Hiperestesia

CAPÍTULO 16

XARA

Había ignorado todo lo que podía decir un latido de un corazón, y no podía creer lo tonta que había sido, porque el corazón de Allan me gritaba que estaba lleno de felicidad, nervios y alivio.

Inconscientemente besé el latido sobre su pecho, yo también estaba demasiado aliviada, casi tanto que me sentía mal, sobre todo cuando la sombra de una mala noticia seguía rondando en mi cabeza.

Él tenía la piel enrojecida, llena de moretones y polvo. Comencé a balbucear preocupada por él. Quise limpiarlo y al mismo tiempo no sobreestimular su sentido, tenía una urgencia en llevarlo a la atención médica.

Allan me apretó entre sus brazos y me dijo:

—Espera por favor, un poco más. —Sus manos recorrieron mis brazos desnudos.

La curiosidad pudo más.

—¿Qué es lo que sientes… al tocarme?

La risa de Allan vibró baja en su pecho.

—Justo ahora, puedo sentir en tu piel, la esencia de la pólvora y el polvo, la terrosidad del bosque, la salinidad del sudor y la química de la… ¿felicidad?

No quería seguir dilatando esa situación, hasta que lo dijo, no había dimensionando la elegante indiferencia con la que me había movido alrededor de él, ¿Por qué tenía dudas de mis sentimientos? ¿Porqué jamás dejé entrever lo que sentía por él… hasta hoy?

—Muy… feliz. Demasiado feliz de encontrarse, y de estar entre tus brazos.

Lo escuché contener una risa. Escuchar… era un milagro que aún pudiera hacerlo, un milagro que agradecida en este momento.

Lo valió todo: la tensión, el miedo y la persecución; todo lo valió para poder llegar a este momento y escuchar todo de él, sin reservas. Si mañana mi sentido se extinguiera, aún estaría satisfecha, ninguna pérdida futura podía amargar este dulce momento. Salvo ese extraño tic-tac que sonaba como un fantasma en el fondo de mi mente.

Sobre la cresta del cráter, al este, escuché un cronómetro.

—Bomba —murmuré. Estaba segura.

Sentí a Allan estremecerse. Enseguida me levantó entre sus brazos y subió conmigo sobre la cresta.

—¿Dónde está? —Él miró a todos lados.

—¡Dirígete al sur! —Teníamos que alejarnos del sonido.

Allen corrió lo mejor que pudo el terreno inestable. A su paso, alertaba a los sobrevivientes sobre un cronómetro puesto en marcha.

Los civiles recobraron fuerza y corrieron desesperados. El personal de seguridad y rescate corrió a nuestro encuentro. No podíamos saber cuánto tiempo teníamos.

Esforcé mi audición:

—Cuarenta segundos —dijo el personal antibombas a varios metros de distancia. Solté un grito de dolor y apagué mi habilidad.

Divise la pared de un edificio aún estable. Parecía fuerte.

—Detente, detente.

Inmediato, Allan se paró.

—Debemos huir Xara. Podemos lograrlo.

—No lo vamos a lograr. Colócate detrás de esa pared. —Varios civiles que me habían escuchado nos imitaron.

Allan me dejó con delicadeza en el suelo. Nos miramos. Teníamos segundos. Pensé en lo injusto que eran esos segundos. Escasos en compasión con el tamaño de los deseos que quería cumplir con Allan.

Parecía que por la mente de él también sucedían un sinfín de ideas, me lo delataba la urgencia con que me sostenía, el balbuceo de su voz y sus ojos llenos de deseo.

Mantuve un oído en el equipo antibombas a la lejanía, llevaban una cuenta regresaba a la cual estuve atenta.

—Veinte segundos —anuncié. Las personas alrededor dieron un grito ahogados y se abrazaron unos con otros.

Allan tomó mi rostro entre sus manos, soltó un suspiro y susurró:

—Te amo. —Acarició mi cara con dulzura—. Te amo desde el momento que empezaste a comprar jabón de cocina suave, desde que me dejabas retazos de tela en la cesta sensorial, desde que equipaste la casa con un kit de emergencia para mis sentidos…

Él continuó. Cómo un ruido de fondo sin importancia, yo contabilizaba los segundos que faltaban para la explosión; cinco segundos, Allan decía que me quería; cuatro segundos, Allan decía que me adoraba; tres segundos, Allan decía que me deseaba; dos segundos, Allan decía que me amaba; un segundo, Allan empezó a decir…

—Yo también te amo —Lo besé.

Le robé el último segundo, ese segundo era mío. Nos besamos. La explosión en mi interior fue superior. Un Nirvana de felicidad que me hizo sentir plena… completa.

Después lo escuché. Me reí sin dejar de besar a Allan. Lo abracé.

—¿Qué sucede? —dijo él.

Respondí con un tono de voz elevado, tranquilizando al resto de personas que estaban cerca.

—Lograron detenerlo, el equipo antibombas. —Me levanté, tomé la mano de Allan entre mis dedos—. Debemos irnos. No quiero llegar tarde. He perdido demasiado tiempo.

Él arrugó el entrecejo.

—¿A dónde?




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