Hiperestesia

CAPÍTULO 9

XARA

Wallace me había equipado con inventos muy ingeniosos, un cilindro emisor de luz cegadora para neutralizar vistativos y un silbato aturdidor para auditivos. En definitiva, podría decir que serviría como armas en un conflicto bélico, pero elegía llamarles equipos de protección personal.

Ahora, esos dos equipos habían neutralizado a mis captores, tres vistativos, con suerte el líder entre ellos, y una auditiva. Solo tenía un pequeño problema. Wallace nunca me dijo que hacer en esa situación.

Si me dejaba guiar por las películas de acción, destruiría el campamento; el problema era que no creía que tuviera el tiempo suficiente para hacer eso. Y si era honesta, temía más por la furia de los 4 abatidos a mis pies a su despertar. Mis prioridades eran ellos. No, mi prioridad era llegar a la ciudad, pero sin la preocupación de que me siguieran.

Tomé por los hombros a un vistativo. Requirió de mucho esfuerzo, pero logré arrastrarlo fuera de la carpa. Cuando vi el exterior, dejé caer el pesado cuerpo del hombre al suelo.

El campamento no era grande, de hecho, daba bastante pena. Solo había una tienda cerrada, en la que estuve recluida, el resto de tiendas que vi, que no eran muchas solo 3, consistían en un techo de lona sobre 4 estructuras de hierro. En una tienda había una cocina portátil, botellas de almacenamiento de agua y cajas con lo que debía contener los alimentos. En la segunda tienda abierta, una mesa pequeña y varias sillas plegables alrededor.

—La sala de fiestas —me burlé.

Y en la última tienda, cubiertos con una lona a medio quitar, vi decenas de explosivos. Una serie de cajas perfectamente etiquetadas con masas flexibles de distintos colores que, si se mezclaban con cuidado, terminarían formando una plastilina altamente explosiva.

La masa explosiva había sido un invento innovador en la época de los enfrentamientos entre los dos gobiernos. Creí que ya no se usaba, pues su volumen era incómodo de transportar y se habían realizado muchas innovaciones que menospreciaron el disimulo de transportar masa explosiva. A simple vista, la masa era plastilina. Fácil de transportar… como útiles escolares.

Comprendí cómo habían ingresado los explosivos a la R.G.R.

Si había masa explosiva, también debía haber cronómetros disparadores. La masa necesitaba una pequeña chispa para funcionar. Algo igual de útil con un uso aparentemente distinto al original, algo que lograra pasar protocolos de seguridad. Tampoco podía tratarse de un cronómetro básico. Los cientos de auditivos habríamos reconocido una cuenta regresiva prolongada, así se tratase de un cronómetro digital. Debía ser un instrumento muy básico.

De pronto pensé: si pensaban sacrificarse los radicales Sensitivos, ¿Qué sentido tenía un cronómetro? Un simple encendedor ofrecería suficiente chispa. Comencé a mirar en todas direcciones las cajas.

Me tambaleé caminando hacia atrás y volví a tomar por lo hombros el cuerpo del vistativo. Lo arrastré lejos del campamento, a la segunda línea de árboles, y lo amarré a un árbol. Fui por el segundo vistativo. El cual amarré a otro árbol, busqué al tercero, Rick.

Al líder lo amarre a un árbol debajo de un claro en el bosque, aún cerca del campamento. Cuando despertara, si no había perdido la visión, le costaría ver donde estaba. Esperaba que los tres vistativos despertaran al amanecer. Me había asegurado de quitarles y destruir las gafas protectoras.

Fui por la tercera radical. La mujer auditiva. Cuando la tomé me sorprendí por su ligereza.

Yo respiraba agitada y mis piernas protestaban. Nunca me había sentido tan cansada en mi vida antes, y sin embargo llevé a la mujer auditiva más profundo en el bosque. Sus oídos lucían bien.

Recordé a mis compañeros de trabajo y sus oídos sangrantes. Recordé el sobre esfuerzo que hacía la comunidad por integrar a los despojados Sensitivos a la cotidianidad.

En el colegio, nos habían mostrado en clase fotos de los despojados de guerra: todos posando con uniforme y medallas, y siempre algún tipo de modesta protección sobre el sentido que había perdido. Lentes para la vista, una máscara de nariz, una mascarilla sobre la boca, guantes en las manos y orejeras en los oídos; todos de color plateado, en honor a lo que habían perdido.

Sentí un grito atorado en mi garganta. Sentí ira en mi corazón. Delante de mí estaba una auditiva que había atacado a los de su tipo y se había aliado con radicales No Sensitivos. Era el colmo.

Por años los radicales Sensitivos habían despreciado a los radicales No Sensitivos, y ahora habían hecho una tregua.

Silbé. Silbé alrededor de la mujer auditiva. Tapé mis oídos con mis palmas, completamente protegida del poderoso silbato contra el cielo de mi boca. Y solo me detuve cuando vi los oídos sangrar a la mujer amarrada al árbol.

En ningún momento ella se estremeció, aún noqueada por el primer silbato que emití en la tienda. Toque su pecho. Respiraba. Pero no alivió mi corazón.

Lloré. Le quite la audición a alguien. Creí que me haría sentir mejor la venganza. No fue así.

Regresé al campamento y aún con lágrimas en los ojos, después de hidratarme, dejé caer las cápsulas que me dio Wallace en los contenedores de agua. Vi como las cápsulas se desintegraban.




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