
Ciertamente pensé que mi beso en la mejilla le agradaría.
⎯No lo hiciste. ⎯Negó él con la cabeza.
⎯¿No te gustó? ⎯Tal vez había malinterpretado las costumbres de los tactivos.
⎯Todo lo contrario ⎯respondió Allan acariciando su mejilla. Yo le sonreí.
Con mi comida en el bolso de viaje, dije hacia Allan:
⎯Grac...
⎯Vas a llegar tarde ⎯dijo Allan. La interrupción me pareció extraña, pero ciertamente no tenía tiempo para preguntarle qué pasaba. Me llevó a la puerta de salida del apartamento⎯. Xara. No tienes que agradecerme nada.
⎯Pero que...
⎯No. Solo, no. ⎯Allan acarició mi cabeza. Su mirada dulce lejos de tranquilizarme, me entristeció-. No hay nada que pagar, somos compañeros de piso, no intercambistas.
⎯Compañeros de piso y… amigos. ⎯ofrecí algo dubitativa. Sería una grosería de mi parte no admitir al menos eso.
⎯Eso es un avance. -respondió Allan con renovada energía-. Llegarás tarde.
La delicada caricia sobre mi hombro intentó calmar la incómoda tensión entre nosotros, pero no lo suficiente. Tenía que decidir que quería hacer ante esa creciente situación.
Salí del departamento e inmediatamente fui golpeada con todos los ruidos de los pisos terraneos. Me tambaleé y esperé a acostumbrarme a la abrumadora sobre estimulación auditiva.
Llegué hasta la puerta principal del ala Este y la abrí. Una nueva ola de sonidos me golpeó. En la medida que salía de las capas de protección de los pisos subterráneos, me enfrentaba a golpes de ruido que por alguna razón estaba teniendo problemas para manejar ese día.
A mi espalda, escuché la puerta de un apartamento abrir y cerrarse, poco después, sentí a alguien detrás de mí. De inmediato sobre mi cabeza fueron puestos mis aislantes portátiles. Allan me los había traído.
⎯Deje la estufa prendida, adiós ⎯dijo sin esperar mi respuesta y se fue. Me encontraba sonriendo como una colegiala.
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Editado: 16.02.2026