XARA
Me esforcé en olvidar lo que acababa de hacer, en la mujer sensitiva con oídos sangrantes en el bosque y en el agua contaminada para anular a los gustativos que había dejado en el campamento.
Luché por contener las lágrimas, dejar de hipar, y sobre todo dejar de dar media vuelta para ver si podía corregir lo que acababa de hacer.
De pronto sentí que mis manos no eran mías, que los pasos dados por mis pies no los impulsaba yo, que se trataba de una mujer distinta a mí, que se dejó guiar por la ira, y que acababa de mutilar quizás a cuatro personas.
No quería pensar en Wallace, estaba segura que no me reprocharía por lo que hice, todo lo contrario, colocaría una mano sobre mi hombro y me daría un ligero apretón reconfortante. Y no lo quería.
Él, muy seguramente, compartiría alguna anécdota en la cual fue menos civilizado de lo que yo fui. Yo no sabría si esa la historia era verdadera o falsa, pero la tomaría como verdadera y agradecería. Y yo no quería eso en ese momento. Yo necesitaba seguir rememorando lo que acababa de hacer, como si eso fuera suficiente para separarme de las acciones de los radicales.
De lo que sí estaba segura, y sobre lo cual yo estaría de acuerdo, era del consejo inequívoco que me daría Wallace: no era el momento para ocupar mi mente con algo que no fuese sobrevivir al bosque.
Así que me tragué mis dudas y mis arrepentimientos, agudizé el oído y localicé las vías electrificadas, verifiqué la brújula en mi reloj, y reanudé mi caminata.
Había perdido tiempo, luego de verificar, supe que había perdido 10 horas. La mochila que cargaba con provisiones había quedado atrás, mis captores se habían deshecho de ella, lo único que cargaba conmigo era: el anulador de vistativos, destruido porque dejó de funcionar tras la caída; el anudador de olores, con el cual ya me había rociado; el fiel silbato contra el cielo de mi paladar; y los anuladores de ruido definitivo en las palmas de mis manos.
Todo lo demás lo había perdido. No quise hacer un recuento de cuánto era eso.
De pronto me tropecé. Me tambaleé y recuperé el equilibrio. A los pocos metros, volví a tropezar. Sin poder evitarlo, caí al suelo húmedo. Intenté levantarme, pero mis manos resbalaban y terminé pegando la frente a la tierra. Ya no podía más.
Me hice un ovillo y me quedé apreciando la tierra a escasos centímetros de mi nariz. Creí que había cometido un error. Debí refugiarme con los de mi tipo y confiar en los cuerpos de control y rescate. Ya no podía recordar que me había motivado a aventurarme al bosque, conociendo los peligros a los que me enfrentaría.
—¿Qué mierda hice? —Sollocé.
Comencé a carraspear los dientes, el frío de la mañana junto con el rocío tendía a hacer del bosque especialmente gélido tras las primeras horas del amanecer. Si bien me agradaba la frescura, y el único momento en que aprecié el calor fue en mi única salida a la playa, prefería una temperatura templada. Como si fuera una tactiva, protegía celosamente el termostato del apartamento. Por fortuna, nunca tuve inconvenientes con Allan y la temperatura de la casa.
—Allan.
Antes del ataque iba a hacer una escultura de arcilla, una reinterpretación de la convivencia de los sensitivos hecha edificios. Las suaves curvas que se mezclaban en colores pasteles marrones, dónde cada ala del edificio representaba una habilidad de un sensitivo, que se entrelaza con las otras como extremidades en un abrazo. A mí parecer, aquel abrazo fraternal, rozaba el erotismo, y si apagaba momentáneamente mi erótica imaginación, en aquella escultura solo podía ver lazos de dos amantes reacios a separarse.
Si esa interpretación; si esa sensación, la estaba logrando en mí (una escultura que no estaba terminada), no podía llegar a dimensionar su impacto cuando estuviera lista para exhibirse. Si Allan no lograba terminar la escultura, creía que podría llorar. De hecho, estaba llorando.
Quería que acariciara mi mejilla y secara mis lágrimas. Por alguna razón, sentí que ese momentáneo contacto, de la yema de sus dedos, ásperos por su labor, pasando por mi cara, borrarían las últimas horas de angustia que había experimentado.
Yo era una mujer auditiva y sentía el mundo a través de mis oídos. Los sonidos cantaban una canción con la que interpretaba el mundo. Tantas canciones escuché en mi vida, y casi todas las detestaba. Todo lo que no sonara armonioso era fastidioso.
El ruido de los pisos terraneos, las voces, los pasos, los objetos siendo utilizados me aturdían. Paradójicamente, el silencio, mataba mi alma de forma constante, sigilosa, como una infección sin síntomas, a la que no fui consciente hasta que llegó Allan.
Tras la firma de un contrato de alquiler, y una larga lista de términos y condiciones de convivencia, llegó alguien a mi vida, alguien que no hacía ruido, pero cantaba la mejor canción de todas.
El golpeteo de su corazón, detrás y protegido en su pecho, era constante y profundo como un bajo, que me recordaba cómo la vida sucedía de manera automática, a veces imperceptible y muchas veces ignorada.
Su andar lento no era un reflejo de una naturaleza aburrida, sino de un cuidado activo que pronto descubrí se extendía a quienes conocía.
Su respiración oscilante de la calma a la tempestad; sus manos a la arcilla, esa increíble habilidad de moldear su presente; sonaban en decibeles que me eran imposibles de ignorar.
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Editado: 04.03.2026