Hiperestesia

CAPITULO 5

XARA

No paraba de repetirme que la caminata por el bosque sería fácil. Claramente podía escuchar la tensión eléctrica de las vías a 500 metros de distancia, las aves en las copas de los árboles, los insectos, el crujido de mis pasos e incluso, podía escuchar, el sonido del balanceo de mis manos rozando la tela de mi vestido.

Era egoísta por sentirme feliz; No recordaba la última vez que había estado en la naturaleza.

La última vez había sido hacía muchos años atrás, cuando mis padres me habían llevado a ver el mar. Como auditiva, nadie mejor que los de mi tipo podíamos adsorber el sonido de las olas y la sensación en mi piel de la fina arena.

«Sería agradable ir con Allan» pensé.

Me permití sumergirme en los sonidos del bosque: en el crujido de las ramas tensándose ante la fuerza el viento. Me pregunté, por un segundo, si sería capaz de escuchar las raíces crecer e incluso los insectos moverse en la tierra. Quise intentarlo.

Deje expandir mi audición. Lo primero que escuché fue el bombeo de mi corazón, nada nuevo, quería algo más. Pasé unos segundos estática, concentrada, hasta que finalmente capté un sonido dual entre algo pegajoso y terroso. Abrí los ojos y dirigí la mirada a donde había localizado ese ruido. Me agaché y casi a ras de suelo, vi el movimiento ondeante de una lombriz escondiéndose hacia las profundidades de la tierra húmeda.

⎯Que interesante ⎯susurré.

Me percate que la vida bajo la tierra no era en absoluto nula o aburrida, podía escuchar innumerables pequeñas criaturas que se torcían y deslizaban entre las capas de la tierra, algunas encontrándose, otras evitándose.

Si miraba hacia arriba, entonces podía escuchar a los pájaros construir nidos, cascarones de huevo rompiéndose, y el estridente picoteo contra los troncos de lo que estaba segura eran los pájaros carpinteros.

Una rama se rompió.

Salí de mi ensoñación y miré alrededor. Aguardé sin moverme, sin emitir ningún sonido hasta hacer un barrido del lugar.

Estaba consciente de que los árboles podían distorsionar el nivel de sonido y la dirección en que se emitía.

Al cabo de un rato, escuché algo caer en la tierra. Me concentré hacia la dirección en que me pareció salió el sonido. Luego escuché un movimiento ondulante, seguido de un siseo.

⎯Una serpiente.

Dejé salir el aire contenido.

Miré el reloj digital en mi muñeca y puse la brújula, estaba caminando ligeramente hacia el oeste. Corregí la dirección en vía al sur y, solo para cerciorarme, escuché las vías electrificadas.

No las sentí.

⎯Calma. Cálmate Xara, no entres en pánico.

Quizás en mi distracción me había alejado más de la cuenta de las vías. Entonces solo tenía que llevar al límite mi oído y escuchar la tensión eléctrica.

Los segundos pasaron y solo podía escuchar a la naturaleza vivir, completamente ajena al ataque de pánico que estaba teniendo.

⎯No puede ser.

Me sentí tan perdido como aquella vez que me había perdido en la playa. No podía ponerme a gritar y llorar como cuando era niña.

En medio del bosque, no vendrían papá y mamá a ayudarme.

⎯Voy a salir de esta.

Cuando me había perdido en la playa, papá había sobre esforzado su oído para encontrarme. Había sangrado y parte de su audición se había dañado. Si él lo había hecho por mí, de buena gana, ciertamente yo también podía hacerlo para mí misma.

En cuanto extendí mi habilidad, más allá de lo que nunca lo había hecho, tuve que sostener mis manos con fuerza delante de mi pecho para evitar llevarlas a mis oídos y aislarme por completo.

Un pitido estridente invadió mi mente, intenté ignorarlo. El bosque, las aves, el viento, los gusanos… el pitido.

«¡Concéntrate!».

Las aves, los gusanos… el viento, un riachuelo, el pitido.

⎯Mierda, ¡basta!

Nuevamente registré: el viento, las aves, el riachuelo, un movimiento ondeante sobre la tierra, el pitido.

⎯¡No!

El pitido me confundía y me hacía reiniciar el conteo de lo que registraba.

El viento, la serpiente, el carpintero, el pitido. El viento, el pitido. La serpiente, el pitido. Grité y me lancé al suelo sosteniendo mi cabeza. No podía. No encontraba las vías electrificadas. Golpeé mi frente varias veces contra la tierra.

Afinqué todo mi cuerpo contra el suelo para impulsarme y pararme. Debía insistir. De pronto, me congelé contra la tierra y dije en un hilo de voz.

⎯¡Esa! Esa es la tensión que tengo que reconocer.

Logré distinguir el sonido que buscaba. Logré encontrar las vías por medio de la tierra.

⎯No estoy lejos.

Me levanté, respiré profundo y lo volví a intentar.

Lo reconocí. Las vías eléctricas estaban en la misma dirección que siempre habían estado. Revisé mis oídos. Estaban bien, no tenía manchas de sangre. Me sentí como una tonta, armando un drama innecesariamente.




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