XARA
Caos. Nada de lo que había vivido se asemejaba al caos de la ciudad. Se olvidaron de todos los protocolos, o, los protocolos fueron insuficientes y olvidados. Las columnas de humo no sólo provenían de incendios que el cuerpo de bomberos no podía controlar, sino también de tubería refrigerantes para las viviendas subterráneas.
—¿Está usted bien?
Alguien me tomó del brazo con delicadeza y me hizo girar. El casco azul del cuerpo médico de emergencia apareció ante mi vista. Enseguida una mirada preocupada, pero cansada, me reconfortó. Sus manos estaban enguantadas, pero aun así sentí la calidez de su toque.
El caballero llevó su mano al pecho, hacia uno de los muchos bolsillos de su chaleco y tomó algo parecido a un lápiz. Casi de inmediato una luz me cegó. Luego giró mi cabeza y examinó mis oídos.
—Necesito que alguien lleve a la señorita a la carpa de atención médica.
Gritó el hombre a la vez que me empujaba, nuevamente con mucha delicadeza, hacia la dirección contraria en la me dirigía. Intenté negarme, pero agregó:
—No te preocupes, todo está bien ahora. Si actuamos rápido no será grave.
Balbuceé. No entendía qué estaba diciendo él, ¿qué cosa no sería grave? Pasó mis temblorosas manos a las de una joven que me guío hacia una fila de personas que caminaba uno detrás de otros luciendo completamente perdidos.
La joven mujer con un casco azul, estaba llena de polvo y sudor. La mitad de su rostro estaba oculto tras una mascarilla, debía tratarse de una olfativa.
Ella me llevó a la fila de personas y me dijo:
—Síguelos. Mantén la calma.
Enseguida se fue. Yo seguí a las personas, como parte de un obediente rebaño, hasta que me detuve y me salí de la fila. Me di media vuelta y fui en dirección al complejo de apartamentos donde vivía.
—¡Hey! —Tomaron mi brazo y me detuvieron—. ¿Qué crees que haces? Allá es zona roja y… —La mujer mayor me giró con fuerza— allá es la zona segura.
La señora, que también tenía un casco azul que tenía incorporado unos aislantes portátiles, no era delicada; no como los antiguos compañeros de ella con los que había interactuando hace poco. Con brusquedad me llevó a la fila. Yo volví a salirme.
—¿Cuál es tu problema? —insistió la señora que se quedó viendo si yo seguía sus instrucciones.
Intenté responder, pero me tomó de la barbilla y giro mi cara de un lado y luego al otro.
—¿Alguien la atendió a ella?
El primer joven que me habló, se acercó corriendo y respondió a la señora.
—Yo la atendí.
—Diagnóstico —exigió la señora bruscamente.
Yo levanté la cara hacia atrás de ellos. No estaba lejos de mi complejo de departamentos.
—... Ya debe estar sorda —dijo la señora mayor.
Yo me giré abruptamente hacia ella.
—Más bien aturdida. —La corregí.
La señora y el joven me vieron sorprendidos.
—Dijiste que era auditiva. —Le reprendió la mujer al paramédico de menor rango.
—Lo es —respondió él.
—Lo soy —respondí yo.
El paramédico se apresuró a agregar:
—Hice todas las pruebas. Es auditiva.
Me miró entrecerrando los ojos e inclinando la cabeza hacia un lado.
—De bajo nivel entonces —concluyó la señora—. ¿Si solo estás aturdida, entonces puedes ayudar verdad?
Sin esperar respuesta, la señora me llevó a una carpa que estaba cerca de color azul y negra.
—Toma un casco y un chaleco y ayuda —me dijo la señora.
—Pe-pero yo…
—¿Tú qué? ¿No ves que estamos ante una desgracia y estamos cortos de manos, insumos y ayuda?
—Yo tengo…
—¿Que ir a buscar a tu novio? O ¿Novia? ¿Papi y mami? —La señora me estremeció el cuerpo agitando mis hombros—. Estoy cansada de esta misma cháchara. Cansada de explicarle a todos que ir hacia allá —señaló sobre su hombro— personas como tú, sin capacitación, lo que van a hacer es poner en riesgo a los que intentamos rescatar o peor, tú misma ponerte en riesgo ¿Entiendes?
Asentí de mala gana. Sabía que la vieja tenía razón, pero no me importaba. Yo aún quería ir con mis propios pies a buscar a Allan y Nick. Iba a fingir un rato ser obediente y sobre todo útil.
Ayudé a la segunda chica que me atendió a trasladar las camillas de rescate. Los heridos incapaces de andar los llevábamos a las unidades de transporte, y a los fallecidos, detrás de una cerca de lonas negras.
Mis brazos y piernas protestaban, había caminado por horas en el bosque, sin embargo, no me queje. La paramédico, Ana, debía haber estado ese mismo tiempo de un lugar para otro y ella no parecía temblar bajo el peso de los cuerpos que le entregaban sus preocupaciones.
Me fueron entregados unos aislantes portátiles para ayudar a proteger o preservar lo poco que quedaba de mi audición “tipo 1” (según ellos). No les quise corregir ni mi rango ni mi estado. No estaba casi sorda, estaba completamente aturdida porque mi habilidad había menguado. Eventualmente me quité los aislantes, no podía escuchar nada.
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Editado: 04.03.2026