Hiperestesia

CAPÍTULO 2

XARA

Abrí los ojos y me encontré envuelta en una nube de polvo. Las luces de seguridad titilaban en señal de peligro ¿Qué había pasado? Logré divisar a Wallace sosteniéndome, pero mirando hacia la lejanía gritando instrucciones:

⎯¿Dónde está el equipo se seguridad? ¿El equipo médico? Necesito que requisen el lugar y determinen un punto de encuentro y control…

Ah, ya lo recordaba, una bomba. Una bomba explotó en la Rama Gubernamental del Ruido. Eso no había pasado nunca antes, de hecho, no debía ser posible.

⎯Wa-Wallace.

Mi jefe se giró abruptamente. Enseguida, su voz llena de preocupación se concentró en mí:

⎯¿Cómo estás? ¿Te duele algo? ¿Dime dónde? ⎯Señaló mis oídos. Evidentemente preocupado por mi habilidad.

⎯Estoy adolorida, pero no siento nada roto ni sangrante y, lo más importante… ⎯señalé mis aislantes portátiles⎯. Me protegieron.

Él estudió mi rostro por un momento y verificó la integridad de mis aislantes portátiles sin quitármelos, cuando estuvo satisfecho, siguió dando instrucciones al personal de seguridad y a cualquier que pasara cerca y se encontrara físicamente bien.

El ataque había sido abismal, lo sabía porque a pesar de llevar los aislantes se filtraba el ruido exterior. El sonido del concreto debilitado y gritos de compañeros lastimados penetraba las 25 capas de maya inteligente que me “aislaba”.

Supe que en la situación en la que estaba la R.G.R., era crucial poner en marcha los protocolos, no solo de asistencia médica, sino también de asistencia psicológica. La historia me recordaba que los despojados eran una herida que podía traspasar generaciones.

Despertando por completo de mi aturdimiento, agarré con fuerza un brazo de mi jefe y lo jalé.

⎯¡Wallace! ¿Cómo estás? ⎯Wallace nunca portaba aislantes. ¿Qué tan dañados estarían sus oídos? Lamenté haber divagado en mi mente como una egoísta por demasiado tiempo.

Él inclinó la cabeza sin comprender mi pregunta. Señalé sus oídos. Emitió un insonoro “oh” y levantó las manos a mi cara mostrándome las palmas. En el centro de su mano abierta estaban pegados dos parches redondos grises.

⎯Son anuladores de ruido definitivo ⎯respondió Wallace en señas, procurando que nadie viera los movimientos de sus manos⎯. Es algo nuevo en lo que estoy trabajando. Estoy bien, de hecho, ni siquiera tengo acúfeno.

Era una suerte que Wallace hubiera portado ese dispositivo, en ese momento agradecí que fuera tan extraño y paranoico como sólo él podía ser. Luego le cuestionaría sobre qué eran los “anuladores de ruido definitivo”, pero ya me hacía una idea.

Me levanté y miré alrededor. Las motas de polvo comenzaban a asentarse, las luces de emergencia titilaban de distintos colores, amarillas y rojas para la advertencia de ataque, amarillas y naranjas para la advertencia que los amortiguadores de sonido no servían o estaban fallando.

Alguien agitó su mano desde la distancia pidiendo ayuda, intenté ir en su dirección, pero Wallace me detuvo.

⎯¿Qué…? ⎯Me quejé.

Wallace levantó un dedo en mi dirección pidiendo mi paciencia y en cambio llamó la atención de alguien más:

⎯¡Méridon! ⎯llamó a un trabajador del área de mantenimiento que estaba pasando⎯ atiende ese llamado por favor. Xara, entremos a la sala de reuniones.

Estuve alternando la mirada entre Wallace, la señora que pedía por ayuda y Méridon, hasta que escuché “sala de reuniones” y me congelé. En ella debían estar no solo el director Gustav y Narcila, su secretaria, sino también los cuatro representantes del gobierno de los no sensitivos.

⎯¿Crees tú…? —No era capaz de terminar de formular la pregunta.

¿Podría ser una casualidad que la R.G.R fuera atacada el mismo día en que los representantes del Gobierno de los No Sensitivos llegaron? ¿Era posible tal descaro?

⎯Vamos a averiguarlo ⎯respondió Wallace con la misma templanza que yo sentía.

Wallace anduvo delante. Bajo sus pies crujieron restos de vidrio, cemento y cerámica. Las puertas de la sala de reuniones estaban destruidas, sin embargo, los marcos de hierros ⎯que estaban deformados⎯ obstruían la entrada.

Con mucho esfuerzo entramos a la sala de reuniones forzando los marcos debilitados. Traspasamos el umbral destruido. Dentro de la sala, el viento exterior aún mantenía el polvo flotando y agitándose de un lado a otro.

Una mujer se me acercó cojeando, le faltaba su zapato izquierdo, sostenía sus manos entrelazadas frente a su pecho, su mirada estaba perdida. Me paré frente a ella y la llamé varias veces. No reaccionó.

⎯¿Narcila ? ⎯Puse mis manos en sus brazos⎯. ¿Puedes oírme? ⎯Wallace me miraba justo al lado, se giró y se arrodilló en un lugar al lado de la puerta⎯. Narcila, soy yo, Xara y el doctor Wallace.

Arrodillado al lado de la puerta, Wallace me miraba con el rostro endurecido, se había quitado su bata y la había puesto sobre alguien. Abrí los ojos alarmada.

⎯El director Gustav ha fallecido. ⎯Me indico Wallace en señas.

Asentí y me enfoqué en Narcila.

⎯Narcila, por favor. Te necesitamos.




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