XARA
Me faltaban escasos metros para salir del bosque. Había elevado la vista al cielo, al horizonte, y logré ver los altos edificios de la periferia de la ciudad, lamentablemente, también había visto columnas de humo negro.
En la medida que me alejaba de la densidad del bosque su aroma menguaba, y con ello lograba apreciar la fragancia fatídica del fuego.
Si hubiese sido olfativa, seguramente me habría percatado de ello antes. Mi concentración se había mantenido en las líneas electrificadas a 500 metros de distancia, de hecho, eso era lo único que percibía.
Luego de horas usando mi sentido, deduje que el mismo se estaba entumeciendo, al igual que una extremidad en una incómoda posición a la que se había sometido por demasiado tiempo.
Las puntas de los edificios aliviaron mi creciente malestar del adormecimiento de mis oídos. Estando tan cerca de los míos, otros Sensitivos, podría dejar descansar mi audición.
Una vez entrara a la ciudad, tardaría 25 minutos en llegar caminando al complejo de edificios donde vivía.
Casi podía verlo. Allan recostado contra la entrada principal del edificio, quizás con un poco de polvo en la ropa y su cara; y con su característica sonrisa de labios fuertemente cerrados y la comisura de ellos ligeramente hacia arriba, en compañía de una mirada enternecedora.
Luego de encontrar a Allan, me dirigiría con su compañía a casa de Kyara y Nick, que estaba un poco más lejos. Debía encontrar a Nick, si acaso él no había viajado en dirección a la R.G.R.
Si no conseguía a ninguno de los dos, entonces tenía que ir a los centros de reagrupación.
Ya faltaba muy poco.
De pronto, perdí el equilibrio y caí al suelo. Un fuerte dolor en mi pierna mi hizo entender que me habían golpeado.
Aún en la tierra, me giré boca arriba y lo vi: George. El radical no sensitivo de ojos claros.
Tenía la frente perlada de sudor y lo puños fuertemente apretados haciendo brotar las venas del dorso de sus manos. Sus ojos inyectados de sangre me miraban con desprecio.
Me había pateado. No vi a Tony, tampoco a Gabriel. Se acercó a mí con pasos retumbantes en el piso. Tragué con fuerza saliva inexistente.
—Espera un momento, George —dije mientras me arrastraba lejos de él.
George se detuvo con un semblante sorprendido, giró medio cuerpo hacia atrás y luego se enderezó. Negó con la cabeza suspirando. Reanudó su paso hacia mí.
Intenté formular palabra, pero tartamudeaba completamente asustada. George era No Sensitivo. No tenía forma de enfrentarme a él. No tenía debilidades, o por lo menos no para alguien con mis posibilidades. No podía igualar su fuerza o su evidente furia.
Me tomó el cabello y jalándolo, me levantó del suelo.
—Jodiste a Tony —exclamó cerca de mí oído—. Y a Francesca, Elidio, Ramé y Rick. A todos los jodiste.
Tony, el gustativo barbudo de mirada lasciva, Elidio y Ramé, los vistativos que acompañaban a Rick, y la mujer auditiva, Francesca.
—¿Estaba fresca el agua? —Me burlé. Podía imaginarme, y de hecho lo había deseado, que Tony bebiera del agua que contaminé con las cápsulas de Wallace.
George templó el agarre en mi cabello.
El radical era corpulento, su cuello lleno de tatuajes mostraba gruesas venas brotadas y tendones tensionados producto de su mandíbula apretada.
Solo sus manos y cara estaban descubiertas. Aquella máscara había sido olvidada. El anonimato ya no le importaba. Si bien los Sensitivos eran débiles a los sobre estímulos por sus habilidades, los No Sensitivos también eran sensibles, en menor grado sí, pero igual, sensibles.
El silbato en mi boca podría ser suficiente para aturdirlo, si era rápida, cubriría mis oídos con mis manos. Esperaba salir de ese problema como lo había hecho antes.
Inhalé, y antes de silbar, George levantó su mano libre y golpeó mu estómago.
Mi visión se volvió blanca.
Sentí que metió sus dedos en mi boca y saco el silbato de mi interior. Lo arrojó lejos.
—Dejaste a francesa sorda, no muda. Estúpida.
Tosí varias veces al intentar recuperar el aire.
—¿Cómo pudiste hacer eso? —Me preguntó.
—¿El qué? —escupí tras mucho esfuerzo.
—Mutilaste a 5 sensitivos.
—Ah, perdón. No sabía que la capacidad de atacar a quienes no concuerdan igual que uno era un privilegio de los radicales —respondí entre dientes. Sentí como mi propia ira aumentaba—. Ustedes atacaron primero.
George me vio con una gélida mirada. Su observación se alargó por unos segundos en completo silencio.
—Francesca jamás le ha hecho daño a un sensitivo.
—¿Acaso era tu novia? Francesca, Francesca, Francesca. —La burla de mi voz bailaba con el fastidio.
—¡No seas ridícula! Es una sensitiva —replicó con asco George, arrugando la cara.
—¿Entonces por qué te importa tanto lo que le pasó a ella o los demás? No me vas a decir que es gracias a la tregua —escupí la última palabra con desagrado.
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Editado: 04.03.2026